Antonio Cuesta. Blog de Turquía

En 1999 Orhan Pamuk terminó, tras años de trabajo, su novela “Me llamo Rojo”. En 1999 Turquía sufrió unos de sus peores terremotos.

Poco tiempo después de que el nobel turco escribiera en su cuaderno personal sus impresiones sobre el libro final y felizmente acabado, recorrió las calles de la azotada Yalova, en la costa sur del Mar de Mármara. Si en el cuaderno expresó su deseo de que los lectores “sintieran con fuerza la crueldad de la historia y también la belleza del mundo perdido” en su visita a la ciudad castigada por el terremoto pudo ser testigo personal de otra crueldad y otras pérdidas. El desastre de un seismo que causó miles de muertos. La zozobra de todos aquellos que quedaron desamparados, a merced de una ayuda humanitaria que pudiera suplir lo que nunca llegó por parte del Estado.

Pamuk deambuló por calles aniquiladas:

…entre edificios derribados, hundidos, hechos pedazos, coches que habían quedado bajo los escombros, postes eléctricos, muros, alminares caídos, pisando los trozos de hormigón, los cristales rotos y los cables eléctricos y telefónicos que cubrían las calles. […] en la calle las personas enseguida empezaban a hablar unas con otras sin ninguna formalidad y olvidando las normas de cortesía. No sólo los que preguntaban direcciones, buscaban desaparecidos o protestaban de las autoridades y los constructores, también los que lloraban por sus muertos o heridos empezaban a contarte sus historias sin que se lo pidieras. El desastre había provocado en todos la sensación de que el mundo era, en realidad, un lugar totalmente distinto del que creían. Era como si las más secretas y despiadadas leyes de la vida hubieran salido a la luz, como los muebles de esas casas cuyos muros se habían desplomado dejando ver el interior.

Esas secretas y despiadadas leyes -que no son otras que las del libre mercado- han vuelto a salir a la luz en el reciente terremoto sufrido en la provincia de Elazig, donde oficialmente murieron 41 personas.

Dicen los especialistas que “en un país desarrollado, un terremoto de magnitud 6 ni siquiera daña los edificios”, pero no creo que eso sirva de consuelo para los familiares de las víctimas y el resto de los supervivientes. Lo cierto es que el abandono del Estado a los sectores más desfavorecidos provoca que cualquier catástrofe natural evitable se convierta en una tragedia.

En las aldeas más afectadas, dedicadas a la ganadería de subsistencia, la mayoría de las casas que se vinieron abajo estaban construidas con adobe y la mayoría de las muertes ocurrieron al derrumbarse los techos de las viviendas. “Habíamos avisado de que Elazig es una zona de fuerte actividad sísmica y que todas las viviendas deben tener ciertas condiciones de seguridad” aseguraron los expertos. Pero nadie había hecho caso.

Turquía dilapida miles de millones de dólares para armar al segundo ejército más numeroso de la OTAN, tras el estadounidense, pero al parecer no tiene recursos para proteger la vida de sus ciudadanos más necesitados.

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