Antonio Hermosa. El Mercurio Digital

Ante la interesada mirada de los primeros espadas de la diplomacia europea, rusa y estadounidense, el pasado día diez las largas y secretas negociaciones entre Armenia y Turquía, llevadas a cabo bajo la eficaz mediación suiza, se concretaban en un acuerdo en Zurich. Los ministros de asuntos exteriores de ambos países firmaban sendos Protocolos que les comprometían al establecimiento de relaciones diplomáticas y al fomento de los intercambios bilaterales.

A falta de su ratificación por los respectivos parlamentos, la reapertura de las fronteras quizá sea la primera manifestación visible del acuerdo, pero el capital simbólico condensado en la firma es, sin parangón posible, muy superior; una vez concluido el proceso estaremos ante un hecho al que cómodamente se le podrá calificar de histórico, una palabra, se sabe, cuyo uso es casi siempre exagerado y casi nunca inocente cuando se la emplea bien.

El hecho, como no podía ser menos, ha tenido reacciones tanto positivas cuanto negativas, y ello en cada una de las partes. Por otro lado, la virulencia de las reacciones negativas se halla directamente vinculada a su carácter simbólico antes aludido. Entre los agentes de las primeras están sus beneficiarios materiales directos, es decir, la población fronteriza, que ve en el aumento de los intercambios comerciales el maná que revigorice una economía en ruinas. También han dado su sí, especialmente en el lado turco, quienes saben de los beneficios espirituales reportados por el reconocimiento de la verdad en su relación con los hechos históricos y tienen el valor de enarbolarla, declarándose así partidarios suyos: los que abogan por que de una vez por todas Turquía reconozca el genocidio cometido en 1915 contra el pueblo armenio. Una verdad por la que en dicho país aún se condena en los tribunales a sus apóstoles.

Intransigentes a favor del no, en cambio, hacen campaña, del lado armenio, quienes creen que el aire, cuando cruza la frontera en una u otra dirección, va siempre cargado de olvido, y que de tanto ir a esa fuente llegará un día en que el cántaro de la memoria se habrá roto irreparablemente; y del lado turco, quienes temen que la suerte actual de Nagorno-Karabaj, enclave armenio en territorio azerí y del que exigen la retirada al ocupante, merced a los acuerdos estipulados pase a ser su suerte definitiva, rompiendo la ecuación de la alianza histórica entre Azerbaiyán y Turquía, que resumen en su artículo de fe dos Estados para una nación. Un temor al que se une la creencia en la ignominia que mancillaría el honor nacional de Turquía si el acuerdo supusiera, como entrevén, el primer paso hacia el reconocimiento oficial turco del genocidio. En los dos casos se habla de traición y con preferencia son nacionalistas extremos quienes así hablan.

Añadamos que, fuera de Turquía y Armenia, había intereses expectantes que militaban por el a los Protocolos: son los de las grandes potencias, como Estados Unidos y Rusia, que exigen estabilidad en la zona por motivos políticos, y la propia UE, que la requiere además por razones económicas, por cuanto reducir su dependencia en el abastecimiento de gas y petróleo del veleidoso y chantajista capricho ruso la ha llevado a otras fuentes de aprovisionamiento que discurren por el corazón de la Anatolia.

Ahora bien, dejando aparte estas presiones protocolarias externas, mas sin menoscabar en absoluto su importancia en el logro de los acuerdos, conviene recordar las ventajas que las partes esperan recabar con su firma. Para Armenia ha sido sin duda una ocasión de hacerse internacionalmente visible, de ser agente y no mero paciente en el escenario internacional. Para Turquía son una pieza más en el engranaje que la ha llevado al primer plano de dicho escenario. Paso a paso, Turquía ha ido cambiando su estrategia diplomática, a lo que ha contribuido la política de medias tintas llevada a cabo por la UE en relación con ella. La firme oposición a su ingreso por parte de Francia y Alemania, en contra del deseo de otros miembros, como España, o de países aliados, como EEUU, la ha irritado profundamente, y la contraoferta de convertirla en socio preferente ha terminado por acentuar la humillación a un país que parece llevar el orgullo demasiado a flor de piel.

El incremento, por tanto, de la tensión entre la UE y Turquía, se suma a otros factores que han ido haciendo su entrada en la arena internacional en los últimos años, como el fracaso del proceso de Oslo, que se saldaba con la instauración de un Estado palestino; la invasión de Iraq y el consiguiente desprestigio del invasor en la zona; la victoria aplastante del partido de Erdogan en las últimas elecciones internas, que tanta admiración suscitó en el mundo islámico, renovada cuando una resolución del Parlamento con mayoría islámica se opuso a la mentada invasión y a la retórica antimusulmana que le siguió; el cambio de alianzas con países antaño presa de la voracidad del Imperio Otomano, etc. Todo ello no sólo ha generado incluso coqueteos con Irán, rival de oficio de los herederos de dicho Imperio, lo que no ha tardado en despertar los recelos europeos; así mismo, ha llevado a contar con Turquía a Rusia en su obsesión por apaciguar el Cáucaso y a Obama en la suya por estabilizar Oriente Medio, región en la que, con algunos países, oficiará de embajador americano y en otros, como cuando las tropas estadounidenses abandonen Iraq, será él.

Ha conducido igualmente a la mejora de las relaciones con Siria, país hasta aquí especializado en dos monocultivos políticos, invadir Líbano y servir de base logística al terrorismo palestino, al punto de considerarlo ahora, junto a Iraq, entre sus “aliados estratégicos”, sellando su reorientación diplomática con un nuevo discurso emocional que considera como “asuntos de familia” las disputas entre ellos o entre los países de la región, como recientemente puso de relieve Carsten Wieland en su artículo del pasado día seis en openDemocracy [oD] (y que tiene su contrapunto en su cambio de actitud frente a Israel, país con el que tiene firmado un tratado de cooperación militar desde mediados de los noventa del pasado siglo y que esta misma semana sufrió el desaire de ver cómo Turquía suspendía unilateralmente las maniobras conjuntas previstas). En ese contexto precisamente se insertan los acuerdos estipulados con el vecino armenio.

Una potencia media, por tanto, se asoma con cierto aire triunfalista a la escena internacional, y sin necesidad de retractarse de nada, sin tener que pedir perdón por nada, sin que casi nadie le inste a pedirlo y, menos aún, sin urgencia de hacerlo. Turquía aumenta su fuerza y su prestigio en el concierto de las naciones sin requerimiento obligado de ajustar las cuentas con su pasado y sin voluntad de hacerlo. Y sin embargo…

Cuando turcos y armenios se sientan en la misma mesa de negociaciones, un abismo media entre ellos, insondable aunque aquéllos se finjan insensibles al mismo: el del “desarraigo, el exilio y la muerte de la casi totalidad de la población armenia del Imperio Otomano durante la primera Guerra Mundial” (cf. Vicken Cheterian, Armenia-Turkey: genocide, blockade, diplomacy, en oD del trece de octubre). Uno de los grandes “mega-genocidios” (Mark Levene) de la historia y el primero del siglo XX, de una violencia cainita contra el pueblo armenio, por mucho que Caín y sus sucesores aspiren a edulcorarlo como masacre y a disolverlo contándola como una más entre las de la época, como, por ejemplo, aquéllas que los propios armenios infligieron a los turcos.

En este punto, lo que se trata de saber es cómo influirán los Protocolos recién estipulados sobre la visión del pasado de cada uno de los contrayentes, y por ende sobre su política presente y futura. De hecho, aunque a Turquía parezca sonreírle la fortuna, ha aceptado la formación de una comisión que examine “la dimensión histórica” de la relación entre las partes. Seamos claros: lo que Turquía entiende con esto es que en una mesa de negociaciones quepa revisar el pasado, que la política acomode a su interés los hechos históricos objetivamente documentados, o, en suma, que el fuerte imponga al débil su visión de la historia.

¿Es suficiente razón ésa para no firmar tales Protocolos, para no firmar ninguno hasta que la verdad resplandezca, como claman quienes desde parte armenia denuncian el acuerdo? Intentemos responder la cuestión desde otra más genérica y socorrida: ¿en qué medida debe la historia dictar el futuro?

Aunque, insistimos, Turquía no ha reconocido ninguna deuda con Armenia, ni de los resultados derivados de la comisión quepa que lo haga, sin embargo, ¿debía renunciar el gobierno de Sarkissian a los beneficios potenciales de los acuerdos? De otro modo: ¿tienen los armenios actuales derecho a mejorar su situación? ¿Es justo que aspiren a mejoras materiales? Una vez obtenidas les es posible tanto reclamar las otras como, al contrario, olvidarse de ellas, cediendo al chantaje que el bienestar suele hacer a la moralidad. Supongamos el peor de los casos, es decir, que se olviden de reclamar lo que se les debe: ¿tendrían o no derecho al olvido? ¿No sería ése –impensable- olvido ya un juicio sobre su propia historia y una declaración política sobre su futuro? Si son el sujeto de sí mismos, por así decir, sin son autónomos, ¿quién estaría autorizado a exigir el cumplimiento de la obligación de recordar, qué autoridad legítima puede transformar la memoria en deber?

Cuando el nacionalismo armenio radical dicta su prohibición contra los acuerdos no sólo se está auto-erigiendo en representante no autorizado de un pueblo al que no representa; no sólo actúa de voluntad general del mismo diciendo No a lo que la real y mayoritaria voluntad de todos ha dicho ; no sólo niega el derecho a mejorar y la posibilidad de hacerlo a sus súbditos, sino que está haciendo algo más: está extendiendo parte del mal histórico cometido por los turcos a los armenios en 1915 a los de ahora, regalándole nuevas y culpables víctimas, a las que considera nacidas con un pecado original que marca a priori su futuro con el hierro candente de un pasado por redimir. La política, por tanto, sería prioritariamente la gestión de la historia, y el presente carecería de vida propia. ¿A quién extrañará después de todo esto que tras el No de la Federación Revolucionaria Armenia, los radicales nacionalistas que controlan la diáspora armenia, que tras su casto desinterés por preservar el pasado, haya también, o sobre todo, un deseo de mantener el poder que sobre aquélla ejercen?

¿Y los turcos? De Turquía sorprende ante todo su obstinación en no reconocer el hecho. Es como si pretendieran olvidarlo a fuerza de negarlo, con la paradoja de que cada nueva negativa lo saca del mundo de los recuerdos resaltando su actualidad. Ignoro cuál puede ser el mal oscuro que Turquía pretende ocultar con la negación del genocidio armenio, pero lo cierto es que está jugando con fuego y antes o después se quemará. Sus nuevos incondicionales, sus aliados recientes, antes o después reflexionarán sobre la violencia ínsita en una política que cuenta con una gran mentira entre sus supuestos. Y difícilmente tolerarán el déficit democrático de un país al que la violencia de la mentira le es constitutiva: incluso los regímenes tiránicos más débiles se lo pensarán dos veces antes de estrechar lazos. En los ojos de su memoria estará siempre presente aquel fatídico hecho que nos recordaba una editorial de Le Monde el 19 de enero de 2001: “El genocidio de los armenios fue el primero del siglo XX. Trágica ironía de la Historia, algunos miembros de la misión militar alemana en Constantinopla, que en 1915 habían aconsejado al poder turco la deportación de los armenios, volvían a estar presentes veinte años más tarde entre los ejecutores de la solución final contra los judíos. Es urgente no olvidarlo”.

La historia no es ni un tribunal ni una conciencia, sino, como mucho, y en sus momentos más felices, el oráculo de la verdad, por parafrasear a Alexander Hamilton. No juzga, no declara inocentes o culpables, y menos condena o absuelve a perpetuidad; no responsabiliza a las futuras generaciones de hechos cometidos por sus predecesoras cargándolas con sus culpas. Pero en ocasiones registra fidedignamente hechos cuya negación, menosprecio o reinterpretación delata violencia y señala al culpable. La historia, por tanto, no ha condenado a Turquía a los infiernos para siempre, pero sí nos enseña a desconfiar de los Estados que adulteran a voluntad los hechos que condenan una parte de su pasado, es decir, de los gobiernos que lo hacen, porque en ese caso se legitima al mentiroso, a quienes envalentona; porque se hace creíble la posibilidad de reincidir en el crimen contra la humanidad y, porque de ese modo, las generaciones a las que el tiempo absuelve naturalmente de los crímenes de ayer son transformadas en cómplices de quienes los perpetraron.

La negación del genocidio, en suma, es una declaración contra la impotencia asumida por la actual democracia turca, de que hay un tope no reconocido a sus progresos cuando sólo dos días antes de firmar los acuerdos con Armenia el tribunal constitucional turco dicta una sentencia que declara perseguible al Nobel de literatura O. Pamuk por haberlo afirmado, en plena coherencia con otras instancias de la sociedad turca cuando se dedican a verter infundios contra los historiadores que han certificado su existencia, como es el caso de Taner Akçam, según él mismo revelara el pasado agosto. Dicha negación habla en pro de la creación en la Turquía actual de un partido liberal que, por un lado, rebase el límite nacionalista de los laicos y, por otro, el límite democrático de los musulmanes: de una democracia en la que la mentira no hipoteque su destino.

Antonio Hermosa Andújar es Profesor de Filosofía de la Facultad de Sevilla y director de Araucaria, Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades.

Fuente: http://elmercuriodigital.es/content/view/22386/91/?TB_iframe=true&height=500&width=940

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