Andrés Mourenza. Estambul
http://noticiasdesdeturquia.blogspot.com/2007/10/el-ramadn-en-turqua.html

Se nota que estamos en Ramadán. Su llegada se dilucida a través de la observación del noveno cuarto creciente lunar del año, aunque en Estambul es mucho más fácil darse cuenta de la llegada del mes santo musulmán gracias al anuncio de Coca-Cola, a la tradicional subida de precios y al ambiente festivo y familiar que reina en los hogares y en la publicidad.

El ayuno en Ramadán –que incluye comida, bebida, tabaco y sexo– es una obligación para los creyentes, pero está muy lejos de ser cumplido por los turcos: algunos empiezan pero lo dejan a mitad de la primera semana, otros ni se lo plantean y otros lo cumplen a rajatabla. Por eso, no es de extrañar que hasta al pío presidente Gül se le olvidase el mes en el que estaba y delante de las cámaras de televisión se llevara a la boca un vaso de agua. Tras darse cuenta de su error, dijo contrariado a los presentes: “¿Por qué no me habéis avisado? Estaba ayunando”.

Lo que sí es obligado es el iftar, la comida de ruptura del ayuno a la puesta del sol, ya que estas cenas a menudo pantagruélicas son importantes citas familiares incluso para los que no ayunan. Ese, el ocaso, es el momento en el que se percibe con más fuerza el Ramadán en Estambul, por las calles casi desiertas y en un silencio solo turbado por el entrechocar de cucharas y tenedores. La iluminación festiva de las mezquitas alumbra como luciérnagas la muerte del día que, con destellos rosas y dorados, se convierte en noche sobre minaretes y parabólicas.

En los barrios más tradicionales (Sultanahmet, Fatih, Üsküdar), el Ramadán toma la calle con ferias coloristas y ruidosas que se alargan hasta el amanecer, cuando los tamborileros –gente sin trabajo que llega del paupérrimo sureste a las grandes ciudades– anuncian con estruendo el sahur, el potente desayuno antes de la nueva jornada de abstinencia. Estambul está empeñado en recuperar los ramadanes de antaño, mientras otras ciudades se esfuerzan por eliminarlos, como Adana, que ha decidido prohibir los tamborileros: “No estamos contra las tradiciones, sino contra la contaminación acústica. La tecnología se ha desarrollado. Así que el que quiera se puede despertar con la alarma del reloj”, sentenció el alcalde, Aytaç Durak.

El Ramadán es, en esencia, un tiempo de recogimiento y eso lo sabe también la prensa rosa, que rebaja el contenido sensacionalista (y sexual) de su programación. Por eso es también cuando se hacen más operaciones de cirugía estética: las famosas turcas aprovechan el parón para aumentarse los pechos.

Pero, como todas las historias, la del Ramadán turco tiene su parte triste. Como la Navidad, el Ramadán saca de la gente su bondad y generosidad momentáneas. Cada distrito de Estambul ofrece cenas de iftar gratuitas a los necesitados para que nadie pase el Ramadán en penuria. El problema es cuando termina la limosna pública. Ahmet, un obrero con mujer y dos hijos a quien su salario de 300 euros no le da para subsistir y que debe acudir al reparto de comida, se quejó al diario Vatan: “Nosotros ayunamos durante 11 meses; en Ramadán, gracias a la beneficencia, nos hinchamos a comer”.

Anuncios