Andrés Mourenza. Estambul (Noticias desde Turquía)

“No te preocupes, mamá. Puedes contar los días que me quedan para terminar el servicio militar”, dijo la noche antes de morir el joven Özkan Kiliç en una conversación telefónica con su madre, junto a la que vivía en un pueblo de la provincia norteña de Giresun. Pero después, consciente del peligro, telefoneó a su hermana en Estambul: “Me envían a una operación. Estate tranquila, pero no se lo digas a mamá”. Al día siguiente, marchó con sus compañeros de cuartel a las montañas de Gabar, muy cerca de la frontera con Irak. Era mediodía cuando su batallón detectó la presencia de un grupo de militantes del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) e inmediatamente comenzaron los disparos. Cayeron Özkan y tres soldados más, también veinteañeros.

Özkan es solo el último de la larga lista de soldados –supera la cincuentena– muertos a manos del PKK desde que se recrudeció el conflicto a finales del mes de septiembre. El primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, reconoció el pasado 23 de octubre que no se puede “luchar contra el terrorismo” con reclutas del servicio militar, pero la fuerza del Ejército turco –unos 450.000 soldados– recae de momento en ellos.

No hay duda de que los turcos se sienten orgullosos de su Ejército y de sus Mehmecitos (Mehmetçik, diminutivo del nombre de pila Mehmet), un apelativo similar al que utilizan los estadounidenses para sus soldados: los Johnnies. “Los soldados turcos pueden conseguir cualquier cosa, el nuestro ha sido siempre un Ejército victorioso”, proclama orgulloso un estudiante ultranacionalista de Erzurum (Anatolia Oriental). “Somos una nación de soldados, es un honor ir al Ejército”, repiten sus compañeros como una letanía.

Orgullo contra el miedo

Sonadas son siempre las despedidas de los que marchan a la mili en Turquía: los amigos los llevan a hombros o manteándolos hasta la estación de autobuses mientras corean “El soldado más grande es nuestro soldado”. Pero tanta bravuconería solo sirve para esconder el miedo real que sienten la mayoría de los jóvenes turcos por el fatídico momento de ser llamados a filas.

Incluso los estudiantes de la nacionalista Erzurum vacilan cuando se les pregunta cuándo irán al servicio militar y si tienen ganas. “Bueno… antes tenemos que terminar la carrera. El Estado sabe que nuestra educación es lo primero”, se excusa uno de ellos.

Dejar a la familia, la novia, los amigos o incluso a mujer e hijos siempre es traumático, pero aún más dependiendo del destino en que toque en desgracia cumplir el servicio militar. Tras los primeros tres meses de entrenamiento, un recluta puede ser enviado tanto al placentero sur del país como a las divisiones de Afganistán, donde Turquía participa en la misión de la OTAN, o a las provincias fronterizas con Irak, donde ahora mismo se desarrollan los combates con el PKK.

Por eso, la mayoría de los jóvenes tratan de alargar sus estudios con nuevos cursos, másteres o posgrados, para intentar retrasar su paso por el servicio militar. Sin embargo es prácticamente imposible escaquearse: un turco puede ser llamado a filas hasta los 49 años. De todas formas, estudiar es siempre una ventaja, ya que con una carrera universitaria se consigue reducir el servicio militar de 18 a 6 meses (o servir el año y medio completo con sueldo y grado de teniente).

Sin chalecos antibalas

Pero el destino sigue siendo una lotería y si hay uno temido por todos ese es el sureste, porque, pese a que muchas veces se considera al Ejército turco uno de los más poderosos del mundo, lo cierto es que el armamento es viejo y los chavales que patrullan por las montañas en busca de militantes del PKK ni siquiera visten chalecos antibalas. Al oír que un joven ha sido enviado a Sirnak o Hakkari (provincias fronterizas con Irak), a su familia no le queda más remedio que aguantar la respiración y rezar para que vuelva sano y salvo.

A pesar de todo, la muerte de estos jóvenes no lleva a una reflexión sobre la reforma del servicio militar obligatorio, sino que, como demuestran los inmensos funerales, solo avivan el dolor, la rabia y las ganas de venganza contra el PKK. Tras la muerte de los 12 soldados “mártires” del combate de Daglica (Hakkari), el pasado 21 de octubre, se multiplicaron las proclamas nacionalistas e incluso niños de la escuela primaria solicitaron ser enviados al frente. Pocos días después fallecía el suboficial Halit Özçelik, de 30 años, quien había ayudado a evacuar a sus compañeros de Daglica: la muerte le alcanzó en el hospital militar a causa de las heridas sufridas en la refriega. Cuando su mujer recibió el ataúd lo hizo con un saludo militar: “No lloraré”, afirmó. Finalmente se derrumbó sobre el féretro gritando: “¡Larga vida a la patria!”.

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