Andrés Mourenza. Estambul
http://noticiasdesdeturquia.blogspot.com/2007/11/el-ltimo-sefard-de-balat-el-peridico.html

Una sola familia descendiente de los judíos expulsados de la península ibérica sigue en el barrio de Estambul donde se instalaron en 1492 “No se puede abandonar la memoria”, dicen.

Un día de finales del siglo XV que probablemente recordaría nublado y triste durante toda su vida, la familia Behar dejó las costas de Levante atendiendo la llamada del sultán Bayaceto II el Justo, quien ofrecía protección a los judíos perseguidos por el catolicismo y expulsados de la península Ibérica en 1492. “Cuando los nuestros se fueron, los españoles perdieron una parte importante de su cultura”, opina Mayir Behar, descendiente de aquellos sefardís que antaño huyeron de Iberia.

Tras atravesar el Mediterráneo en una flota cedida por el Gran Turco, la familia Behar, junto al resto de judíos expulsados por las Coronas de Aragón y Castilla, llegó a la recién conquistada Constantinopla –de la que habían huido los últimos comerciantes catalanes y en la que su embajador, Pere Julià, se batió hasta la muerte en las filas de Bizancio– para ocupar el vacío dejado por los comerciantes de la patria que les había expulsado. Como si de una revancha tramada por el tiempo y los inescrutables laberintos del destino se tratara.

Instalados en el barrio de Balat, a la orilla del Cuerno de Oro, los judíos sefardís formaron una próspera comunidad gracias a su experiencia como financieros, médicos y artesanos. No en vano, Bayaceto II les recibió en el puerto de Estambul sentenciando “aquellos que los envían pierden, yo gano”.

Mayir explica que sus antepasados hablaban tanto judeoespañol como qatalanit (judeocatalán), pero el primero acabó por imponerse en el uso de la comunidad, aunque en el ladino permanecen palabras de origen catalán (kaler, pisar, krosta), gallego, aragonés y asturiano.

El verdulero David

El padre de Mayir, el verdulero David, como le conocen los vecinos en el barrio, regenta un negocio de frutas y verduras, apenas un bajo decorado con un retrato de Atatürk, pero que su familia ha conservado durante 150 años. Él mismo trabaja allí desde hace 60, ayudado por un turco, Erol, cuyos abuelos también hubieron de escapar de la Salónica griega al perder los otomanos la primera guerra mundial.

“¡Qué bello era antes el barrio!”, cuenta el anciano sefardí sobre su juventud con un suave y meloso acento castellano del siglo XV. Balat es ahora un vecindario pobre, cuyas únicas arterias son las calles del mercado y que es objeto de un programa de rehabilitación financiado por el Gobierno turco y la UE y patrocinado por la Unesco. ¿Qué pasó, pues, con el próspero y vitalista barrio hebreo? En 1894, un terremoto destruyó buena parte de los edificios y los judíos más ricos se trasladaron a la otra orilla de la ría estambulí, al barrio de Gálata, donde hoy se encuentra el Rabinato, y luego a los nuevos barrios de Sisli y Nisantasi. Posteriormente, con la fundación del Estado de Israel, muchos sefardís abandonaron Turquía, “algunos por nacionalismo, otros por razones económicas”. Mayir se encoge de hombros. A nadie se le escapa que también influyó la aprobación de un impuesto de inspiración fascista en 1942 que gravó con tremendas tasas la riqueza de las minorías y acabó con muchos judíos en campos de trabajo.

Pero hoy la mayoría de los judíos de Estambul, cuya comunidad está bien colocada junto a la élite turca e incluso algunos de sus miembros participaron en el pogromo nacionalista contra los griegos de 1955, rehuye hacer demasiadas críticas. No es de esta clase alta la familia Behar, los últimos habitantes judíos de Balat. “Hace unos años murió uno de los pocos judíos que quedaban, y la otra familia que hay solo viene de vez en cuando a cuidar la sinagoga”, relata Mayir. De las anteriormente frecuentadas diez sinagogas, apenas dos quedan en uso y no se utilizan a menudo por la tradición hebrea que exige la presencia de diez familias judías en torno a un templo para que este sea utilizado con fines litúrgicos.

“Uno de los nuestros”

“¡Qué judío ni que judío! –exclama Erol en referencia a David–. Aquí todos le conocemos, es uno de los nuestros”. Los Behar viven a gusto en su barrio, rodeados de inmigrantes turcos de la empobrecida región del Mar Negro. “Aquí cada uno viene de un lugar diferente y no hay una cultura de gueto, como en América o Inglaterra. Las minorías vivimos sin problemas”, describe Mayir, quien asegura que nunca dejarán su pequeño terruño: “Mi padre no puede abandonar este lugar. Aquí están todos sus recuerdos, aquí enterró a su padre y a su hermano. No se puede abandonar la memoria”.

Mayir, con su gastada americana parda de cuadros de la que sobresalen los cuellos de una camisa amarillenta, tiene la piel y el cabello ralo de un color claro y deslavado, que parece fundirse con el tono ceniciento de las piedras de Balat hasta desaparecer. Todo se diluye, menos sus ojos, del mismo azul turquesa de la pintura que cubre los muros de la verdulería de su padre. Del mismo azul mediterráneo del mar que hace más de 500 años surcaron sus antepasados.

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