Antonio Cuesta. Estambul

La iniciativa militar de Ankara contra las bases del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en el norte de Iraq es sólo la parte visible de un problema que abarca otras cuestiones cruciales para el futuro de la zona.

Analizando la avalancha de artículos publicados en estos días con motivo de la iniciativa militar de Turquía contra el norte de Iraq, resulta sorprendente que la mayoría de ellos se deslicen simplemente entre la propaganda militar y las declaraciones públicas de los líderes políticos turcos y kurdos. Adoptando muchos de ellos una actitud veladamente complaciente con los Estados Unidos, como si éstos quisieran garantizar los derechos históricamente negados al pueblo kurdo.

Turquía lleva más de dos décadas enfrentando el desafío armado del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), pero ni los ataques en el pasado contra el norte de Iraq -con la connivencia de Sadam Husein y las fuerzas “aliadas” angloestadounidenses- ni los actuales van a otorgarle una victoria militar que acabe con el denominado problema kurdo. Por su parte, EEUU no ha dudado en usar a los kurdos para su propio interés. Los abandonó tras la primera guerra del golfo, pese a ser el instigador para que se rebelaran contra Sadam; los armó en 2003 para abrir un frente de guerra en su campaña de invasión, tras la negativa turca de permitir el paso de tropas terrestres por su territorio; y los ha utilizado desde entonces para legitimar la ocupación de Iraq. Por el momento siguen siendo prácticos para desestabilizar a Irán, por eso proporciona armas a la guerrilla kurdo-iraní, y posiblemente puedan jugar un papel necesario en el caso de que se produzca la retirada militar estadounidense del país árabe.

Sin embargo, como señala Nazanin Amirian, de llevarse a cabo esta última posibilidad podría despertarse el monstruo de la “limpieza étnica” en el propio Iraq. Alrededor de tres millones de kurdos, árabes y turcomanos que están esparcidos por el territorio del país tendrían que regresar a las ciudades que les “correspondiera” por las buenas o por las malas. La partición en zonas étnicas es un plan al que se oponen frontalmente tanto Turquía como Arabia Saudí, los dos principales aliados de EEUU en la región tras Israel. Ankara no desea bajo ningún concepto ver un estado kurdo independiente, y Riyadh advierte de que “comunidad autónoma” chiita creada en el sur de Iraq caería bajo la influencia de los rivales iraníes.

Hasta el momento los bombardeos del ejército turco contra aldeas del norte de Iraq no difieren de las llevadas a cabo en épocas no tan lejanas. A partir del próximo 5 de noviembre, fecha en la que se reunirán el primer ministro turco y George Bush en Washington, es probable que se autoricen “acciones moderadas” contra las bases guerrilleras del PKK en el norte de Iraq. Las autoridades de la región autónoma ya han advertido que se opondrán a cualquier invasión de su territorio, el gobierno turco amenazó con actuar unilateralmente, pero ¿quién duda de que serán los EEUU los que dicten hasta dónde pueden llegar unos y otros?

Por supuesto que a Turquía le gustaría tener en sus manos el norte de Iraq y, sobre todo, la zona de Kirkuk que cuenta con un tercio de la producción actual de petróleo de Iraq. Esta es una reivindicación que Ankara lleva haciendo desde la fundación de la República, basándose en la existencia de una minoría turcomana, pero su importancia económica es tal que ni siquiera los EEUU han cedido su gestión al gobierno autónomo kurdo pese a encontrarse en su territorio.

Sin embargo, tal posibilidad está muy lejos de concretarse pues ni siquiera en 2003, cuando EEUU ofrecieron a Turquía participar en la invasión a cambio del control de la zona norte de Iraq, el gobierno de Ankara vio posibilidades reales de manejar el Kurdistán iraquí. Sin lugar a dudas el pragmático primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, fue más lúcido que sus aliados al prever el fracaso de la invasión, pero en aquel momento su decisión la disfrazó bajo el manto del respeto a la mayoritaria opinión de sus ciudadanos contra la guerra. Lo cual no evitó una autorización secreta a EEUU para que usara la base aérea de Incirlik, al sur de Turquía, en los bombardeos contra el país árabe y posteriormente para el abastecimiento del ejército de ocupación.

La alianza con el Imperio

Turquía busca cierta independencia de EEUU, pero todavía no parece llegado el momento de poder lograrla. La incontinencia verbal del gobierno turco debe ser analizada más en clave interna, y ni siquiera el ultranacionalista y belicoso Estado Mayor del Ejército -al frente del cual se halla el prosionista general Yasar Büyükanit- tiene capacidad para desobedecer las órdenes de Washington.

Las Fuerzas Armadas Turcas (TSK) es un cliente preferente del material bélico estadounidense y dependen totalmente de la renovación tecnológica que Israel está llevando a cabo con sus aviones de combate y sus tanques, fruto de un multimillonario acuerdo [1]. En 1996 Turquía aprobó un plan de modernización de las TSK, con un presupuesto previsto de 150 mil millones de dólares (USD) para un plazo de 30 años, encaminado fundamentalmente a la adquisición de material de alta tecnología. Su alianza estratégica con los EEUU ha permitido a los mandos militares turcos unas relaciones privilegiadas con el Pentágono y el acceso a determinadas armas que sólo se transfieren a aliados muy especiales.

Como actor empresarial las TSK funcionan como un cártel, libre de impuestos y con beneficios sociales que disfrutan en exclusiva. A través del OYAK (Organismo del Fondo de Pensiones de las TSK) el ejército realiza actividades económicas tanto de producción como de comercialización o distribución en campos tan diversos como la fabricación de coches, el cemento, los productos agroalimentarios, el turismo, los seguros, la banca, la construcción inmobiliaria o la alta tecnología. Una red de más de 60 empresas, muchas de las cuales están presentes en el norte de Iraq realizando lo que se ha dado en llamar los negocios de la “reconstrucción”.

Alrededor de 1.100 empresas turcas se encuentran actualmente operando en territorio iraquí, con un volumen de negocio superior a los 5 mil millones de dólares, y que acaparan desde 2003 el 90% de las concesiones otorgadas por la administración autónoma del Kurdistán.

La cuestión energética y los vínculos con Israel

Ankara recela de EEUU y le acusa de ignorar sus peticiones sobre el futuro de Iraq y de presionar para que abandone sus importantes negocios energéticos con Irán. En efecto, el norte de Iraq es de facto un estado independiente y el pasado 22 de marzo Washington firmó un acuerdo con Azerbaiyán por el que, bajo la pantalla de la seguridad energética regional, trata de obstaculizar las exportaciones de gas y petróleo iraníes y rusas, los dos fuentes principales de Turquía.

La posición geoestratégica de Turquía entre Asia central e Irán, por un lado, y Europa, por el otro, no agrada a Washington que trata de mantener un embargo económico contra el país persa. Pero Ankara apuesta por un papel de “puente energético”, como elemento de presión en su camino de adhesión a la Unión Europea (UE), llevando a cabo importantes inversiones en este terreno. En este sentido, el desafío de intervenir en Iraq sólo busca una mayor independencia con respecto a EEUU.

Con sus amenazas belicistas, Erdogan se ha situado en un punto muy peligroso que podría incluso llevar a la UE a congelar las negociaciones de ingreso de Turquía. Un serio motivo de preocupación para los poderosos empresarios musulmanes que le han ayudado a alcanzar el gobierno, y que no están dispuestos a retornar al lúgubre panorama de la década de los 90 en el que predominaba la violencia (para)militar, la corrupción vinculada al terrorismo de estado, y una grave crisis económica y financiera.

Los empresarios turcos necesitan un clima de estabilidad en la región para ampliar sus inversiones y poder presentar una imagen de modernidad y de progreso ante la UE, cuyo mercado es su principal objetivo. Pero tampoco hay que olvidar los importantes vínculos económicos con Israel. A fines de 2006 Turquía anunció una propuesta de gran alcance relativa a la construcción de cuatro canales de abastecimiento para hacer llegar agua, electricidad, petróleo y gas natural hasta Israel. El acueducto Ceyhan-Ashkelon proporcionaría al estado judío 50 millones de metros cúbicos de agua al año durante un período de 20 años. Igualmente se presentó en febrero de este año un proyecto de la Unión de Cámaras de Comercio y Bolsas de Turquía (TOBB) para revitalizar la Zona Franca Industrial de Erez en Gaza. Esta “isla económica”, conectada sin trabas ni interrupciones a los mercados mundiales bajo gestión de Turquía, es una pieza más del plan global proyectado para facilitar la comercialización y las inversiones del capital israelí, ante las dificultades que tiene en la región. Sobre estas cuestiones poco se ha vuelto a publicar, pero Israel es la pieza más importante del imperialismo en la región y EEUU no permitirá de ningún modo que se amenace su estabilidad.

Tampoco se puede pasar por alto el ataque aéreo israelí del pasado 6 de septiembre contra territorio sirio, según los agresores para acabar con un incipiente reactor nuclear. Según el periódico kuwaití Al Jareeda fueron los servicios de inteligencia turcos quienes facilitaron la información sobre los blancos a destruir por la aviación israelí, permitiendo para la operación el uso del espacio aéreo de Turquía. Con posterioridad, y ante el hallazgo en territorio turco de varios tanques de combustible desechados por los cazas israelíes, el gobierno de Tel Aviv ofreció sus disculpas pues “no hubo intención de atentar o cuestionar la soberanía turca, la cual respetamos”. La declaración del primer ministro de Israel, Ehud Olmert, recogida en algunos medios de prensa el pasado 28 de octubre, ofrecía sus excusas por el uso del espacio aéreo turco pero contenían una buena dosis de cinismo pues, de acuerdo con el tratado que en materia de defensa tienen ambos países se posibilita, entre otras cosas, el que las fuerzas aéreas sionistas hagan uso del espacio aéreo turco.

El resultado es que todas las medidas que está tomando el gobierno de Erdogan únicamente buscan minar a las autoridades locales kurdas del norte de Iraq. Tanto las medidas de embargo económico, como la cancelación de vuelos con Erbil, o el posible cierre fronterizo del paso de Habur, persiguen ese objetivo. Pero como contrapartida, Ankara a ofrecido veladamente una ruta alternativa a los EEUU a través de Siria, utilizando el paso de Akçakale. La razón es que por Habur entra aproximadamente el 25% del aprovisionamiento del ejército norteamericano desplegado en Iraq. Por supuesto no hay ni sombra de amenaza con cerrar Incirlik, desde donde las tropas de ocupación reciben vía aérea un 60% de sus suministros, pues esta base es vital para los futuros planes bélicos contra Irán por parte de EEUU e Israel.Por todo ello habrá que estar atentos a los siguientes capítulos del pulso que aún mantendrán EEUU y Turquía bajo la apariencia de una crisis en el Kurdistán.

Nota:

[1] Para hacerse una idea de lo que significa este acuerdo baste recordar que los contratos suscritos para la modernización de los aviones y la puesta en marcha de un proyecto común de desarrollo de misiles, alcanzó la cifra de 800 millones USD, mientras que el volumen total de las exportaciones de la industria bélica israelí era, por aquel entonces, de 600 millones. Con posterioridad, en septiembre de 2002, el gobierno turco anunció la modernización de 170 carros de combate M-60 por empresas israelíes con un presupuesto inicial de 3.000 millones USD.

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