Antonio Cuesta. Estambul

Las tensiones entre el denominado sector laico y el gobierno del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), demócrata musulmán, marcaron buena parte de la agenda política del presente año en Turquía.

Desde principios de abril, el anterior Jefe del Estado, Ahmet Necdet Sezer, el primer grupo de la oposición, Partido Republicano del Pueblo (CHP), el Alto Estado Mayor del ejército y otros organismos sumaron fuerzas para frenar la llegada a la presidencia de un candidato del AKP.

A las masivas manifestaciones de rechazo, convocadas en las principales ciudades del país por la elite laica contra lo que denominaron un presidente “islamista”, se sumaron el bloqueo parlamentario, denuncias ante el Tribunal Constitucional y amenazas por parte de los militares.

El 27 del mismo mes, la cúpula del ejército emitió a través de internet una seria advertencia contra cualquier ataque al “laicismo kemalista”, lo que se interpretó como un aviso de golpe de estado, bautizado como el “e-golpe”, contra el Gobierno.

Bloqueada la posibilidad de elección por la corte Constitucional, el gobierno de Recep Tayyip Erdogan decidió adelantar las elecciones legislativas y modificar la ley para permitir la elección del Presidente por sufragio universal, algo con lo que también estaba en contra la oposición.

Pero pese a la insistente denuncia, por parte de la prensa y de una oposición de corte nacionalista liderada por el alto mando militar, de una “agenda islamista” que ocultaría el gobierno, la pugna por el poder trataría de aclarar qué modelo imperaría en los próximos años.

Durante décadas la elite secular, al amparo del ideario kemalista, se apoyó en el ejército para salvaguardar su estatus, coartando cualquier atisbo de disidencia o de participación popular incluso mediante el uso de la fuerza.

Sin embargo, la llegada al poder del AKP, surgida tras su arrolladora victoria en 2002, trató de acabar con esos privilegios lo que significó una amenaza contra el sistema establecido y su consiguiente enfrentamiento con él.

Aún así, la apuesta más importante del gobierno de Erdogan fue, y sigue siendo, el ingreso de Turquía en la Unión Europea (UE), para lo cual ya ha demostrado su disposición a llevar a cabo cuantas reformas sean necesarias y le permita el sector laico.

Finalmente, el 22 de julio los ciudadanos turcos revalidaron la mayoría parlamentaria del AKP y castigaron al CHP por su obstinada oposición, lo que sirvió para que el partido de Erdogan consiguiera finalmente nombrar en septiembre a Abdullah Gül como nuevo Presidente.

El hasta ese momento ministro de Relaciones Exteriores mostró desde un comienzo un talante conciliador y de diálogo, pese a los desplantes a los que fue sometido por parte fundamentalmente del alto mando militar.

Además, tras las elecciones el Parlamento mostró una mayor pluralidad en su composición llegando al mismo numerosos candidatos independientes, 20 de los cuales formaron un grupo pro-kurdo cuyo objetivo era el de hallar una solución pacífica al conflicto armado que asola el país desde hace dos décadas.

Paradójicamente, el inicio de la nueva legislatura vino marcado por el recrudecimiento de los enfrentamientos entre el ejército y la guerrila del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), y tuvo su punto álgido durante el pasado octubre cuando murieron decenas de militares.

Desde ese momento la tensión política y militar, tanto dentro del país como con el vecino Iraq, ha empujado al gobierno hacia lo que denominó operación transfronteriza para “combatir el terrorismo de forma decidida” contra las bases rebeldes situadas en el norte de Iraq.

Las amenazas y los ataques puntuales llevados a cabo han contentado la efervescencia ultranacionalista del Ejército y la oposición, pero también han desatado las alarmas en Washington y en la UE por cuanto pueden generar consecuencias imprevisibles en la zona.

Las relaciones de Turquía con EE UU atraviesan un momento crítico, pues Ankara recela de su aliado al que acusa de armar al PKK y de presionarle para que abandone sus importantes negocios energéticos con Irán.

La posición geoestratégica de Turquía entre Asia central e Irán, por un lado, y Europa, por el otro, no agrada a Washington, que trata de mantener un embargo económico contra el país persa.

Pero Ankara apuesta por un papel de “puente energético”, como elemento de presión en su camino de adhesión a la UE, llevando a cabo importantes inversiones en este terreno aunque ello suponga un desafío a los EE UU.

En este sentido, las amenazas turcas de intervenir en Iraq sólo buscarían una mayor independencia con respecto a Washington para poder llevar a cabo su planeado diseño en el futuro mapa energético regional.

El primer paso en esta línea fue la reciente inauguración, el pasado 18 de noviembre, del tramo inicial del que será el primer gasoducto que suministrará a Europa desde Asia central y el Mar Caspio a través de Turquía, y al que se sumará en el futuro el gas procedente de Irán.

Con ello Ankara refuerza sus aspiraciones de ingreso en la UE, afianzando su apuesta de actor estratégico entre los yacimientos asiáticos y los mercados europeos, pues como expresó el ministro de energía turco, Hilmi Güler, “el proyecto reforzará el papel de líder de Turquía”.

Además, el gobierno del AKP, con un alto grado de pragmatismo y una apuesta clara por el modelo neoliberal, comenzó a poner en práctica un vasto programa de privatizaciones que abarcará a todos los campos de la economía para completar sus ambiciones europeistas.

El inicio de privatización del Halkbank, uno de los mayores del país, de la petroquímica Petkim y de los puertos de Esmirna, el primero en cuanto a volumen de mercancías, Mersin y Derince1, es sólo el comienzo de una apertura al capital extranjero que minará los intereses económicos de la elite secular.

Esto podría significar el fin de décadas de hegemonía política y económica, y explicaría la intensa campaña desatada en contra del AKP, y no su presunta agenda islamista.

Basta recordar que durante las dos décadas que precedieron al actual gobierno las privatizaciones rondaron la cifra de 8 mil millones de dólares, y que en cuatro años esta cifra alcanzó los 18 mil.

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