Entrevista a Sevket Pamuk, historiador turco

Juan Carlos Sanz. El País

A Sevket Pamuk (Estambul, 1950) no le cuadra la idea de una Europa sin Turquía. “Mi familia siempre ha vivido en el distrito de Nisantasi, en la orilla europea de Estambul, pero cuando a mi madre le daban las contracciones cogía el barco y se iba a la clínica de su médico en la parte asiática de la ciudad. Por eso mi hermano Orhan [el premio Nobel de Literatura de 2006] y yo nacimos en otro continente”, bromea este profesor de la prestigiosa Universidad del Bósforo y de la London School of Economics, donde dirige el departamento de Estudios Contemporáneos Turcos. El pasado jueves participó en un seminario sobre historia de la economía, su especialidad, en la Universidad Carlos III de Madrid.

Experto en los avatares del Imperio Otomano y de la Europa contemporánea a los sultanes de la Sublime Puerta, Sevket Pamuk prefiere mantener cierta distancia histórica para analizar los espectaculares cambios políticos y económicos que se han producido en Turquía en lo que va de siglo XXI. “Todo está íntimamente relacionado con las diferentes visiones sobre qué debe ser la Unión Europea: una organización vinculada a una identidad religiosa o cultural o una unión flexible basada en valores comunes. Las dos posiciones están muy interrelacionadas”, advierte el historiador.

No hay peor ajuste de cuentas con la UE en Turquía que tildarla de club cristiano. “Hay razones internas para el dramático retroceso del fervor europeísta entre los turcos, pero se debe ante todo al cambio de actitud de Europa; a los mensajes abiertamente negativos de [el presidente francés, Nicolas] Sarkozy o de [la canciller alemana, Angela] Merkel”, argumenta el historiador Pamuk. “En Europa hay quien ha llegado a decir que está en contra de la adhesión de Turquía, aunque cumpla con todos los requisitos exigibles. Esta situación ha generado una regresión nacionalista en Turquía, que se llena de euroescépticos, mientras el Gobierno de [Recep Tayyip] Erdogan se aleja de su agenda reformista”.

Como miembro del Instituto Atatürk de Historia Moderna, Pamuk también se ha visto sorprendido por la polémica que ha desatado en su país la película Mustafá, sobre la vida del fundador de la Turquía moderna, Mustafá Kemal Atatürk. “Era un ser humano, y es un personaje histórico. Pero se intentó crear un culto a su imagen tras su muerte, con el fin de que el grupo que estaba en el poder siguiera gobernando Turquía a sus anchas”, explica el historiador tras las protestas de grupos nacionalistas sobre un filme que muestra la cara humana del padre de los turcos.

“Atatürk cometió errores, como todo el mundo. Pero para algunos fue muy útil crear un mito con el fin de impedir el debate sobre muchas cuestiones culturales y políticas, como la situación de los kurdos o lo ocurrido a la comunidad armenia durante la Primera Guerra Mundial. Durante medio siglo no ha habido tal debate en Turquía y, desde la escuela primaria, se nos ha inculcado a los turcos una actitud reverencial hacia un ser que no parecía humano. El mito de Atatürk ha impedido debatir con libertad durante medio siglo en Turquía”, reconoce el profesor Pamuk.

En su país la figura de Atatürk es omnipresente, con multitud de fotografías en todos los centros públicos y en muchos locales privados, y estatuas en plazas, colegios y cuarteles.

Los tabúes siguen cayendo en Turquía. Las librerías están bien surtidas de textos históricos sobre la muerte de cientos de miles de armenios en 1915. Los kurdos esperan que un canal de la televisión pública TRT comience sus emisiones en lengua kurda durante 24 horas a comienzos de 2009. “A mí me gusta mirar con una perspectiva de largo plazo”, insiste Pamuk. “Las tres últimas décadas han sido decisivas para la modernización de Turquía, que se ha abierto al resto del mundo. Después del golpe de Estado de 1980 estaba prohibido decir la palabra kurdo en público. Y nadie sabía lo que ocurría dentro del Ejército… Poco a poco, todas estas barreras han ido cayendo”.

Las claves de esta evolución, a su juicio, están en la integración turca en la economía mundial y en la aproximación a la UE tras el acuerdo de Unión Aduanera de 1995. “Necesitamos consolidar las instituciones políticas y económicas, y para ello es fundamental una mayor integración en la UE”. Sin embargo, Turquía crece y se democratiza de la mano de un movimiento conservador de base islamista, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), que llega al poder en 2002.

“El AKP ha hecho más por la integración europea de Turquía que todos los partidos laicos que le precedieron en el poder. Hasta 2005, cuando se iniciaron las negociaciones para la adhesión con la UE, se introdujeron grandes reformas legales y se produjo una gran recuperación económica, pero desde entonces el partido del primer ministro Erdogan se inclina por un programa social mucho más conservador y alejado de Europa”, puntualiza Pamuk, quien alerta también de que “una parte de la sociedad turca, la clase media laica y urbana, está legítimamente preocupada por la política del Gobierno de Erdogan”.

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