La prensa occidental aprovecha el golpe para marginar al país

Antonio Cuesta. Estambul

El pasado viernes un pistolero acababa con la vida del periodista de origen armenio Hrant Dink, director del diario Agos. En pocas horas varios partidos políticos y organizaciones de izquierda consiguieron congregar a más de diez mil personas en una manifestación que recorrió el centro de la ciudad de Estambul, y en la que se pudieron escuchar muchas consignas contra el fascismo y contra el imperialismo.

Esa fue la primera respuesta contra los asesinos y, pese a que en ese momento aún no se conocía la identidad de los mismos, desde la izquierda no había duda que el atentado provenía de la extrema derecha, que usa la violencia para desestabilizar la marcha del país y dar con ello la razón a los sectores más reaccionarios de Europa en el sentido de que Turquía no es un país de fiar.

En declaraciones a Prensa Latina Erdem Tuç, dirigente del Frente Patriótico (una plataforma antiimperialista que se opone por igual a la UE y a la OTAN), aseguró que el periodista asesinado era un hombre honesto, progresista y defensor de las minorías en el país. Un incansable mediador, y dispuesto a establecer cuantos puentes fueran necesarios para que los distintos pueblos que habitan en Turquía puedan hacerlo en paz. Su discurso era bien recibido desde todos los sectores sociales y políticos del país, con la sola excepción de los ultranacionalistas (laicos y con una ideología profascista) y los más conservadores de la comunidad armenia.

Durante el fin de semana se sucedieron las detenciones, y enseguida se comprobó que tanto el principal sospechoso como los posibles inductores y facilitadores del asesinato provenían, en efecto, de grupos de extrema derecha. Pese a ello, la prensa en general y las autoridades callaban sobre este extremo, aunque diversos comentaristas políticos comenzaban a referirse a ello.

El martes una multitudinaria manifestación despidió en Estambul al periodista asesinado. Fueron más de 100 mil personas, algunos medios llegaron hasta las 250 mil, las que acompañaron al cortejo fúnebre durante 8 kilómetros. La distancia que separa la sede del diario Agos de la iglesia armenia donde fue oficiado el funeral.

Aunque el gobierno había animado a participar, ningún miembro destacado del mismo asistió a la misma, y tampoco fue una marcha silenciosa como pretendían las autoridades, pues durante todo el recorrido pudieron oírse muchos lemas como “todos somos Hrant Dink”, “todos somos armenios”, así como constantes referencias a las leyes que limitan la libertad de expresión en Turquía y que llevaron al redactor asesinado a convertirse en objetivo de los fascistas. Y por supuesto volvieron a repetirse las acusaciones contra estos grupos.

Muchísimos partidos, y también asociaciones y organizaciones de las comunidades kurdas y armenias, se encontraron en un acto como hacía muchos años no se daban en Turquía: muy numeroso, y a la vez repleto de consignas, gritos, palmas, y lemas reivindicativos.

Incluso las autoridades del país invitaron para esta ceremonia a personalidades de la diáspora armenia y de la República de Armenia, pese a no mantener relaciones diplomáticas ambos estados.

Sin motivación política

Mientras tanto, el jefe de la policía de Estambul, Celalettin Cerrah, aseguraba a la prensa de que no existía ninguna motivación política ni organización tras el asesinato del periodista. Sin embargo tras las primeras investigaciones ya estaba claro de que el principal sospechoso y algunos otros detenidos, entre ellos el probable inductor del crimen Yasin Hayal, estarían ligados a una organización de extrema derecha denominada “el Hogar de Alperen”.

Precisamente este último amenazó el miércoles al escritor, y reciente premio Nobel, Orhan Pamuk mientras era conducido por la policía al Tribunal Penal de Estambul.

Además según la documentación incautada, también existirían estrechas relaciones entre ese grupo y el Partido de la Gran Unidad (BBP, por sus siglas en turco), de ideología fascista, y del que procede la organización paramilitar de los “Lobos Grises”.

Estas y otras evidencias ponen de manifiesto, según muchos analistas políticos, los vínculos ocultos entre este partido y determinados sectores del Estado, explicándose de ese modo las vagas declaraciones policiales, las contradictorias afirmaciones del líder del BBP y las tentativas para proteger a éste mediaticamente.

Durante días, los medios de comunicación de Turquía han estado alimentando una imagen del principal sospechoso en la que no aparecían ni las motivaciones del crimen cometido ni sus vínculos con el grupo de los “Lobos Grises”. Esta organización, responsable de miles de muertes desde hace años, siempre contó con una velada protección desde altas instituciones del Estado y por lo que se ve continúa disfrutando de ella.

Y desde la prensa europea, si por despiste se citaba al BBP era para definirlo como un grupo islamista radical de carácter integrista. Cualquier otra apreciación quedaba fuera del estrecho modelo creado para Turquía que se resume en ser un país musulmán, dirigido por una legislación cuasi-dictatorial, y tutelado por un ejército laico dispuesto a dar un Golpe de Estado ante el mínimo desacuerdo.

Un represivo código penal

Y la realidad es bastante más compleja y enrevesada de como lo presentan los medios occidentales. Y las consecuencias de este asesinato aún están por verse. Por lo pronto, ayer la prensa del país recogía las declaraciones del ministro de Relaciones Exteriores, Abdullah Gül, en las que mostraba la disposición de Ankara para reformar el polémico artículo 301 del código penal. Cuestionado desde su aprobación, en junio de 2005, este epígrafe establece penas de cárcel de hasta tres años por “denigrar públicamente la identidad nacional turca”.

Por ese motivo fue condenado Hrant Dink, el periodista de origen armenio recientemente asesinado en Estambul, y su persona se convirtió en objetivo para los sectores más ultranacionalistas del país.

Un día después del multitudinario entierro de Dink, muchos en Turquía comenzaron a cuestionar la modificación o derogación de ese apartado del código penal, y miles durante la marcha portaban carteles en los que se podía leer “301 asesino”.

Incluso el canciller turco llegó a asegurar que el gobierno veía problemas en la actual redacción del artículo y que por ello consideraban la necesidad de cambiarlo, para lo cual hablarían con las asociaciones de periodistas, de abogados y de derechos humanos.

Sin embargo, el periódico Radikal llamó la atención sobre el hecho de que mientras Gül realizaba tales afirmaciones, el ministro de Justicia, Cemil Çiçek, rehusó hacer comentarios a la prensa sobre ese extremo, lo que llevó al rotativo a afirmar que “las promesas no son suficiente”.

En el mismo sentido se expresó el columnista del diario Referans, Cengiz Çandar, al recordar que en junio del pasado año, el canciller ya realizó unas declaraciones similares, por lo que su repetición no pasaba de ser decepcionante.

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