Entrevista a Aurelio Alonso, sociólogo y subdirector de la revista Casa de las Américas

Antonio Cuesta. Estambul

Aurelio Alonso es sociólogo y uno de los intelectuales más reputados de Cuba. Fue fundador del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (UH) en 1963 y director de la Biblioteca Nacional entre 1966 y 1967. Actualmente es subdirector de la revista Casa de las Américas, y durante esta semana pasó por Turquía para impartir dos conferencias en el marco de la Feria Internacional del Libro de Estambul.
Como miembro del Comité de Redacción de la revista Alternatives Sud, y del Forum Mundial de las Alternativas, destina parte de su tiempo para reflexionar sobre un socialismo para el nuevo siglo, y el sentido y alcance de las alternativas políticas que están surgiendo en América Latina.

Aseguraba Fernando Ortiz que “la cultura no es neutral, es guerra contra los que se oponen al progreso humano”. ¿Quién son actualmente los enemigos de este progreso?

Los enemigos están más desnudos que nunca. Parece que la historia del progreso humano es también la del cambio ético-social del mercado, una fuerza prioritariamente generadora de crecimiento económico y social que se ha convertido en bloqueadora de todos los avances del progreso humano, precisamente por los efectos de acumulación y de dominación que ha tenido. Los enemigos están alrededor de eso.

Si hablamos de los Estados Unidos es por ponerle nombre y apellidos, pero el problema es el nivel de acumulación capitalista y el nuevo pacto de poder que se ha producido entre las trasnacionales y los estados capitalistas principales, y cómo eso se ha estructurado piramidalmente con los EEUU a la cabeza. Podía haber sido, por ejemplo, Japón pero lo cierto es que quien está en la cima de esa pirámide son los EEUU, y son lo que están dictando las reglas de la dominación, los que gobiernan impunemente a todo el sistema mundial, los que se sienten libres para iniciar una guerra sin consultar siquiera al Consejo de Seguridad de la ONU. Entonces el perfil del enemigo está muy claro. Con estos niveles de acumulación de capital si no fuera EEUU sería otro.

Es como cuando me dicen, qué falta hace que se termine el periodo de Bush, y yo digo, es que no va a haber periodo bueno, no hay ninguna esperanza ni con otros republicanos ni con demócratas. Tendría que generarse un cambio muy fuerte que sólo podría ocurrir a partir de un choque de la opinión pública norteamericana con el poder y con el mundo empresarial de EEUU. Creo que, por lo tanto, Fernando Ortiz tenía razón.

En un reciente artículo habló de la necesidad de una alianza entre los países periféricos para llevar a cabo acciones coherentes contra el desamparo social, y orientadas hacia una superación estructural de la pobreza. ¿A qué tipo de políticas se refiere?

Existe la necesidad y a la vez la posibilidad de una alianza que no se vislumbraba y que ahora empieza a ser real en América Latina, y también en el resto del mundo. A nivel continental los mecanismos de subsistencia de los esquemas que tratan de luchar por un sistema de justicia social y de equidad comienzan, precisamente, de abajo a arriba. Es decir, nadie va a generar una alternativa global si ésta no viene desde abajo. Creo que la alternativa a la globalización, al neoliberalismo y a los pactos del capital debe ser global, pero eso no quiere decir que venga de arriba a abajo. En este sentido Cuba es un modelo de resistencia indiscutible, no de otra cosa, que ha sido capaz de soportar las presiones imperialistas en las condiciones más adversas. Y eso ha servido mucho a América Latina en el sentido de asimilar esa capacidad de resistencia y también de tomar a Cuba como un referente. No es que haya que repetir lo que se hizo en Cuba, pero sí el ejemplo de que resistir es posible, aun en las condiciones de esos pueblos.

Lo que está sucediendo en América Latina es muy importante porque esta situación de tensión, de pérdida de gobernabilidad general -una pérdida grave, estructural, generada por el esquema neoliberal- significa el debilitamiento del Estado-nación, el debilitamiento de las capacidades políticas del país para defender la soberanía funcional -más allá de la puramente nominal- y la pérdida de su intervención en la economía, de sus capacidades. Es decir, la venta propiamente del país a la potencia extranjera para ser subastado. Lo interesante es que ante estas situaciones se empiezan a utilizar dispositivos electorales que están llevando a los gobiernos de esos países a figuras representativas de los intereses populares. Gobernantes que son inmediatamente acusados de ‘populistas’ por la derecha. Curiosamente cuando yo era joven la crítica al populismo venía desde la izquierda, pero ni teníamos razón los marxistas entonces ni tiene razón la derecha ahora, pues el populismo tiene una serie de virtudes, y está entroncado en una corriente del pensamiento revolucionario, que le permiten avanzar por el camino de los cambios reales. En Latinoamérica hay populismo porque hay una respuesta inmediata a intereses populares. Y estos intereses se están manifestando electoralmente como en el caso de Ecuador, por poner un ejemplo. En Ecuador el multimillonario Álvaro Novoa estaba tratando de alcanzar la presidencia desde hace 4 ó 5 elecciones, y ahora que ya creía tenerla en la mano apareció inesperadamente Rafael Correa, que tenía una historia política muy corta pero que es un hombre sumamente lúcido, bien formado, y que ha mostrado rápidamente tener una talla de estadista excepcional. Correa consiguió polarizar de manera rotunda la proyección popular.

Algunos de estos cambios son más radicales, como ha sucedido en Bolivia, en Venezuela, en Nicaragua y ahora Ecuador; otros tienen signos más moderados, como es el caso de Brasil, o en Argentina con Néstor Kirchner que no ha introducido muchos cambios pero que han sido más de los que se esperaban; y están también los que se preveen para el futuro en Paraguay, donde se espera la victoria de un obispo de izquierdas con un programa postcapitalista de justicia social; y en Perú, con un movimiento indigenista fuerte y donde Ollanta Humala parece que vuelve a reaparecer después de haber dado signos de maduración.

Por decirlo de alguna forma, hay un cuadro que hace que el continente se vea dividido entre una América del ALCA y una América del ALBA. Países dispuestos a someterse y otros decididos a resistir. Y no estoy haciendo referencia al ALCA por razones secundarias, creo que el logro de la reunión de Mar del Plata, al bloquear la aprobación del ALCA a EEUU, tuvo una trascendencia enorme, porque avanzar en proyectos de resistencia social y de soberanía con el ALCA aprobado en toda América Latina hubiera sido tremendamente más difícil de lo que es actualmente. Y no digo que las cosas sean fáciles para ninguno de estos proyectos alternativos, pero con un sistema de libre comercio dependiente, neoliberal, como el que quería imponer integralmente para el continente EEUU, hubiera sido de una dificultad inimaginable. Por eso es muy importante la integración para que el panorama siga cambiando. Tratar de cerrar filas, en la manera que sea posible, entorno a intereses comunes es en estos momentos decisivo y crucial para América Latina, y lo es también para el tercer mundo.

Usted hace una diferenciación entre la pobreza y el desamparo ¿qué significan cada una de ellas?

En los últimos 3 ó 4 años he insistido mucho en esta distinción, pues considero que esta diferenciación es importante no sólo para el estudio de la pobreza en el momento actual sino para las proyecciones de las políticas de superación de la pobreza. Como sociólogo he analizado este tema en el Caribe hispano -Cuba, Puerto Rico y República Dominicana- y el trabajo en el terreno, la recopilación de informaciones, me llevó a establecer el criterio de que el término desamparo no podía ser usado como sinónimo de pobreza -lo que se hace habitualmente-, de que se hacía necesaria una distinción mayor y más rigurosa entre ambos conceptos en tanto que la pobreza describe un estado de carencia y el desamparo es la relación social que impide el que ese estado de carencia se supere.

En los últimos 15 ó 20 años la pobreza se ha convertido en un tema de estudio muy sofisticado, han aparecido índices técnicos para perfeccionar una mirada de aproximación, pues se llegó a la conclusión que no bastaba con el nivel de ingresos, aunque este dato lógicamente sigue usándose porque es el único que permite establecer comparaciones. El problema es que todos esos indicadores tratan de definir una carencia, una insuficiencia, en el acceso a los medios de subsistencia pero no aclaran el elemento causal que tiene que ver con la desigualdad. Entre las maneras que hay de analizar estructuralmente la organización social y sus relaciones se encuentra el llamado Triangulo de Claus Offe, en cuyos lados estarían las instituciones, el Mercado y la Sociedad Civil. El Mercado es el dominio del capital, del poder económico, y por tanto no le interesa ninguna política que no esté vinculada a la acumulación. No se puede contar con el Mercado para llevar a cabo acciones que mitiguen la pobreza, pues éstas políticas suponen un coste para la acumulación. Pero sí deben hacerlo la institucionalidad social y la política que son, en palabras de Gramsci, los que constituyen el Estado. Las estructuras sociales se superponen, se entrecruzan pero no son antagónicas. Sociedad Civil e institucionalidad política son las responsables de programas contra el desamparo. Quien nunca se va a comprometer es el Mercado. Éste no va a ayudar a mitigar la pobreza como no sea mediante acciones que posteriormente le renten publicidad, o un mayor consumo, etc. El Mercado puede darle leche en polvo durante un año a los niños de una escuela siempre que eso le revierta beneficios mediante anuncios. Y no estoy haciendo una crítica ética, pues esa es la razón de ser del Mercado cuyo objetivo es la acumulación de capital. Tampoco soy un fanático que trata de bombardearlo, pero lo que no se puede permitir es que la institucionalidad política se someta al Mercado.

¿Qué ocurre entonces con la actual supeditación de la política a la economía?

El mundo capitalista ha llegado a una total dictadura, que podríamos definir como el totalitarismo del Mercado, en el cual los sistemas políticos se han convertido mayoritariamente en los siervos de los mecanismos de acumulación y de dominación, que son muy sofisticados y muy complejos, y que empiezan a sustituir a los del imperialismo en su fase más tradicional.

Actualmente los principales flujos Norte-Sur no son los de inversiones, y los del Sur al Norte no son los de las ganancias. Lo que más dinero mueve en la dirección Sur-Norte es la deuda, el Norte se permite desangrar económicamente a los países pobres sin producir un alfiler, nada más por el hecho de que yo te presté y tu no me has acabado de pagar, y tienes intereses que yo sé que no me vas a poder pagar, y que van a seguir creciendo, y por eso me vas a tener que seguir pagando al año que viene, y al otro. Más que las conocidas categorías de países desarrollados-subdesarrollados, o pobres-ricos hay otra diferenciación que define mejor la situación actual y es la de países acreedores-deudores. El tercer mundo está más atrapado por la deuda que por el subdesarrollo mismo. No es que estos países produzcan, de acuerdo a una ley del valor, en términos menos rentables o que haya un intercambio desfavorable con los países ricos. No, es que por efecto de la deuda esto es subjetivo totalmente. Y al revés, de Norte a Sur los flujos más importantes de capital no son los de la compra de materias primas o los derivados del comercio, son los de las remesas familiares de la población emigrante. Ya en México, que es un gran productor y exportador de petróleo y un importante suministrador para los EEUU, el valor de las remesas familiares está próximo al volumen de ingresos que recibe el país por la venta del petróleo. Aún más, todos los países de América central viven de remesas familiares, todos los países del Caribe salvo Cuba viven de remesas familiares. Y si en el caso cubano estos ingresos son porcentualmente menores se debe únicamente a las restricciones impuestas por el bloqueo de EEUU, que para impedir la entrada de dólares en la isla prohíbe las transferencias monetarias incluso entre miembros de una misma familia.

Lo que quiere decir que, en cualquier caso, éstas dinámicas que ha establecido el sistema de dominación económica en los últimos años son complicadísimas. Mi tesis es que no se puede luchar contra la pobreza sin luchar contra el desamparo. Y ello no es posible si no se modifican las políticas estatales que den a la sociedad un nivel de protección, a través de políticas equitativas o del control de los precios en productos de primera necesidad, sin que eso signifique tener que rendir cuentas ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), por ejemplo. En este sentido, quiero decir que la OMC es un organismo terrible, es la única institución internacional que tiene poder ante los tribunales internacionales para demandar a un Estado si toma alguna medida que lesione los intereses de las empresas trasnacionales, y hacerle pagar la multa correspondiente, lo cual afecta al legítimo derecho de los gobiernos de actuar por su pueblo y a la soberanía de las naciones. La OMC es un organismo truculento que no favorece un comercio justo.

Por todo ello, el nivel de opresión en las situaciones nacionales, no sólo desde el plano económico, está ocasionando el aumento de la pobreza y el incremento de las desigualdades. Ese mismo fenómeno, está provocando que en América Latina sean 225 millones de personas las que pasan hambre. Y ello va aparejado a todos los mitos y ejemplos de reducción de la pobreza que se convierten también en una coartada para hacerle ver al mundo que el problema se puede resolver desde el sistema establecido, lo cual es totalmente falso. Es un mito que tiene que ver con el asistencialismo, con soluciones momentáneas. Se mejora un poco la situación social y después empeora otra vez, salvo en el caso de los países que cuentan con un interés preferencial desde los centros imperialistas, y ahí sí que el país puede tener una cierta mejoría relativa con relación a las naciones vecinas. Pero hay un fenómeno que es inevitable, y que tiene que ver con la lógica del capital, y es que si EEUU por ejemplo destina un préstamo y se estudia a dónde va ese financiamiento, lo normal es que se dirija a nutrir las dinámicas del capital, las dinámicas de dominación, y no que vayan a mejorar las necesidades reales de la población.

Y en esta situación ¿qué papel juegan las instituciones internacionales?

Creo que las Naciones Unidas cometieron un error al plantear los Objetivos del Milenio. Si en lugar de centrarse en la pobreza hubieran intentado resolver la cuestión del desamparo, facilitando descriptores y ofreciendo análisis, se habría dado un paso aún más importante. Porque no es posible resolver los problemas de las necesidades de la población sin actuar sobre la estructura social. Las dinámicas de pauperización avanzan en todo el mundo y la única posibilidad es que los gobiernos sean capaces de responder ante esas necesidades con un cambio en sus políticas. Por supuesto que los organismos internacionales tedrían que haber servido mejor a esos propósitos. Y aún pueden hacerlo, a pesar del deterioro al que les ha sometido EEUU. Creo que todavía son escenarios donde los temas sociales pueden lograr avances. Pero, insisto, no hay solución a la pobreza si no la hay al desamparo.

¿Cuáles son los mayores peligros del mundo actual?

Los grandes problemas de nuestro tiempo son fruto del dilema de haber llegado a un nivel de desarrollo de las fuerzas productivas capaces de acabar con la pobreza y con el hambre y, sin embargo, estar sometidas a una dinámica económica estructural que se lo impide. Además, el avance tecnológico ha llevado al mundo a un nivel de agresión y de erosión del medio ambiente que ponen en peligro la existencia de la humanidad y de sus recursos vitales. Pues esta erosión actúa en un doble sentido: amenazando la naturaleza (calentamiento global, agujero de la capa de ozono, contaminación de las aguas…) y agotando los recursos naturales.

En este sentido creo que hemos vivido durante décadas en lo que denomino una inocencia medioambiental, creyendo que los recursos eran inagotables y sin pensar en que se podía llegar a una situación peligrosa para el equilibrio ecológico. Pienso que, de cara a los próximos años, va a ser más problemática la carencia de agua potable que el agotamiento del petróleo.

Creo, sin lugar a dudas, que esta amenaza contra la naturaleza y el ser humano es el mayor desafío al que nos enfrentamos.

¿En qué punto se encuentran las alternativas al sistema neoliberal?

Las alternativas están muy mal. Se encuentran en un punto de avance insuficiente si tenemos en cuenta la gravedad en la que se encuentra el mundo actualmente, a la que hacía referencia anteriormente. Es cierto que en la última década ha crecido y se ha extendido una conciencia medioambiental entre la opinión pública mundial, ha habido un cambio fundamental. Sin embargo, la destrucción del planeta ha seguido provocada por la mano del hombre. Con la negativa de los Estados Unidos a firmar el Protocolo de Kioto y a poner en práctica cualquier directiva que limite la reproducción del capital se ha llegado a un punto gravísimo. Y si no se aplican restricciones a las empresas para que sigan contaminando y sigan esquilmando los recursos naturales no habrá solución a los males actuales. Es decir, no se puede anteponer la lógica del capital a las necesidades humanas, y mientras esto no cambie no habrá alternativa viable a este sistema.

El ritmo de cambios es demasiado rápido para que los incipientes modelos que están surgiendo en América Latina puedan aliviar los deterioros de la erosión contra el medio ambiente. Y pese a la modestia y a lo limitado de estas alternativas ni siquiera es seguro que EEUU vaya a permitirlas. Es evidente que la política del Imperio está intentando acabar con ellas aunque, probablemente, su situación en Oriente Medio ha hecho que hasta el momento no se aplique con contundencia, incluso militar, sobre Latinoamérica. Pero lleva a cabo grandes campañas de propaganda, alienta el enfrentamiento social, alimenta golpes de estado e intentos de magnicidio… y todo bajo la coartada de querer llevar la “democracia” al continente. En este sentido el caso venezolano es paradigmático, pues ¿qué es la democracia? ¿no son democráticos todos los cambios llevados a cabo en Venezuela? Aseguran que el cambio constitucional pretende eliminar la alternancia política, ¿acaso no es democrático poder reelegir a un mandatario? Y qué decir de los mecanismo de participación popular e, incluso, de revocar los mandatos presidenciales. ¿La alternancia política debe ser una posibilidad o una obligación? Lo cierto es que EEUU y la burguesía venezolana buscan el poder únicamente para llevar a cabo políticas que beneficien al capital e impedir que la economía esté supeditada a las decisiones del pueblo.

La aspiración mundial a un cambio social sigue siendo un desafío, y creo que una alternativa en este sentido es más necesaria que nunca porque lo otro es la barbarie. Un número pequeño de transnacionales imponen sus criterios en el mundo, un 10% de la población mundial atesoran el 95% de la riqueza que se genera, y mientras tanto 6.000 millones de personas no pintan absolutamente nada en el comercio mundial, ni producen ni consumen. Todo esto significa que nos encontramos ante un verdadero programa de exclusión globalizada.

Cuando habla de la reinvención del socialismo, ¿cuáles deben de ser los valores imprescindibles para el socialismo del siglo XXI? ¿Es apropiada esta denominación?

Estoy de acuerdo con el término de Socialismo del siglo XXI, pero no me gustan los intentos que se hacen por definirlo. Y no me atrevo a decir cuales deben de ser los principios de esta nueva teoría. Hay mucho debate sobre este tema y muchos socialistólogos que tratan de hacerlo, y en mi opinión, sin acierto. La experiencia del socialismo en el siglo XX tuvo unos niveles muy altos de fracasos, aunque también aspectos positivos destacables. Sin embargo creo que el socialismo para el nuevo siglo no puede basarse en rescatar, e intentar mejorar, la experiencia pasada. Para mi la idea del Socialismo del siglo XXI debe partir de la reinvención y la recreación de un nuevo modelo antes de acudir a planteamientos y propuestas concretas, como ya hacen muchos. Aún tenemos que aclarar y redefinir muchos términos tales como democracia, participación popular, toma de decisiones…

En Cuba, por ejemplo, tenemos momentos en que se observa, y se expresa, la existencia de una democracia latente de nuevo tipo, pero contamos con una institucionalidad que aún no es capaz de sistematizarla.

¿Existe transición en Cuba?

Es un concepto muy manipulado. Nosotros hablamos de transición en un sentido de avanzar por un camino alternativo al capitalismo, de soberanía y de justicia social. Es un concepto usado tanto por Marx como por Lenin, quien habló de la transición de una sociedad atrasada y campesina como la rusa hacia el socialismo. Y éste como una transición hacia el comunismo.

En Cuba hablamos de la Revolución socialista, pero lo que comenzamos en 1959 fue un proceso de transición hacia el socialismo. Un proceso que ha tenido unos tiempos que no son realmente etapas pues éstas indican una continuidad, un avance en un mismo camino, pero en el caso cubano se han dado cambios de orientación. Comenzamos tratando de implantar una experiencia independiente, de insertarnos en el mundo de manera autónoma. Pero el bloqueo y otras circunstancias hizo que a fines de los 60 entráramos en el CAME y adaptáramos una institucionalidad política y económica de cuño soviético. Se produjo entonces una transición, dentro de la transición, hacia el modelo y el universo soviético. La caída del socialismo nos llevó a la segunda transición, dentro de la transición, en el que nos lanzamos a la búsqueda de un camino distinto, un modelo socialista viable, que nos hizo avanzar en una especie de zig zag. En Cuba hay una necesidad de debatir, en ocasiones de manera polémica, sobre los temas importantes de la sociedad, la política y la economía. Un debate que afortunadamente es cada vez más abierto pero con el que aún no se logró unos puntos de coherencia. Lo único en que hay unanimidad es en resistir y en ser independientes, pero lo demás está en el aire.

¿Cuáles son las amenazas de la revolución cubana en su camino hacia la transición del nuevo socialismo?

La principal es la amenaza norteamericana, con un bloqueo que se mantiene y se refuerza. Somos un objetivo para el Imperio, estamos amenazados y lo sabemos. Como dije anteriormente, la intervención de EEUU en América Latina se ha visto paralizada por el problema de Oriente Medio. Pero figura en su agenda acabar con algunos procesos que están teniendo lugar en el continente. Es un riesgo que no sólo pende sobre Cuba, ahora se extendió a otros países, se cierne sobre aquellos que quieran llevar a cabo una transformación socialista o de amplio contenido social. Por ello creo que ese es el mayor peligro contra el nuevo socialismo, todos los demás derivan de esta amenaza imperialista.

Se ha referido en múltiples ocasiones a la necesaria descentralización del Estado, hacia los poderes locales, para incrementar la “sustentabilidad desde abajo”. ¿La experiencia de Eusebio Leal en La Habana vieja es, en ese sentido, extrapolable y positiva para el resto de los municipios? ¿se ajusta al modelo teórico que usted defiende?

El trabajo de Eusebio Leal es muy meritorio. Es extrapolable pero no generalizable, pues no todos los municipios en Cuba cuentan con ese patrimonio arquitectónico y cultural, y la posibilidad de desarrollarse gracias al turismo. Lo bueno de esa experiencia es que se han llevado a cabo transformaciones teniendo siempre presente la prioridad social en tales cambios. En el caso de La Habana vieja la gente ha seguido viviendo en su casas renovadas y se les ha hecho partícipes en el proyecto, que además ha tenido una dimensión cultural importantísima.

Ahora bien, manteniendo ese principio de interés social creo que cada municipio debe de contar con una mayor responsabilidad y autonomía política y económica. Como en el caso de La Habana vieja llegar incluso a cierta independencia impositiva y financiera que permitan a las autoridades locales tomar sus decisiones y llevar a cabo sus programas de actuación. Creo que en el camino de la descentralización, avanzar en el plano económico dentro del ámbito municipal es algo necesario. La tendencia va en ese sentido, es algo que está presente entre las autoridades, y espero que no se tarde mucho en llevar a la práctica.

Usted ha asegurado que durante un periodo en Cuba se supuso, erróneamente que el progreso debía eliminar la religiosidad, ¿qué opina del uso de símbolos religiosos en el espacio público? ¿y sobre el uso del velo en las universidades de un país como Turquía?

En Cuba creo que quedó claro que no tenía sentido prohibir ni negar la religiosidad de la gente. Cuando a finales de los 80 se hizo un estudio entre la población, el 80% de las personas se declararon creyentes de un modo u otro, de percibir una noción de duda ante lo sobrenatural, lo cual responde a una lógica humana. En la actualidad en Cuba están muy presentes los símbolos yorubas y católicos sin que eso genere ningún tipo de problema.

En general creo que el uso de símbolos religiosos es un derecho de los creyentes y una parte de la libertad religiosa que debe de existir, en tanto que esos símbolos no sean agresivos contra la libertad de los otros. Ahora bien, en qué medida afecta esto al uso del velo, por ejemplo. Recuerdo un debate en que me vi metido, hace ya unos años, en Francia sobre esta cuestión. Se acababa de prohibir el uso del velo en las escuelas y una musulmana, muy liberal, me dijo que el uso de esa prenda no sólo establecía una diferencia religiosa sino también una social. No conozco muy bien el islam como para tener una opinión muy formada al respecto. He visto a mujeres veladas haciendo discursos con alto contenido social y realmente de izquierdas, defendiendo la justicia y los derechos humanos. Creo que mientras el uso del velo no sea un símbolo de sumisión debe de ser respetado, pero me temo que este es un debate que debe ser solucionado dentro del ámbito musulmán.

¿Qué papel juega la religión en la estructuración del mundo actual?

Las religiones tienen un papel significativo y lo van a seguir teniendo. Un papel con luces y sombras analizado desde un aspecto social. Todas las fuerzas políticas son conscientes de que la religiosidad es una parte de la cultura humana y que no se la puede combatir ni políticamente ni de otro modo, que la cuestión pasa por integrarla socialmente. La lucha por el cambio social no puede convertirse en la lucha contra la religión, pero tampoco a la inversa. La religión no puede intentar frenar el avance social pues debe vincularse a este proceso. Son evidentes las diferencias que hay entre el Vaticano y la Teología de la Liberación, o lo que significan las corrientes ultraconservadoras protestantes que EEUU está introduciendo en América Latina para frenar los cambios que demanda la sociedad. La religión, por tanto, puede jugar un papel u otro.

Marx no desarrolló una teoría ateísta, pero la religión puede continuar siendo el opio del pueblo o desempeñar un papel positivo en la liberación.

¿Cree que se logró en Cuba el ideal de Fernando Ortiz de crear una sociedad moderna, solidaria y organizada, en la que la ciencia, la tecnología y la cultura estuvieran a la vanguardia?

Creo que sí. Con austeridad y falta de recursos, con contratiempos internos y externos, con aciertos y desaciertos, considero que se logró el ideal de Ortiz.

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