Antonio Cuesta. Blog de Turquía

Los relojes, proscritos durante siglos como la imprenta en el Imperio otomano, comenzaron a aparecer a mediados del siglo XIX en el espacio público en la misma medida que el Estado fue abriéndose a las reformas, en un deseo de copiar el carácter puntilloso y exacto del triunfante Occidente.

Pronto nuevas torres, símbolo de los aires reformistas, comenzaron a emerger solitarias, como faros o minaretes, como campanarios en tierra extraña, decoradas con pequeñas cúpulas, aleros, columnas y ventanas. Las hubo de madera o macizas y pesadas como la piedra con la que estaban construidas.

Muchos de estos relojes fueron construidos por la familia armenia de los Balian -a la que pertenecían los arquitectos reales y sus ayudantes- mostrando con ello la ambigua relación existente entre armenios y otomanos.

J.F. Fraser recogió en 1906 una anécdota que probaba, pese a todo, el valor tan elástico que se asignaba al tiempo en el Imperio otomano.

El día comienza con la salida del sol. Esto es, a las 12 en punto. Pero el sol no sale a la misma hora todos los días. Así que el turco, que disfruta felizmente de mucho más tiempo libre, siempre está girando las manecillas del reloj austriaco para mantenerlo en hora. Nadie está seguro nunca de qué hora es. El mero hecho de que los turcos estén satisfechos con un sistema de medir el tiempo, que no ofrece exactitud a no ser que todos los relojes se cambien todos los días, muestra el modo en que se ha perdido uno de los aspectos esenciales de lo que conocemos como civilización…

Más chocante resulta sin embargo la anécdota del Cónsul británico en Estambul, cuando decidió consultar el pequeño Almanaque al uso de Levante aquel 9 de diciembre de 1898. En el mismo descubrió que los rumíes (ortodoxos griegos) retrasaban su medida del tiempo en dos semanas y sostenían que era el 27 de noviembre; los armenios y ortodoxos búlgaros compartían este mismo calendario, pero los judíos ya andaban por el quinto milenio, los musulmanes vivían en el siglo XIV y el gobierno -aunque aceptaba el calendario de la hégira– estaba desfasado en dos años con respecto al resto de los fieles de la religión islámica. Según se mirase podía ser entonces el día 9, o el 25, el 26 ó el 27 del mes de diciembre, o de noviembre, o de kislev, o de rejeb o de tehren-i-sani. Los viernes cerraban todos los negocios musulmanes de la capital y el sultán acudía a la mezquita donde se rezaban oraciones en su nombre. Las sinagogas se llenaban de fieles los sábados. El domingo serbios, búlgaros, rumíes, armenios y francos (europeos o descendientes de éstos) del barrio de Pera acudían a sus respectivas iglesias. Pero los jueves, la propia administración otomana cerraba siguiendo el estilo francés. Un almanaque como ese era más que necesario imprescindible -pensaba el Cónsul- “para el bajá y para el rabino; para el que habla búlgaro y para el que habla francés; para el que piensa que el sol se pone a las 4:30 y para el que piensa que el medio día es exactamente a las 7 horas y 23 minutos.

[Citas procedentes de Jason Goodwin en Los señores del horizonte]

Ver más fotos en: http://fotolar.wordpress.com/2009/12/04/el-tiempo-otomano/

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