Antonio Cuesta. Blog de Turquía

Elif Karakartal es una documentalista y antropóloga que ha vivido 10 años en Perú, donde ha compartido experiencias con la comunidad de Andamarca en Los Andes. Fue allí donde realizó el documental “El agua que nos da vida” que le llevó muchos meses y un enorme esfuerzo, pues las condiciones físicas y de rodaje fueron muy duras y eso hizo que algunos camarógrafos profesionales con los que contó en los inicios abandonaran el proyecto.

El largometraje, de una hora de duración, se presenta mañana en el Instituto Cervantes dentro del Certamen “Agua y Cine”, que se está desarrollando en Estambul con motivo del 5º Foro Mundial del Agua.

Elif tuvo que hacerse cargo ella sola de todas las tareas para recoger con su objetivo las condiciones de vida de la comunidad campesina y su modo de entender la vida, de organizarse. Ella quería captar el ritmo de vida, estar presente en las tareas cotidianas, ante los problemas que le surgían a la comunidad.

¿Cómo llevaste adelante este proyecto cinematográfico?

Con muchísimas dificultades. A veces tenía que levantarme a las 3 de la mañana para comenzar a rodar el inicio de la jornada de los campesinos. Había que captar el momento. Había que estar detrás de ellos, pendientes de sus encuentros, de sus conversaciones. Viví muchos años en Los Andes y me interesaba difundir mediante la imagen esa cultura y valorizar ese mundo, esas tradiciones. Porque la gente tiene el referente del modelo occidental y creen que las cosas tienen que pasar ese filtro para que tengan valor.

Este documental es el resultado del trabajo de muchos años, y ahora en el Foro del Agua es la primera vez que se proyectará en público, y estamos pendientes de cuales son las reacciones del público.

¿Que opinión te merece este Foro?

Como en todos los foros oficiales se dan dos niveles. A nivel de las naciones, los gobiernos se reúnen para tratar un tema desde un punto de vista técnico, profesional. Y por otra parte están los que debaten sobre el agua porque es su vida. Los primeros deberían tener en cuenta que no pueden ignorar la palabra del pueblo. Para los gobernantes el agua es una cuestión de trabajo que no les afecta en su vida personal, pero para el pueblo es algo básico que no se puede disociar de su cultura, sus tradiciones, y sus recursos vitales. Esto, que es tan evidente, se ignora en el foro oficial.

Cuando conoces las formas de vida de las comunidades originarias te sorprende la coherencia de la gente, que no se permiten hablar de un tema si no lo viven. Ellos nos enseñan que la vida es un aspecto integral, no se puede separar la naturaleza de la sociedad, no podemos tratar la parte económica y olvidarnos de que el agua es vida y da la vida a las personas.

¿Tiene eso que ver con la negativa de los foros a declarar el agua como un derecho humano básico?

Me parece que hay mucha hipocresía. El problema es que hemos tenido que llegar a esta situación de desastre ecológico y de necesidad humana, para que se reúnan los gobiernos a debatir sobre este tema y sobre el que parecen incapaces de llegar a ningún acuerdo. Mientras tanto los indígenas siempre han tenido clara la relación de la naturaleza con la vida y con el ser humano, y por eso nos llevan la delantera. Ahora en Occidente comienzan a oírse voces que piden que se los escuche, porque su propuesta es la más inteligente. Por ejemplo, en estas comunidades andinas el agua hace de nexo incluso entre la gente.

Mediante el agua se hace la sociedad. Esto es así porque el control del caudal del agua se hace por turnos rotativos, y cada poblador en un momento de su vida es responsable de esta tarea. Ese es un poder muy importante, y en esos momentos cada poblador llega a conocer de primera mano cuáles son los problemas y las dificultades de gestionar esa responsabilidad. Contra lo que pueda parecer eso hace que hasta las personas menos preparadas o cumplidoras adquieran capacidades y se hagan responsables al llevar a cabo una tarea tan importante como es distribuir el agua.

A través del control del agua se hace una sociedad inclusiva, no se está rechazando a la gente que supuestamente no es capaz porque no ha estudiado, o porque no está preparada… se puede decir también que ésta es un forma de integración social. Y desde el punto de vista ecológico ellos tienen muy claro que no se puede hacer lo que se quiera con la naturaleza, sino que hay que respetar el ciclo. Ellos dicen: la tierra tiene que descansar, si la hacemos producir demasiado se va del todo.

No es esa la imagen que en Occidente se tiene de las comunidades indígenas.

Cierto. Pero las comunidades indígenas tienen un pensamiento muy fuerte y muy moderno. Un punto importante es que esta sociedad indígena que aparece en la película, como muchas otras, no son estáticas, sus costumbres y tradiciones no se quedaron en los tiempos precolombinos. Porque muchas veces esa es la imagen que se tiene de la tradición como repetición, anclada en la supervivencia. Pero no es esto. La gente es muy dinámica y muy rápida en su pensamiento. Y así se recoge en la película.

Muchas personas que emigraron a la capital, cuando regresaron a la comunidad lo hicieron con la idea de que el agua tenía que ser rentable, como un recurso económico y que si no era rentable no tenía valor. Eso creó un conflicto dentro de la comunidad frente a los que decían que el agua es vida y no se le puede poner precio. Esa evidencia deja bien claro qué pensamiento es más avanzado. La cuestión es cómo desarrollar formas de resistencia frente a la lógica mercantilista, y eso es lo que hacen las comunidades indígenas. En Perú esa reflexión, esa toma de conciencia, se está haciendo pero poco a poco, pues aún el nivel organizativo y político no está muy alto.

¿Cómo son los choques entre esa cultura y el modelo económico neoliberal?

Lo mejor de todo es que su sistema funciona, funciona muy bien. Pero como son pueblos que no tienen escritura muchas veces no se les respeta su derecho consuetudinario. Cuando se les ataca se dice por ejemplo: Esta es la nueva Ley de Agua y está escrita, pero ¿y la vuestra? Si no está escrita no existe, carece de valor. Pero a la vez si se escribieran sus normas éstas se harían más estáticas, cuando ellos viven de una manera realmente dinámica. En su mundo todo tiene que ver con la palabra, con la capacidad de construir entre varios, de escucharse y de que el conocimiento no venga dado desde arriba sino que se adquiera del conjunto de las palabras de todos. En una asamblea hablan mujeres, hombres, todos, y llegan a un acuerdo. Su concepción es todo lo contrario a la estructura piramidal de las sociedades occidentales, donde se considera un caos el que la gente pueda opinar, y que cada uno defienda su punto de vista. Esta visión parte realmente del desprecio hacia la capacidad de colaboración y organización de la gente.

Igual pasa con los ingenieros que se envían desde la ciudad, muchos de ellos originarios de esas comunidades, que llegan cuestionando métodos de funcionamiento baratos, sostenibles, eficaces, pero que por no ajustarse a modelos occidentales se desprecian. Durante años lo indígena se asoció a lo folclórico, a los bailes y canciones. Pero la cultura también tiene que ver con la valorización de los recursos. Y también es muy importante para las comunidades indígenas aprender a valorar su patrimonio y a no renunciar a él, sobre todo porque lo que se les ofrece como alternativa es un modelo injusto, insostenible y fracasado.

Ciclo “Agua y Cine”. Programa completo de proyecciones en el Instituto Cervantes de Estambul (16 al 23 de marzo)

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