Nuevo giro en las relaciones Armenia-Turquía. Entrevista con el periodista Antonio Cuesta

Salvador López Arnal. Rebelión

“El discurso de la diáspora no sólo bloquea el diálogo entre Turquía y Armenia, sino que además perjudica la integración de la minoría armenia en la sociedad turca”.

El pasado sábado Turquía y Armenia dieron un paso histórico dirigido a resolver su enfrentamiento de décadas al suscribir acuerdos que permitirán el establecimiento de relaciones diplomáticas, la apertura de la frontera común y el estudio del denominado “genocidio armenio”. Antonio Cuesta es corresponsal de Prensa Latina en Turquía y persona altamente interesada en temas de historia y periodismo. Lleva colaborando con Rebelión.org desde hace casi una década y con Prensa Latina desde 2004, primero en Túnez y luego desde Estambul. Es, por otra parte, autor de los libros “Negociación política en Euskal Herria: El camino hacia la paz” (Hiru) y Guatemala, la utopía de la justicia” (Libros Libres, Rebelión).

Se habla en ocasiones de lo sucedido en Turquía a principios de siglo contra la minoría cristiana armenia como del primer genocidio del siglo XX. ¿Puedes explicar sucintamente qué pasó?

Lo ocurrido en Turquía, sobre todo a partir de abril de 1915, fue un vasto programa de limpieza étnica dirigido principalmente contra la minoría cristiana armenia, organizado y ejecutado por miembros del Comité de Unión y Progreso (CUP), que era el partido gobernante, y utilizando para ello unidades irregulares y grupos paramilitares. Como consecuencia, y pese a que las cifras nunca podrán ser conocidas con exactitud, entre 700 y 900 mil personas murieron a causa de las matanzas, y también debido a las durísimas condiciones en que fueron deportadas al desierto de Siria, las enfermedades y el hambre.

Hablas del partido gobernante en el Imperio otomano, ¿no? ¿Quiénes formaban el CUP? ¿Qué ideología tenía esa organización?

El CUP como organización política procedía del movimiento denominado los “Jóvenes Turcos”, y se nutrió de numerosos oficiales del ejército. Esta corriente fue la más influyente en el Imperio otomano en los inicios del siglo XX y se basaba fundamentalmente en el pensamiento positivista de Comte. Su ideología pretendía al tiempo la modernización de las estructuras del Estado y el mantenimiento de la figura del Sultán así como de ciertas tradiciones musulmanas propiamente turcas. Y todo ello bajo el título de monarquía constitucional, en un intento de imitar el modelo de democracia liberal-burguesa pujante en esos años en Europa. Fueron los creadores del nacionalismo turco, que hasta ese momento no existía.

¿Y quiénes formaron parte de esos grupos paramilitares de los que hablabas?

Al inicio de la 1ª Guerra Mundial, en el verano de 1914, se creó la denominada Organización Especial, integrada por unidades de paramilitares. Este cuerpo de voluntarios pasó a depender del Comité Central del CUP y estaba integrado fundamentalmente por tribus kurdas, prisioneros convictos, e inmigrantes del Cáucaso y los Balcanes. Los responsables provinciales del CUP también formaron en diferentes regiones del país nuevos escuadrones.

¿Cuáles fueron las causas de aquella matanza, de aquella “limpieza étnica”?

El CUP ya llevaba tiempo alentando la hostilidad hacia las minorías no musulmanas como plan de homogeneización social. Pensaban que deshaciéndose de ellas frenarían el deterioro y la descomposición de un Imperio en decadencia. Lo que ocurrió fue que en medio de una brutal ofensiva de las tropas aliadas tanto por el oeste, en los Dardanelos, como por el este, en el frente ruso, algunos dirigentes del CUP vieron la oportunidad de llevar adelante la “solución final” contra la población armenia.

Pero también hay que tener en cuenta que los armenios eran una minoría poderosa e influyente, y que en muchos casos los perpetradores del genocidio aprovecharon la ocasión para expoliar y hacerse con un patrimonio económico de valor incalculable. James Petras nos recuerda que “la desintegración de los imperios provoca holocaustos”, y el caso armenio es un ejemplo cierto en donde al tratar de acabar con un grupo importante en lo económico se llevaron a cabo masacres a gran escala.

¿Y por qué, según parece, el Estado turco no acaba de reconocer lo sucedido?

Bueno, eso no es del todo cierto. En un primer momento, tras la derrota y la firma del armisticio de Mudros (30 de octubre de 1918), el nuevo gobierno otomano estableció una comisión de investigación e inició una serie de juicios contra los responsables del genocidio. También el gobierno nacionalista (rebelde) de Ankara, dirigido por Mustafa Kemal, mostró su disposición de castigar a los criminales. Ambas administraciones admitieron que se habían cometido “crímenes contra la humanidad”, y criticaron las masacres llevadas a cabo durante la 1ª Guerra Mundial. Incluso entendieron que los juicios eran política y socialmente necesarios.

Ahora bien, las potencias aliadas decidieron -a través del Tratado de Sèvres- que el castigo contra “los turcos” sería la desmembración del espacio otomano y la balcanización del territorio mediante unidades étnicamente homogéneas. Existen numerosos documentos y testimonios de los vencedores en los que se califica al “pueblo turco” como culpable de los asesinatos. Los aliados nunca quisieron juzgar a los responsables, de hecho muchos de ellos fueron retenidos en la entonces británica isla de Malta y, posteriormente, permitidos que escaparan pese a que en tres ocasiones los gobiernos de Estambul y Ankara pidieron formalmente su extradición.

La victoria de las tropas nacionalistas de Mustafa Kemal “Atatürk” en la guerra de liberación puso punto y final a cualquier tipo de arreglo con justicia para las víctimas. Desde ese momento, desde la fundación de la moderna República de Turquía, se extendió un manto de olvido y se promovió la ignorancia entre los ciudadanos. El ejército ha sido desde entonces la columna vertebral de la República, configurando un Estado al margen de la sociedad, incluso en abierta oposición a ella, y estableciendo una serie de dogmas que incluyen medidas legales para quien los desafíe. El ejército, garante de la estructura de poder, ya ha llevado a cabo numerosos golpes de estado para suprimir cuantas revueltas puedan cuestionar o modificar los dogmas sobre los que se sustenta la República. El manto de la ignorancia continúa extendido, y cada vez es más urgente que la sociedad llegué a conocer qué ocurrió en aquellos años de guerra.

Señalas que la victoria de las tropas nacionalistas de Mustafa Kemal “Atatürk” en la guerra de liberación puso punto y final a cualquier arreglo con justicia para las víctimas y que desde la fundación de la moderna República de Turquía se extendió un manto de olvido y se promovió la ignorancia entre los ciudadanos. Pero, ¿por qué? ¿Atatürk no lideró una guerra de liberación? ¿Por qué extendió ese hilo de ignorancia que denuncias?

En realidad Atatürk pretendió crear un nuevo Estado, rompiendo para ello con cualquier vestigio del pasado. Este borrón y cuenta nueva afectó a todos los aspectos de la vida, desde la indumentaria, el calendario o el idioma, pasando por supuesto por el modelo político y económico. Ello significó deshacerse de cualquier recuerdo o rémora de épocas pasadas incluidas, claro está, las páginas negras del anterior régimen. Lo cierto es que eso ha funcionado hasta nuestros días. Los ciudadanos de Turquía no sólo ven el periodo otomano como una cosa lejana en el tiempo, incluso la perciben como una realidad ajena a ellos, como si hubiera tenido lugar a miles de kilómetros, como si se hubieran liberado e independizado de una dominación externa. El académico turco Taner Akçam define a la sociedad de Turquía como ignorante, apática y silenciosa, matizando que ello se debe a la profunda ignorancia e indiferencia sobre su pasado. No se basa en el olvido, para olvidar primero es preciso conocer.

Si no ando errado, en general, la izquierda ha hablado poco de lo sucedido. ¿Por qué?

La verdadera izquierda en Turquía es valiente y comprometida. Recordemos al periodista tristemente asesinado Hrant Dink, de origen armenio. Este intelectual de izquierdas incomodaba tanto a los nacionalistas de un bando como del otro, y por eso fue asesinado. Creía en la reconciliación de los turcos y los armenios tanto como en la necesidad de acabar con las injusticias sociales en ambos países. Dink recriminaba a la diáspora y al gobierno armenio sus constantes críticas a Turquía, mientras se pasara por alto el principal problema de los armenios que no era otro que la pobreza. Dink estaba en contra de las presiones del lobby armenio para conseguir el reconocimiento del genocidio por parte de los gobiernos (una veintena en la actualidad), o la promulgación de leyes como la francesa de 2006, en la que se tipificaba como delito la negación del genocidio armenio. Incluso llegó a mostrar su intención de viajar al país europeo, cuando la ley entrara en vigor, para quebrantarla. Pero no tuvo la oportunidad.

Y más recientemente un grupo de intelectuales, académicos y periodistas turcos iniciaron una campaña en la que pedían disculpas “a sus hermanos armenios”, al tiempo que rechazaban la injusticia que suponía la indiferencia y la negación del gran desastre que sufrieron los armenios otomanos en 1915. En apenas unas horas la campaña recogió miles de firmas a través de internet.

Pero, perdona que insista, un periodista de izquierda como Dink, con las posiciones que defendía, apenas es conocido en las izquierda europea occidental.

Bueno, eso pasa no sólo con la posición de la izquierda turca. De manera general, Turquía es una gran desconocida en Europa occidental.

Hablabas hace un momento del lobby armenio. ¿Quiénes lo componen? ¿Dónde actúan con más fuerza?

La diáspora armenia está liderada por poderosos grupos de presión económica y en algunos casos, como en Líbano, por dirigentes religiosos. Allí donde han conseguido tener una mayor influencia -Francia, Argentina, Brasil, Líbano- sus postulados se oyen con más fuerza y pretenden erigirse en “la voz del pueblo armenio”, aunque desde luego las condiciones sociales y económicas, y me atrevería a decir que incluso las culturales, poco tienen que ver con las que se viven en Armenia. Piensa que la mayoría de cuantos integran la diáspora nunca han vivido en Armenia ni en Turquía.

La ciudadanía armenia que consiguió emigrar, ¿se ha mantenido políticamente activa a lo largo de los años?

Desde hace siglos, la comunidad armenia ha mantenido por todo el mundo importantes centros comerciales y de pensamiento. De la India a Europa occidental, pasando por Persia, la diáspora armenia -al igual que la dirigencia de su iglesia- siempre adoptó el papel de garantes de los valores de la comunidad. En el último siglo y medio la corriente migratoria se dirigió hacia Estados Unidos y Sudamérica, así como una importante ola de refugiados a Rusia y Líbano después de 1915. En los últimos años la actividad política de la diáspora ha estado centrada en desarrollar un poderoso lobby. Según denunció Hrant Dink en relación al discurso sobre el genocidio, éste no se utiliza en términos históricos y está blindado por la diáspora con una doble intención: por una parte es una “cuestión nacional” que impide su asimilación en los países donde se encuentran; y en segundo lugar sirve para incrementar su influencia política en los estados de acogida. Con el agravante de que tal discurso no sólo bloquea el diálogo entre Turquía y Armenia, sino que además perjudica la integración de la minoría armenia en la sociedad turca.

Entonces, en tu opinión, ¿cuál debería ser el discurso sensato, razonable, las finalidades justas, de la diáspora armenia?

No querría ser yo quien tuviera que definirlo. Pero no estaría mal para comenzar una labor de deconstrucción de todos los mitos y falsedades sobre los que se asienta el imaginario del pueblo armenio. El discurso de Hrant Dink era ejemplar en eso, y también el de una serie de intelectuales armenios honestos que tratan de ofrecer otra visión de la historia.

Armenia formó parte de la Unión de República Soviética Socialistas. ¿Cómo se produjo su incorporación? ¿Cuál fue su situación durante la existencia de la Unión Soviética?

La actual Armenia surgió tras la disolución de la Confederación de Transcaucasia en 1918, sobre territorios del antiguo Imperio ruso. De ahí surgieron tres repúblicas que declararon su independencia: Georgia, Armenia y Azerbayán. En 1920 Armenia fue asimilada por la Unión Soviética, y permaneció como república federal hasta la disolución de la URSS, en que declaró su independencia. Durante todos esos años Armenia se convirtió en una de las más prósperas regiones de la Unión gracias, en gran medida, a que allí se establecieron importantes empresas de alta tecnología.

Tras la desintegración de la URSS en 1991, ¿cómo se produjo la separación de Armenia?

La separación no fue problemática desde el momento que la población local mostró su deseo de constituirse en país independiente y la URSS, muy poco tiempo después, fue disuelta. Los mayores problemas vendrían al pretender anexionarse el enclave de Nagorno-Karabaj en territorio de Azerbayán. Tres años de guerra que provocaron el hundimiento de la economía armenia y el cierre de sus fronteras con sus vecinos turcos y azeríes.

¿Y cuál es la situación política de Armenia actualmente?

Armenia vive una situación económica muy complicada. Han tenido que sortear su aislamiento con una mayor, casi total, dependencia de las empresas rusas. Su única vía de aprovisionamiento de productos rusos pasa por Georgia, pero tras la guerra del pasado año las cosas se han puesto aún más difíciles. Además ha visto como importantes proyectos energéticos de la región -los oleoductos Nabucco y BTC- e incluso el trazado de una línea de ferrocarril sortean su territorio dejándoles sin parte en el negocio ni en su aprovechamiento. Si a todo ello añadimos las presiones de Estados Unidos, la Unión Europea e incluso de empresarios, para romper el predominio comercial ruso en Armenia se entiende que el presidente Serge Sargisián se haya visto empujado a mirar hacia Turquía.

Se habla estos días en la prensa internacional de nuevos acuerdos entre los gobiernos de Turquía y Armenia. ¿Sobre qué puntos? ¿De qué se trata?

El pasado sábado Turquía y Armenia normalizaron sus relaciones diplomáticas por primera vez en la historia. Aunque Turquía fue uno de los primeros estados en reconocer la independencia armenia tras la caída de la URSS en 1991, nunca estableció relaciones plenas debido a la invasión por parte de Armenia de Nagorno-Karabaj y de otras siete provincias pertenecientes a Azerbayán, aliado de Ankara.

Pero lo firmado el sábado, una serie de protocolos que prevén el establecimiento de relaciones, la apertura de la frontera común y la creación de una comisión de expertos que estudie el llamado “genocidio armenio”, aún deberá ser ratificado por los parlamentos de los respectivos países. Y no es más que el inicio de un camino lleno de dificultades que ojalá pueda servir no sólo a los gobiernos sino, sobre todo, para un mayor entendimiento entre ambos pueblos.

¿Qué posiciones defienden los ciudadanos armenios de la diáspora sobre este punto? Creo que también hay una fuerte discusión interna en torno a esos acuerdos turco-armenios.

Tanto en la diáspora como en el interior de Armenia existe una fuerte oposición nacionalista que critica los acuerdos. La diáspora en concreto se ha erigido en un contrapoder y no duda en criticar o tildar de traidor al presidente Sargisián. Pero lo cierto es que estos sectores se empeñan en reescribir y utilizar la historia como herramienta de uso para sus propuestas ultramontanas. Afirmaciones como que Dios eligió Armenia para situar ahí el paraíso terrenal y cuya población desciende de Noé, quien encalló su nave en el monte Ararat tras el diluvio universal, son transmitidas en todas las escuelas primarias armenias en cualquier parte del mundo. Según denuncia el académico Razmik Panossian muchos académicos occidentales de origen armenio que no suscriben las tesis nacionalistas son a menudo tildados como “traidores” por historiadores e intelectuales de Armenia y también de la diáspora.

Hablas del presidente Sargisián y deduzco entonces que sus posiciones, en este ámbito, te parecen razonables. ¿Es el caso?

Entiendo que Sargisián intenta sobre todo alcanzar una posición de viabilidad para su país. Una viabilidad dentro de los parámetros de la economía mundo capitalista. Pero centrándonos en la cuestión del restablecimiento de relaciones con Turquía, el desbloqueo de la cuestión puede y debe servir para tender puentes de encuentro entre dos pueblos que han tenido un largo pasado común, pero que desde hace décadas mantienen un frío distanciamiento cuando no una abierta hostilidad.

Finalmente, para acabar, tú mismo hablabas de camino lleno de dificultades. ¿Cómo crees que se puede alcanzar una situación de armonía, de reparación de injusticias, de superación que no olvido de lo sucedido?

En eso confío más en la capacidad y la inteligencia de los movimientos y organizaciones sociales, que desde luego en los gobiernos. Como ocurre de manera casi general los intereses de estos suelen ir en perjuicio de los beneficios para los primeros. Un primer paso, y no pequeño, sería el de aclarar que la posición del estado turco nada tiene que ver con la de “los turcos”.

En primer lugar porque esté término es un reduccionismo que incluye también a kurdos, circasianos, judíos, ortodoxos, armenios, alevíes, y otros muchos grupos étnicos-culturales que el término “turcos” ignora y sepulta. Y en segundo lugar porque el Estado fue construido como un cuerpo aparte de la esfera social, el cual se ve a sí mismo como una entidad especial y se organiza casi en oposición a sus ciudadanos.

Gracias, Antonio, muchas gracias por tus documentadas respuestas.

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