Antonio Cuesta. Estambul

Tras más de un siglo de actividad, el legendario Hotel Pera Palas de Estambul ha comenzado unas obras de restauración con el fin de adaptarse a la cambiante y creciente demanda turística sin perder su pasado ni la memoria de su largo historial.

Los actuales gerentes reconocen que el establecimiento, pese a su fama y su historia, no reunía los estándares y servicios que actualmente demandan los clientes de mayor nivel. Pero al tiempo el proyecto de conservación-rehabilitación-renovación pretende preservar el legado cultural, pues no en vano el hotel está protegido legalmente desde 1983 por ser un “edificio de importancia histórica y patrimonio cultural de Turquía”.

Durante los últimos dos años el Pera Palas ha permanecido cerrado, en una suerte de abandono que no alentaba buenos presagios. ¿Permisos y formalidades administrativas? Quizá. Lo cierto es que la demora en el inicio de los trabajos deja poco margen hasta la gran cita que Estambul tiene en 2010, la capitalidad europea de la cultura. Un equipo de arquitectos, ingenieros, científicos y asesores técnicos supervisarán unas obras que, en principio, deberán permitir la reapertura del establecimiento a finales de 2009. La dirección no pasó por alto la ocasión que se le presentaba para iniciar una nueva etapa aprovechando una cita tan significativa.

El Pera Palas fue construido entre los años 1893-95 por el arquitecto francés Alexandre Vallaury, bajo encargo de Asayan Migirdic, ante la demanda de un hotel de lujo para los viajeros que llegaban a la ciudad procedentes del Orient Express.

Este tren entró por primera vez en la estación de Sirkeci en 1888, y por aquellos años el único alojamiento aceptable para los distinguidos europeos era el Hotel Inglaterra, construido en 1841 por J. Missirie. En poco tiempo el distrito de Pera (actual Beyoglu) vio proliferar hoteles de lujo al mismo ritmo que aumentaban los nuevos visitantes: el Gran Hotel Londres (1891), fundado por la familia Glavani con el nombre de Hotel Belle Vue; el Hotel Tokatliyan (1895), fruto del acuerdo entre su propietario y la iglesia protestante armenia; el Hotel Bristol (1896), obra del arquitecto griego Manussos; y el que llegaría a ser una leyenda del siglo XIX, alcanzando la cota de mito en el XX, el Hotel Pera Palas. De todos ellos sólo el Gran Hotel Londres continúa en funcionamiento.

El hotel llegó a ser uno de los más lujosos de su tiempo, consiguiendo una atmósfera ecléctica al reunir aspectos arquitectónicos y decorativos tanto orientales como neoclásicos, detalles Art Noveau junto a cúpulas de estilo otomano. Fue el primer hotel en contar con ascensor y también ofrecer a sus clientes la posibilidad de disfrutar con “baños terapéuticos de agua caliente”, los modernos spa.

Se convirtió en residencia de artistas, intelectuales, estadistas, hombres de negocios pero también fue refugio para conspiradores y magnicidas. Durante la ocupación aliada (1918-1922), el general británico Hamilton uso parte del establecimiento como cuartel general, lo que no evitó que en 1920 un diplomático azerí fuera asesinado a tiros en el vestíbulo del hotel mientras los clientes del bar abandonaban a la carrera el lugar dejando sin pagar sus consumiciones.

Kemal Atatürk, organizador de la guerra de independencia y fundador de la República de Turquía, nunca vivió en Estambul y siempre se alojó en la habitación 101 del Pera Palas durante sus visitas a la ciudad. En alguna de estas ocasiones llegó a coincidir con el general inglés jefe de las tropas de ocupación y le invitó a tomar un café en su mesa como gesto de hospitalidad. Con posterioridad la suite fue convertida en museo y decorada con numerosos objetos personales del líder turco que la gerencia del hotel buscó y compró en distintos momentos.

En 1926, la universal Agatha Christie estuvo “desaparecida” durante 11 días en Estambul y más tarde recogió en sus memorias que el secreto -o la solución- del enigma se hallaba en la habitación 411 del hotel. Dicen que allí escribió su célebre novela “Asesinato en el Orient Express”. Otros artistas también se inspiraron en el Pera Palas para escribir sus obras: Eric Ambler en “La máscara de Dimitros”, Graham Greene en “El tren de Estambul”, Ian Fleming en “Desde Rusia con amor” o Alfred Hitchcock en su película “The Lady Vanishes ” (Alarma en el Expreso, en castellano), entre otros.

También dieron nombre al establecimiento famosos espías como Elyeza Bazna (Cicerón), Kim Philby o Mata Hari. Uno de ellos, Kemal el Inglés, fue además testigo presencial de un atentado con bomba en el lobby del hotel. Era el 11 de marzo de 1941, el embajador británico en Sofía (Bulgaria), Randall, acababa de llegar a Estambul a bordo del Orient Express. Europa estaba en guerra y los aliados llevaban la peor parte. A las 9.35 de la mañana el diplomático llegó al hotel y la perentoria necesidad de un whisky le salvó la vida, pues entró directamente al bar en lugar de esperar en la recepción a que le asignaran su habitación. En ese momento una maleta-bomba explotó en el vestíbulo causando 6 muertos y 19 heridos entre los numerosos clientes que, a buen seguro, acababan de desembarcar del mismo tren.

Pero además, y a lo largo de su historia, la propiedad del hotel fue traspasada en varias ocasiones. En una de ellas, corría el año 1915, -la anécdota procede del cronista estambulí Jak Deleon- un comerciante rumí (ciudadano otomano perteneciente a la minoría greco-ortodoxa) hizo su aparición en la recepción del Pera Palas pero con un aspecto tan desastrado que los responsables no le admitieron en el establecimiento. Furioso por el desaire, Petros Bogosakai decidió comprar el hotel. ¿Cómo podrían haber imaginado los recepcionistas que ese personaje tan desaliñado era multimillonario?

Pese a su actual inactividad, y a sus andamios y trajines propios en una obra, el influjo del Pera Palas es tan grande que decenas de turistas se acercan a diario hasta las inmediaciones del edificio -preguntando por el que denominan “el hotel del Oriente Express”-, quizá para fotografiar lo poco que se adivina a través de las puertas por las que entran y salen los apurados albañiles cargados con sacos de cemento o empujando pesadas carretillas de arena.

¿El resultado final? El tiempo nos dará la respuesta.

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