Antonio Cuesta. Blog Altaïr

Al principio fue el árbol. La tentación llegó de él para Adán y Eva. Aunque mucho más tarde el profeta Mahoma maldijera a cuantos causaran daño a los frutales.antolia

Volvía de Konya. Y desde mi compartimento de tren podía ver la inmensa llanura de Anatolia donde los árboles son escasos desde tiempos inmemoriales. Quizá por ello, el árbol fue un símbolo para los turcos: el árbol del chamán, el árbol de la religión antigua que hundía sus raices en la vida otomana. El sueño del primer sultán tuvo que ver con el árbol del destino: un vástago que crecía en el pecho de Osmán y cuyas hojas apuntaban como lanzas hacia la cristiandad.

Siempre hubo un árbol en las plazas polvorientas de los pueblos y ciudades del Imperio, donde los hombres se sentaban a intercambiar las informaciones del día. También en el Hipódromo, en el centro de Constantinopla, creció un árbol donde los jenízaros administraban su justicia con severidad y tenían lugar sus agitadas asambleas.

Recordaba también, a la vista del paisaje desde mi ventana, que Nazim Hikmet, el universal poeta (ahora sí) turco, escribió en uno de sus poemas su deseo de ser enterrado en un cementerio en Anatolia, en ausencia de lápida si estaba bajo un plátano.

Ahora que por fin el gobierno turco le devolvió la nacionalidad al escritor, su familia podrá cumplir ese anhelo tantos años aplazado.

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