Ankara amenaza con intervenir en el norte de Iraq

Antonio Cuesta. Estambul

Los ataques de los últimos días de la guerrilla kurda contra unidades del ejército turco, han reavivado la vena nacionalista y extremista de la clase política en Turquía. La respuesta más contundente ha venido desde el propio gobierno, que el lunes acordó la posibilidad de que las fuerzas armadas penetren en territorio iraquí para atacar las bases que el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) tiene en la zona norte del país árabe.

Esta autorización tendría una vigencia de un año y será aprobada con toda seguridad a lo largo de esta semana por el Parlamento, gracias a la mayoría con la que cuenta el gubernamental Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), demócrata-musulmán, y al apoyo que recibirá por parte de los partidos nacionalistas con representación en la cámara.

Únicamente los diputados independientes kurdos se oponen a esta medida por cuanto, lejos de solucionar el conflicto abierto que vive el país desde los años 80, sólo servirá para agravar y aumentar la violencia a un lado y al otro de la frontera.

La medida, además, ha desatado las alarmas en Washington y en Bagdad. Ayer mismo el vicepresidente iraquí, Tariq al Hashimi, se desplazó hasta Ankara para tratar de llegar a un acuerdo sobre la cuestión, mientras desde la administración norteamericana se amenazaba con enfriar las relaciones bilaterales entre EEUU y Turquía.

El doble juego del AKP

El partido del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, (AKP) es hasta hoy un fiel aliado de los Estados Unidos. Pero su posición no está exenta de problemas en el interior del país, viéndose sometido a numerosas presiones que trata de sortear mediante un doble juego que por el momento le ha dado buenos resultados.

Un ejemplo de ello se vivió en 2003, cuando el gobierno de Erdogan no permitió a los EEUU que utilizase territorio turco para una incursión terrestre contra Iraq, mientras silenciaba que desde la base aérea de Incirlik, en el sur del país, se organizaran los bombardeos del país árabe. Según reconoció Robert Pearson, ex Embajador estadounidense en Ankara, Turquía abrió su espacio aéreo y permitió más de cuatro mil misiones durante la invasión iraquí. De ese modo el gobierno turco burló la amplia oposición popular a la guerra en un país de mayoría musulmana.

Con el gesto actual el AKP quiere matar varios pájaros de un tiro. Por una parte acalla la efervescencia ultranacionalista del ejército y la oposición parlamentaria, excepción hecha del grupo prokurdo. Por otra presiona a los Estados Unidos para que se involucre en su “guerra contra el terrorismo” y combata desde territorio iraquí a los rebeldes kurdos. Para negociar sobre este extremo, Erdogan cuenta con algunos meses de plazo, hasta la primavera. Pues aunque el Parlamento apruebe esta semana un permiso para llevar la guerra contra los kurdos más allá de su frontera, la inminente llegada del invierno no permitirá el desarrollo de una operación terrestre en el país vecino.

Pero además está por medio la propuesta de condena del denominado “genocidio armenio” que se debatirá y votará próximamente en la cámara de representantes de los EEUU. Para Ankara ésta es una cuestión de Estado y, en este sentido, la autorización al estamento militar para penetrar en Iraq también es un elemento de presión que deberán de tener en cuenta el gobierno de Washington y los congresistas norteamericanos.

Para los nacionalistas turcos, la masacre perpetrada contra los armenios en 1915 es una cuestión tabú. Y cualquier persona que use el término genocidio puede dar por seguro que será amenazada, procesada y puede que hasta encarcelada.

Ankara considera que su “aliado” no ayuda para favorecer su entrada en la Unión Europea (UE), hace caso omiso de sus peticiones sobre el futuro de Iraq y encima le presiona para que abandone sus importantes negocios energéticos con Irán. En efecto, las negociaciones para el ingreso en la UE se encuentran en un punto muerto, el norte de Iraq es de facto un estado independiente y el pasado 22 de marzo Washington firmó un acuerdo con Azerbayán por el que, bajo la justificación de un diálogo sobre la seguridad energética de la región, se persigue el objetivo de obstaculizar las exportaciones de gas y petróleo de Irán y Rusia, los dos principales suministradores de Turquía.

Intereses enfrentados

Turquía cuenta con elementos de presión a su favor, aunque a la vez es consciente de que a partir de cierto nivel las cosas se le pueden volver en su contra.

La posibilidad de importantes enfrentamientos armados en el norte de Iraq, la única zona relativamente “tranquila” del país invadido, trae de cabeza a los norteamericanos. Pero podría ser poca cosa si el gobierno de Ankara decide cerrar el paso fronterizo de Habur, por donde entra el 25% del abastecimiento del ejército estadounidense; o llegado el caso la base de Incirlik, un importante punto neurálgico no sólo para el control militar de Iraq (desde ahí se introduce el 60% del aprovisionamiento del contingente de ocupación) sino también para los futuros planes bélicos contra Irán. Esta amenaza de cerrar Incirlik es contemplada no sólo por el gobierno, pues desde el ultraderechista Partido de Acción Nacionalista (MHP) hasta el sindicato THI, que cuenta con más de mil afiliados entre los trabajadores de la base, mostraron ayer su apoyo a la medida.

El tono anti-americano de esta campaña es evidente y, a la vez, marcadamente populista. Deniz Baykal, líder del nacionalista Partido Republicano del Pueblo (CHP), acusó a los EEUU de usar al PKK para partir Turquía. Y el máximo dirigente del MHP, Devlet Bahceli, pidió un referéndum popular para llevar a cabo una invasión sobre el norte de Iraq.

Por su parte, los generales turcos no desean tanto acabar con el PKK como impedir que se desarrolle un estado kurdo independiente en el norte de Iraq, pues ello podría ser un pésimo ejemplo para sus hermanos de Turquía. Aún a riesgo de perder la confianza del Pentágono y su puesto de socio preferente, el alto mando lleva meses pidiendo al gobierno y al Parlamento manos libres para actuar, pese a que ello pueda generar una crisis regional de impredecibles consecuencias.

El gobierno de Washington tratará ahora de disuadir a Turquía de que intervenga en Iraq. Pero no ha tenido ningún problema en armar a los rebeldes kurdos primero contra Sadam Hussein en 2003, ante la negativa turca de permitir el paso de tropas terrestres, y más recientemente al PJAK, una organización kurda iraní cercana al PKK, para desestabilizar el régimen de Teherán. En el norte de Iraq existe un floreciente mercado negro de armas estadounidenses.

Los corruptos líderes kurdos iraquíes son uno de los principales apoyos de la ocupación norteamericana en el país árabe. Estos dirigentes ven también con preocupación las consecuencias económicas y también políticas que podría tener una eventual intervención armada a gran escala en el feudo que regentan. La relativa estabilidad del norte de Iraq podría venirse abajo, y con ella las expectativas de negocio, en un momento en que la extracción de petróleo aún no alcanzó la rentabilidad esperada y donde los negocios de la reconstrucción están lejos de alcanzar su máximo rendimiento. Además el gobierno autónomo teme enfrentarse al PKK debido al gran apoyo con el que cuenta entre la población.

Sin embargo, tienen en su mano la posibilidad de cancelar todos los contratos de las 1.100 empresas turcas que operan en su territorio y que cuentan con un volumen de negocio superior a los 5 mil millones de dólares (USD). Estas empresas se han hecho desde 2003 con el 90% de las concesiones otorgadas por la administración local, emplean a unos 15 mil trabajadores y están inmersas tanto en el negocio del petróleo como en la construcción de obras civiles. Entre estas, destacan por su importe la construcción del aeropuerto de Arbil, 480 millones USD, la Universidad de Süleymaniye, 250 millones USD, y el mausoleo del presidente de la región autónoma, Masoud Barzani, 50 millones USD.

Ausencia de sensatez

Ankara está tratando de moverse con independencia de los intereses de EEUU. Su posición geoestratégica entre Asia central e Irán, por un lado, y Europa, por el otro, no agrada a Washington que trata a toda costa de mantener un embargo económico contra el país persa. Sin embargo, Turquía quiere jugar la carta de “puente energético” en su camino de adhesión a la UE, llevando a cabo importantes inversiones que la conviertan en una potencia regional. En este sentido, la amenaza de una supuesta intervención en Iraq puede darle una mayor autonomía con respecto a EEUU o puede llevar al país al desastre.

Erdogan y sus aprendices de brujo, no parecen prestar más atención que a sus propios planes. Mientras, algunos de sus valedores -importantes grupos económicos de empresarios musulmanes- ya han manifestado veladamente su oposición a la iniciativa parlamentaria. La sombra de lo que ocurrió en la década de los 90 planea (recrudecimiento del conflicto kurdo, aumento de la violación de los derechos humanos en el país, crisis política y quiebra financiera del Estado, etc.) y muchos de los votantes que apoyaron el AKP, como contrapeso democrático a los delirios belicistas del ejército, ven ahora el futuro con preocupación.

En medio de todo esto, el único atisbo de sensatez lo ha puesto el Partido de la Sociedad Democrática (DTP), prokurdo, al asegurar que los diputados independientes votarán contra la resolución parlamentaria pues sólo el acercamiento político, y no la guerra, pondrá fin al conflicto armado que viven kurdos y turcos. Para el portavoz del grupo y diputado por Diyarbakir, Selahattin Demirtas, “sólo un proceso de diálogo puede conseguir el abandono de las armas de quienes están luchando, el problema kurdo no terminará con más violencia”.

Demirtas lamentó que mientras sus propuestas buscan la aplicación de medidas sociales, políticas y económicas para acabar con la violencia, el resto de las formaciones políticas apoyen propuestas militares. Una operación transfronteriza, añadió, sólo conducirá al caos de Turquía y de Oriente Medio.

Otro de los diputados por Diyarbakir, Akin Birdal, denunció que una operación militar contra Iraq sería una violación del derecho internacional y atentaría contra la estabilidad regional. “Si el Parlamento es el lugar para solucionar problemas por la vía del diálogo, una apuesta por la fuerza sólo empeoraría la situación y nos conduciría a un callejón sin salida”, aseguró.

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