Antonio Cuesta. Estambul

Turquía despertó hoy conmocionada por el asesinato de tres personas de una editorial cristiana en la ciudad de Malatya, mientras toda la prensa mundial fija sus ojos en el país tratando de entender lo sucedido.

El crimen, cometido en el este del país, disparó las alarmas sobre lo que Occidente considera un golpe islamista y en el país se interpreta como un resurgir violento de grupos ultranacionalistas.

El Gobierno turco se apresuró a condenar el brutal asesinato, mientras que los periódicos locales no dudaron en relacionarlo con otras muertes como la del sacerdote italiano Andrea Santoro, en febrero de 2006, y más recientemente la del periodista turco de origen armenio Hrant Dink.

La policía detuvo hasta el momento a diez personas que responden al mismo perfil de asesinos: jóvenes manipulados, que son inducidos a cometer esos actos por personas en la sombra.

“Los jóvenes capturados por la Policía sólo eran ‘robots’, lo que implica que hay otras fuerzas detrás del asesinato”, aseguró el diario Vatan.

Todos los medios denunciaron el múltiple asesinato como un crimen político y sólo tangencialmente religioso, y culparon del mismo a los que en Turquía se denominan islamo-nacionalistas.

No son realmente musulmanes, pero adoptan el Islam como un componente de la identidad turca más que como una religión que practicar y odian tanto a las minorías no musulmanas como a las no turcas que sí lo son, como es el caso de los kurdos.

Para este sector lo que dice el Corán y la tradición islámica sobre el cristianismo no debe ser tenido en cuenta, pues su credo nacionalista les dice que estas minorias son infiltrados de Occidente que quieren acabar con Turquía.

Uno de las ramas de este movimiento está representada por el grupo ultraderechista “Lobos Grises”, culpables de miles de asesinatos durante las últimas décadas en el país y refugio de criminales como Ali Agca, el hombre que intentó matar al Papa Juan Pablo II, o quienes asesinaron a Hrant Dink.

“Lo hicimos por la patria” o “nuestro país y nuestra religión estaban amenazados”, aseguraron algunos de los detenidos durante el interrogatorio con la policía en el día de ayer.

“El asesinato en Malatya es el resultado de un odio creciente, de los esfuerzos por silenciar el asesinato de Hrant Dink y de los intentos de acabar con las elecciones presidenciales mediante medios ilegales”, aseguró Cengiz Çandar, del rotativo Referans.

Pero estas actividades violentas, están justificadas e incluso alentadas por las declaraciones de ciertos políticos que incluyen a buena parte del espectro ideológico con representación parlamentaria.

Como recordó Ertugrul Ozkok, editor jefe del periódico Hurriyet, muchos diarios liberales, televisiones locales y políticos socialdemócratas, han criticado violentamente a los cristianos por sus “actividades misioneras” y han acusado al Gobierno de pasividad ante las mismas.

En efecto, los ultranacionalistas mantienen estrechos contactos con un importante sector político que defiende un laicismo a ultranza, se reivindica como “kemalista”, y movilizó a más de 300 mil personas el pasado sábado en Ankara contra las aspiraciones presidenciales del actual primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

Pero incluso desde el propio gobierno también se ataca a esas minorías, como sucedió el mismo miércoles en que Niyazi Guney, miembro del ejecutivo, afirmó que “las actividades misioneras son más peligrosas que el terrorismo”.

Y ayer la denominada “Gran Unión de Abogados” de Turquía denunció en un juzgado de Estambul a tres turcos convertidos al cristianismo también por realizar acciones de proselitismo.

Ahora, además de desentrañar el crimen cometido, las autoridades están investigando si la editorial cristiana cumplía con las leyes nacionales, que impiden a los grupos religiosos hacer proselitismo fuera de sus lugares de culto.

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