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Turquí­a-Armenia: polí­tica y memoria

Antonio Hermosa. El Mercurio Digital

Ante la interesada mirada de los primeros espadas de la diplomacia europea, rusa y estadounidense, el pasado día diez las largas y secretas negociaciones entre Armenia y Turquía, llevadas a cabo bajo la eficaz mediación suiza, se concretaban en un acuerdo en Zurich. Los ministros de asuntos exteriores de ambos países firmaban sendos Protocolos que les comprometían al establecimiento de relaciones diplomáticas y al fomento de los intercambios bilaterales.

A falta de su ratificación por los respectivos parlamentos, la reapertura de las fronteras quizá sea la primera manifestación visible del acuerdo, pero el capital simbólico condensado en la firma es, sin parangón posible, muy superior; una vez concluido el proceso estaremos ante un hecho al que cómodamente se le podrá calificar de histórico, una palabra, se sabe, cuyo uso es casi siempre exagerado y casi nunca inocente cuando se la emplea bien.

El hecho, como no podía ser menos, ha tenido reacciones tanto positivas cuanto negativas, y ello en cada una de las partes. Por otro lado, la virulencia de las reacciones negativas se halla directamente vinculada a su carácter simbólico antes aludido. Entre los agentes de las primeras están sus beneficiarios materiales directos, es decir, la población fronteriza, que ve en el aumento de los intercambios comerciales el maná que revigorice una economía en ruinas. También han dado su sí, especialmente en el lado turco, quienes saben de los beneficios espirituales reportados por el reconocimiento de la verdad en su relación con los hechos históricos y tienen el valor de enarbolarla, declarándose así partidarios suyos: los que abogan por que de una vez por todas Turquía reconozca el genocidio cometido en 1915 contra el pueblo armenio. Una verdad por la que en dicho país aún se condena en los tribunales a sus apóstoles.

Intransigentes a favor del no, en cambio, hacen campaña, del lado armenio, quienes creen que el aire, cuando cruza la frontera en una u otra dirección, va siempre cargado de olvido, y que de tanto ir a esa fuente llegará un día en que el cántaro de la memoria se habrá roto irreparablemente; y del lado turco, quienes temen que la suerte actual de Nagorno-Karabaj, enclave armenio en territorio azerí y del que exigen la retirada al ocupante, merced a los acuerdos estipulados pase a ser su suerte definitiva, rompiendo la ecuación de la alianza histórica entre Azerbaiyán y Turquía, que resumen en su artículo de fe dos Estados para una nación. Un temor al que se une la creencia en la ignominia que mancillaría el honor nacional de Turquía si el acuerdo supusiera, como entrevén, el primer paso hacia el reconocimiento oficial turco del genocidio. En los dos casos se habla de traición y con preferencia son nacionalistas extremos quienes así hablan.

Añadamos que, fuera de Turquía y Armenia, había intereses expectantes que militaban por el a los Protocolos: son los de las grandes potencias, como Estados Unidos y Rusia, que exigen estabilidad en la zona por motivos políticos, y la propia UE, que la requiere además por razones económicas, por cuanto reducir su dependencia en el abastecimiento de gas y petróleo del veleidoso y chantajista capricho ruso la ha llevado a otras fuentes de aprovisionamiento que discurren por el corazón de la Anatolia.

Ahora bien, dejando aparte estas presiones protocolarias externas, mas sin menoscabar en absoluto su importancia en el logro de los acuerdos, conviene recordar las ventajas que las partes esperan recabar con su firma. Para Armenia ha sido sin duda una ocasión de hacerse internacionalmente visible, de ser agente y no mero paciente en el escenario internacional. Para Turquía son una pieza más en el engranaje que la ha llevado al primer plano de dicho escenario. Paso a paso, Turquía ha ido cambiando su estrategia diplomática, a lo que ha contribuido la política de medias tintas llevada a cabo por la UE en relación con ella. La firme oposición a su ingreso por parte de Francia y Alemania, en contra del deseo de otros miembros, como España, o de países aliados, como EEUU, la ha irritado profundamente, y la contraoferta de convertirla en socio preferente ha terminado por acentuar la humillación a un país que parece llevar el orgullo demasiado a flor de piel.

El incremento, por tanto, de la tensión entre la UE y Turquía, se suma a otros factores que han ido haciendo su entrada en la arena internacional en los últimos años, como el fracaso del proceso de Oslo, que se saldaba con la instauración de un Estado palestino; la invasión de Iraq y el consiguiente desprestigio del invasor en la zona; la victoria aplastante del partido de Erdogan en las últimas elecciones internas, que tanta admiración suscitó en el mundo islámico, renovada cuando una resolución del Parlamento con mayoría islámica se opuso a la mentada invasión y a la retórica antimusulmana que le siguió; el cambio de alianzas con países antaño presa de la voracidad del Imperio Otomano, etc. Todo ello no sólo ha generado incluso coqueteos con Irán, rival de oficio de los herederos de dicho Imperio, lo que no ha tardado en despertar los recelos europeos; así mismo, ha llevado a contar con Turquía a Rusia en su obsesión por apaciguar el Cáucaso y a Obama en la suya por estabilizar Oriente Medio, región en la que, con algunos países, oficiará de embajador americano y en otros, como cuando las tropas estadounidenses abandonen Iraq, será él.

Ha conducido igualmente a la mejora de las relaciones con Siria, país hasta aquí especializado en dos monocultivos políticos, invadir Líbano y servir de base logística al terrorismo palestino, al punto de considerarlo ahora, junto a Iraq, entre sus “aliados estratégicos”, sellando su reorientación diplomática con un nuevo discurso emocional que considera como “asuntos de familia” las disputas entre ellos o entre los países de la región, como recientemente puso de relieve Carsten Wieland en su artículo del pasado día seis en openDemocracy [oD] (y que tiene su contrapunto en su cambio de actitud frente a Israel, país con el que tiene firmado un tratado de cooperación militar desde mediados de los noventa del pasado siglo y que esta misma semana sufrió el desaire de ver cómo Turquía suspendía unilateralmente las maniobras conjuntas previstas). En ese contexto precisamente se insertan los acuerdos estipulados con el vecino armenio.

Una potencia media, por tanto, se asoma con cierto aire triunfalista a la escena internacional, y sin necesidad de retractarse de nada, sin tener que pedir perdón por nada, sin que casi nadie le inste a pedirlo y, menos aún, sin urgencia de hacerlo. Turquía aumenta su fuerza y su prestigio en el concierto de las naciones sin requerimiento obligado de ajustar las cuentas con su pasado y sin voluntad de hacerlo. Y sin embargo…

Cuando turcos y armenios se sientan en la misma mesa de negociaciones, un abismo media entre ellos, insondable aunque aquéllos se finjan insensibles al mismo: el del “desarraigo, el exilio y la muerte de la casi totalidad de la población armenia del Imperio Otomano durante la primera Guerra Mundial” (cf. Vicken Cheterian, Armenia-Turkey: genocide, blockade, diplomacy, en oD del trece de octubre). Uno de los grandes “mega-genocidios” (Mark Levene) de la historia y el primero del siglo XX, de una violencia cainita contra el pueblo armenio, por mucho que Caín y sus sucesores aspiren a edulcorarlo como masacre y a disolverlo contándola como una más entre las de la época, como, por ejemplo, aquéllas que los propios armenios infligieron a los turcos.

En este punto, lo que se trata de saber es cómo influirán los Protocolos recién estipulados sobre la visión del pasado de cada uno de los contrayentes, y por ende sobre su política presente y futura. De hecho, aunque a Turquía parezca sonreírle la fortuna, ha aceptado la formación de una comisión que examine “la dimensión histórica” de la relación entre las partes. Seamos claros: lo que Turquía entiende con esto es que en una mesa de negociaciones quepa revisar el pasado, que la política acomode a su interés los hechos históricos objetivamente documentados, o, en suma, que el fuerte imponga al débil su visión de la historia.

¿Es suficiente razón ésa para no firmar tales Protocolos, para no firmar ninguno hasta que la verdad resplandezca, como claman quienes desde parte armenia denuncian el acuerdo? Intentemos responder la cuestión desde otra más genérica y socorrida: ¿en qué medida debe la historia dictar el futuro?

Aunque, insistimos, Turquía no ha reconocido ninguna deuda con Armenia, ni de los resultados derivados de la comisión quepa que lo haga, sin embargo, ¿debía renunciar el gobierno de Sarkissian a los beneficios potenciales de los acuerdos? De otro modo: ¿tienen los armenios actuales derecho a mejorar su situación? ¿Es justo que aspiren a mejoras materiales? Una vez obtenidas les es posible tanto reclamar las otras como, al contrario, olvidarse de ellas, cediendo al chantaje que el bienestar suele hacer a la moralidad. Supongamos el peor de los casos, es decir, que se olviden de reclamar lo que se les debe: ¿tendrían o no derecho al olvido? ¿No sería ése –impensable- olvido ya un juicio sobre su propia historia y una declaración política sobre su futuro? Si son el sujeto de sí mismos, por así decir, sin son autónomos, ¿quién estaría autorizado a exigir el cumplimiento de la obligación de recordar, qué autoridad legítima puede transformar la memoria en deber?

Cuando el nacionalismo armenio radical dicta su prohibición contra los acuerdos no sólo se está auto-erigiendo en representante no autorizado de un pueblo al que no representa; no sólo actúa de voluntad general del mismo diciendo No a lo que la real y mayoritaria voluntad de todos ha dicho ; no sólo niega el derecho a mejorar y la posibilidad de hacerlo a sus súbditos, sino que está haciendo algo más: está extendiendo parte del mal histórico cometido por los turcos a los armenios en 1915 a los de ahora, regalándole nuevas y culpables víctimas, a las que considera nacidas con un pecado original que marca a priori su futuro con el hierro candente de un pasado por redimir. La política, por tanto, sería prioritariamente la gestión de la historia, y el presente carecería de vida propia. ¿A quién extrañará después de todo esto que tras el No de la Federación Revolucionaria Armenia, los radicales nacionalistas que controlan la diáspora armenia, que tras su casto desinterés por preservar el pasado, haya también, o sobre todo, un deseo de mantener el poder que sobre aquélla ejercen?

¿Y los turcos? De Turquía sorprende ante todo su obstinación en no reconocer el hecho. Es como si pretendieran olvidarlo a fuerza de negarlo, con la paradoja de que cada nueva negativa lo saca del mundo de los recuerdos resaltando su actualidad. Ignoro cuál puede ser el mal oscuro que Turquía pretende ocultar con la negación del genocidio armenio, pero lo cierto es que está jugando con fuego y antes o después se quemará. Sus nuevos incondicionales, sus aliados recientes, antes o después reflexionarán sobre la violencia ínsita en una política que cuenta con una gran mentira entre sus supuestos. Y difícilmente tolerarán el déficit democrático de un país al que la violencia de la mentira le es constitutiva: incluso los regímenes tiránicos más débiles se lo pensarán dos veces antes de estrechar lazos. En los ojos de su memoria estará siempre presente aquel fatídico hecho que nos recordaba una editorial de Le Monde el 19 de enero de 2001: “El genocidio de los armenios fue el primero del siglo XX. Trágica ironía de la Historia, algunos miembros de la misión militar alemana en Constantinopla, que en 1915 habían aconsejado al poder turco la deportación de los armenios, volvían a estar presentes veinte años más tarde entre los ejecutores de la solución final contra los judíos. Es urgente no olvidarlo”.

La historia no es ni un tribunal ni una conciencia, sino, como mucho, y en sus momentos más felices, el oráculo de la verdad, por parafrasear a Alexander Hamilton. No juzga, no declara inocentes o culpables, y menos condena o absuelve a perpetuidad; no responsabiliza a las futuras generaciones de hechos cometidos por sus predecesoras cargándolas con sus culpas. Pero en ocasiones registra fidedignamente hechos cuya negación, menosprecio o reinterpretación delata violencia y señala al culpable. La historia, por tanto, no ha condenado a Turquía a los infiernos para siempre, pero sí nos enseña a desconfiar de los Estados que adulteran a voluntad los hechos que condenan una parte de su pasado, es decir, de los gobiernos que lo hacen, porque en ese caso se legitima al mentiroso, a quienes envalentona; porque se hace creíble la posibilidad de reincidir en el crimen contra la humanidad y, porque de ese modo, las generaciones a las que el tiempo absuelve naturalmente de los crímenes de ayer son transformadas en cómplices de quienes los perpetraron.

La negación del genocidio, en suma, es una declaración contra la impotencia asumida por la actual democracia turca, de que hay un tope no reconocido a sus progresos cuando sólo dos días antes de firmar los acuerdos con Armenia el tribunal constitucional turco dicta una sentencia que declara perseguible al Nobel de literatura O. Pamuk por haberlo afirmado, en plena coherencia con otras instancias de la sociedad turca cuando se dedican a verter infundios contra los historiadores que han certificado su existencia, como es el caso de Taner Akçam, según él mismo revelara el pasado agosto. Dicha negación habla en pro de la creación en la Turquía actual de un partido liberal que, por un lado, rebase el límite nacionalista de los laicos y, por otro, el límite democrático de los musulmanes: de una democracia en la que la mentira no hipoteque su destino.

Antonio Hermosa Andújar es Profesor de Filosofía de la Facultad de Sevilla y director de Araucaria, Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades.

Fuente: http://elmercuriodigital.es/content/view/22386/91/?TB_iframe=true&height=500&width=940

“Creo que el genocidio fue resultado de dos equivocaciones colosales cometidas por nacionalistas fanáticos y tontos de ambos bandos”

El valor de un intelectual armenio

Antonio Cuesta. Blog de Turquía

De Ara Baliozian, he de reconocerlo, no sabía nada hasta ayer. Ahora leo que es uno de los escritores armenios actuales más destacados, y sin embargo la mayor parte de sus congéneres no conocen su obra. Que nació en Grecia, pero vive en Canadá. Y que, pese a su extensa obra y la excelente valoración internacional, no es del agrado de los líderes y dirigentes armenios por su forma de pensar y su visión crítica. Importantes medios de prensa armenios solían publicar sus artículos o reseñas, pero igualmente han decidido marginarle. Tras leer su entrevista ahora entiendo el porqué.

Baliozian no sólo preconiza el acercamiento entre armenios y ciudadanos de Turquía (“considero que podemos conseguir más de ellos como amigos que como enemigos”) sino que critica a los líderes de la diáspora por anteponer sus prioridades a las necesidades de Armenia, en una maniobra que sólo siembra división. Y lanza una propuesta que pondrá los pelos de punta a los nacionalistas de uno y otro bando: “si nos movemos en dirección hacia algún tipo de Unión o libre circulación en el marco de unos Estados Unidos de Oriente Medio o del Cáucaso, las fronteras de la Armenia histórica y Azerbaijan pueden convertirse en algo irrelevante”.

El autor lamenta los insultos de lectores “lavados de cerebro” y de no pocos autores, por no hacer uso de la “propaganda chauvinista” que defiende “cosas como la Batalla de Avarair (la cual muchos de nuestros propios historiadores niegan su existencia), la primera nación en convertirse al cristianismo (cuando la pregunta sería ¿hemos sido acaso buenos cristianos?), la primera nación víctima de un genocidio (¿por qué jactarse de eso?)”.

Recientemente Baliozian había escrito en su blog: “Creo que el genocidio fue resultado de dos equivocaciones colosales cometidas por nacionalistas fanáticos y tontos de ambos bandos. Es evidente que masacrar a civiles inocentes es un crimen más serio que la estupidez o la ignorancia. La ignorancia puede ser la más inocente de todas las infracciones pero en la vida es la más severamente castigada. Si hay leyes inquebrantables, seguramente ésta debe ser una de ellas. Y hablando de leyes inexorables, aquí va otra: si rechazas aprender de tus errores, estás condenado a repetirlos. ¿Qué hemos aprendido de nuestro genocidio? ¿Puedo decir además que estamos a merced de condiciones históricas inevitables o que escapan a nuestro control? El mismo error, la misma propaganda, la misma Gran Mentira fabricada y reutilizada por hombres que son demasiado perezosos o estúpidos para pensar por sí mismos”. En la entrevista matizó algunas de estas afirmaciones, aclarando que “nuestro gran error -o mejor dicho el error de nuestros revolucionarios- fue confiar en los acuerdos verbales con las grandes potencias. La idea de que su apoyo nos hacía invulnerables. En la diplomacia internacional los pactos verbales, incluso los tratados, no tienen valor si se carece de la capacidad para ponerlos en práctica. Nuestro segundo gran error es atribuir nuestras desgracias (éxodo de la patria y asimilación de la diáspora -también conocido como genocidio blanco-) a las condiciones sociales, políticas y culturales que escapan de nuestro control… es decir adoptar una postura pasiva, en lugar de asumir un rol activo para organizar e impulsar nuestra solidaridad, poniendo fin a los conflictos y las divisiones fratricidas”.

¿Por qué es tan difícil que los armenios mantengan un entendimiento al margen de juicios, enfrentamientos o sectarismos? Baliozian lo tiene claro: “Los que tienen lavado el cerebro tienden a ser dogmáticos, es decir, intolerantes. Y el intolerante no puede participar en un diálogo; prefiere los sermones y las peroratas”.

Parece que la “rotunda” oposición de la diáspora armenia a la firma de los protocolos Armenia-Turquía (Ver artículo de Baliozian) no es tan clara ni mucho menos tan razonable.

“Como denunció Hrant Dink el discurso de la diáspora sobre el genocidio armenio es una ‘cuestión nacional’ usado para aumentar su influencia política en los estados de acogida”

Nuevo giro en las relaciones Armenia-Turquía. Entrevista con el periodista Antonio Cuesta

Salvador López Arnal. Rebelión

“El discurso de la diáspora no sólo bloquea el diálogo entre Turquía y Armenia, sino que además perjudica la integración de la minoría armenia en la sociedad turca”.

El pasado sábado Turquía y Armenia dieron un paso histórico dirigido a resolver su enfrentamiento de décadas al suscribir acuerdos que permitirán el establecimiento de relaciones diplomáticas, la apertura de la frontera común y el estudio del denominado “genocidio armenio”. Antonio Cuesta es corresponsal de Prensa Latina en Turquía y persona altamente interesada en temas de historia y periodismo. Lleva colaborando con Rebelión.org desde hace casi una década y con Prensa Latina desde 2004, primero en Túnez y luego desde Estambul. Es, por otra parte, autor de los libros “Negociación política en Euskal Herria: El camino hacia la paz” (Hiru) y Guatemala, la utopía de la justicia” (Libros Libres, Rebelión).

Se habla en ocasiones de lo sucedido en Turquía a principios de siglo contra la minoría cristiana armenia como del primer genocidio del siglo XX. ¿Puedes explicar sucintamente qué pasó?

Lo ocurrido en Turquía, sobre todo a partir de abril de 1915, fue un vasto programa de limpieza étnica dirigido principalmente contra la minoría cristiana armenia, organizado y ejecutado por miembros del Comité de Unión y Progreso (CUP), que era el partido gobernante, y utilizando para ello unidades irregulares y grupos paramilitares. Como consecuencia, y pese a que las cifras nunca podrán ser conocidas con exactitud, entre 700 y 900 mil personas murieron a causa de las matanzas, y también debido a las durísimas condiciones en que fueron deportadas al desierto de Siria, las enfermedades y el hambre.

Hablas del partido gobernante en el Imperio otomano, ¿no? ¿Quiénes formaban el CUP? ¿Qué ideología tenía esa organización?

El CUP como organización política procedía del movimiento denominado los “Jóvenes Turcos”, y se nutrió de numerosos oficiales del ejército. Esta corriente fue la más influyente en el Imperio otomano en los inicios del siglo XX y se basaba fundamentalmente en el pensamiento positivista de Comte. Su ideología pretendía al tiempo la modernización de las estructuras del Estado y el mantenimiento de la figura del Sultán así como de ciertas tradiciones musulmanas propiamente turcas. Y todo ello bajo el título de monarquía constitucional, en un intento de imitar el modelo de democracia liberal-burguesa pujante en esos años en Europa. Fueron los creadores del nacionalismo turco, que hasta ese momento no existía.

¿Y quiénes formaron parte de esos grupos paramilitares de los que hablabas?

Al inicio de la 1ª Guerra Mundial, en el verano de 1914, se creó la denominada Organización Especial, integrada por unidades de paramilitares. Este cuerpo de voluntarios pasó a depender del Comité Central del CUP y estaba integrado fundamentalmente por tribus kurdas, prisioneros convictos, e inmigrantes del Cáucaso y los Balcanes. Los responsables provinciales del CUP también formaron en diferentes regiones del país nuevos escuadrones.

¿Cuáles fueron las causas de aquella matanza, de aquella “limpieza étnica”?

El CUP ya llevaba tiempo alentando la hostilidad hacia las minorías no musulmanas como plan de homogeneización social. Pensaban que deshaciéndose de ellas frenarían el deterioro y la descomposición de un Imperio en decadencia. Lo que ocurrió fue que en medio de una brutal ofensiva de las tropas aliadas tanto por el oeste, en los Dardanelos, como por el este, en el frente ruso, algunos dirigentes del CUP vieron la oportunidad de llevar adelante la “solución final” contra la población armenia.

Pero también hay que tener en cuenta que los armenios eran una minoría poderosa e influyente, y que en muchos casos los perpetradores del genocidio aprovecharon la ocasión para expoliar y hacerse con un patrimonio económico de valor incalculable. James Petras nos recuerda que “la desintegración de los imperios provoca holocaustos”, y el caso armenio es un ejemplo cierto en donde al tratar de acabar con un grupo importante en lo económico se llevaron a cabo masacres a gran escala.

¿Y por qué, según parece, el Estado turco no acaba de reconocer lo sucedido?

Bueno, eso no es del todo cierto. En un primer momento, tras la derrota y la firma del armisticio de Mudros (30 de octubre de 1918), el nuevo gobierno otomano estableció una comisión de investigación e inició una serie de juicios contra los responsables del genocidio. También el gobierno nacionalista (rebelde) de Ankara, dirigido por Mustafa Kemal, mostró su disposición de castigar a los criminales. Ambas administraciones admitieron que se habían cometido “crímenes contra la humanidad”, y criticaron las masacres llevadas a cabo durante la 1ª Guerra Mundial. Incluso entendieron que los juicios eran política y socialmente necesarios.

Ahora bien, las potencias aliadas decidieron -a través del Tratado de Sèvres- que el castigo contra “los turcos” sería la desmembración del espacio otomano y la balcanización del territorio mediante unidades étnicamente homogéneas. Existen numerosos documentos y testimonios de los vencedores en los que se califica al “pueblo turco” como culpable de los asesinatos. Los aliados nunca quisieron juzgar a los responsables, de hecho muchos de ellos fueron retenidos en la entonces británica isla de Malta y, posteriormente, permitidos que escaparan pese a que en tres ocasiones los gobiernos de Estambul y Ankara pidieron formalmente su extradición.

La victoria de las tropas nacionalistas de Mustafa Kemal “Atatürk” en la guerra de liberación puso punto y final a cualquier tipo de arreglo con justicia para las víctimas. Desde ese momento, desde la fundación de la moderna República de Turquía, se extendió un manto de olvido y se promovió la ignorancia entre los ciudadanos. El ejército ha sido desde entonces la columna vertebral de la República, configurando un Estado al margen de la sociedad, incluso en abierta oposición a ella, y estableciendo una serie de dogmas que incluyen medidas legales para quien los desafíe. El ejército, garante de la estructura de poder, ya ha llevado a cabo numerosos golpes de estado para suprimir cuantas revueltas puedan cuestionar o modificar los dogmas sobre los que se sustenta la República. El manto de la ignorancia continúa extendido, y cada vez es más urgente que la sociedad llegué a conocer qué ocurrió en aquellos años de guerra.

Señalas que la victoria de las tropas nacionalistas de Mustafa Kemal “Atatürk” en la guerra de liberación puso punto y final a cualquier arreglo con justicia para las víctimas y que desde la fundación de la moderna República de Turquía se extendió un manto de olvido y se promovió la ignorancia entre los ciudadanos. Pero, ¿por qué? ¿Atatürk no lideró una guerra de liberación? ¿Por qué extendió ese hilo de ignorancia que denuncias?

En realidad Atatürk pretendió crear un nuevo Estado, rompiendo para ello con cualquier vestigio del pasado. Este borrón y cuenta nueva afectó a todos los aspectos de la vida, desde la indumentaria, el calendario o el idioma, pasando por supuesto por el modelo político y económico. Ello significó deshacerse de cualquier recuerdo o rémora de épocas pasadas incluidas, claro está, las páginas negras del anterior régimen. Lo cierto es que eso ha funcionado hasta nuestros días. Los ciudadanos de Turquía no sólo ven el periodo otomano como una cosa lejana en el tiempo, incluso la perciben como una realidad ajena a ellos, como si hubiera tenido lugar a miles de kilómetros, como si se hubieran liberado e independizado de una dominación externa. El académico turco Taner Akçam define a la sociedad de Turquía como ignorante, apática y silenciosa, matizando que ello se debe a la profunda ignorancia e indiferencia sobre su pasado. No se basa en el olvido, para olvidar primero es preciso conocer.

Si no ando errado, en general, la izquierda ha hablado poco de lo sucedido. ¿Por qué?

La verdadera izquierda en Turquía es valiente y comprometida. Recordemos al periodista tristemente asesinado Hrant Dink, de origen armenio. Este intelectual de izquierdas incomodaba tanto a los nacionalistas de un bando como del otro, y por eso fue asesinado. Creía en la reconciliación de los turcos y los armenios tanto como en la necesidad de acabar con las injusticias sociales en ambos países. Dink recriminaba a la diáspora y al gobierno armenio sus constantes críticas a Turquía, mientras se pasara por alto el principal problema de los armenios que no era otro que la pobreza. Dink estaba en contra de las presiones del lobby armenio para conseguir el reconocimiento del genocidio por parte de los gobiernos (una veintena en la actualidad), o la promulgación de leyes como la francesa de 2006, en la que se tipificaba como delito la negación del genocidio armenio. Incluso llegó a mostrar su intención de viajar al país europeo, cuando la ley entrara en vigor, para quebrantarla. Pero no tuvo la oportunidad.

Y más recientemente un grupo de intelectuales, académicos y periodistas turcos iniciaron una campaña en la que pedían disculpas “a sus hermanos armenios”, al tiempo que rechazaban la injusticia que suponía la indiferencia y la negación del gran desastre que sufrieron los armenios otomanos en 1915. En apenas unas horas la campaña recogió miles de firmas a través de internet.

Pero, perdona que insista, un periodista de izquierda como Dink, con las posiciones que defendía, apenas es conocido en las izquierda europea occidental.

Bueno, eso pasa no sólo con la posición de la izquierda turca. De manera general, Turquía es una gran desconocida en Europa occidental.

Hablabas hace un momento del lobby armenio. ¿Quiénes lo componen? ¿Dónde actúan con más fuerza?

La diáspora armenia está liderada por poderosos grupos de presión económica y en algunos casos, como en Líbano, por dirigentes religiosos. Allí donde han conseguido tener una mayor influencia -Francia, Argentina, Brasil, Líbano- sus postulados se oyen con más fuerza y pretenden erigirse en “la voz del pueblo armenio”, aunque desde luego las condiciones sociales y económicas, y me atrevería a decir que incluso las culturales, poco tienen que ver con las que se viven en Armenia. Piensa que la mayoría de cuantos integran la diáspora nunca han vivido en Armenia ni en Turquía.

La ciudadanía armenia que consiguió emigrar, ¿se ha mantenido políticamente activa a lo largo de los años?

Desde hace siglos, la comunidad armenia ha mantenido por todo el mundo importantes centros comerciales y de pensamiento. De la India a Europa occidental, pasando por Persia, la diáspora armenia -al igual que la dirigencia de su iglesia- siempre adoptó el papel de garantes de los valores de la comunidad. En el último siglo y medio la corriente migratoria se dirigió hacia Estados Unidos y Sudamérica, así como una importante ola de refugiados a Rusia y Líbano después de 1915. En los últimos años la actividad política de la diáspora ha estado centrada en desarrollar un poderoso lobby. Según denunció Hrant Dink en relación al discurso sobre el genocidio, éste no se utiliza en términos históricos y está blindado por la diáspora con una doble intención: por una parte es una “cuestión nacional” que impide su asimilación en los países donde se encuentran; y en segundo lugar sirve para incrementar su influencia política en los estados de acogida. Con el agravante de que tal discurso no sólo bloquea el diálogo entre Turquía y Armenia, sino que además perjudica la integración de la minoría armenia en la sociedad turca.

Entonces, en tu opinión, ¿cuál debería ser el discurso sensato, razonable, las finalidades justas, de la diáspora armenia?

No querría ser yo quien tuviera que definirlo. Pero no estaría mal para comenzar una labor de deconstrucción de todos los mitos y falsedades sobre los que se asienta el imaginario del pueblo armenio. El discurso de Hrant Dink era ejemplar en eso, y también el de una serie de intelectuales armenios honestos que tratan de ofrecer otra visión de la historia.

Armenia formó parte de la Unión de República Soviética Socialistas. ¿Cómo se produjo su incorporación? ¿Cuál fue su situación durante la existencia de la Unión Soviética?

La actual Armenia surgió tras la disolución de la Confederación de Transcaucasia en 1918, sobre territorios del antiguo Imperio ruso. De ahí surgieron tres repúblicas que declararon su independencia: Georgia, Armenia y Azerbayán. En 1920 Armenia fue asimilada por la Unión Soviética, y permaneció como república federal hasta la disolución de la URSS, en que declaró su independencia. Durante todos esos años Armenia se convirtió en una de las más prósperas regiones de la Unión gracias, en gran medida, a que allí se establecieron importantes empresas de alta tecnología.

Tras la desintegración de la URSS en 1991, ¿cómo se produjo la separación de Armenia?

La separación no fue problemática desde el momento que la población local mostró su deseo de constituirse en país independiente y la URSS, muy poco tiempo después, fue disuelta. Los mayores problemas vendrían al pretender anexionarse el enclave de Nagorno-Karabaj en territorio de Azerbayán. Tres años de guerra que provocaron el hundimiento de la economía armenia y el cierre de sus fronteras con sus vecinos turcos y azeríes.

¿Y cuál es la situación política de Armenia actualmente?

Armenia vive una situación económica muy complicada. Han tenido que sortear su aislamiento con una mayor, casi total, dependencia de las empresas rusas. Su única vía de aprovisionamiento de productos rusos pasa por Georgia, pero tras la guerra del pasado año las cosas se han puesto aún más difíciles. Además ha visto como importantes proyectos energéticos de la región -los oleoductos Nabucco y BTC- e incluso el trazado de una línea de ferrocarril sortean su territorio dejándoles sin parte en el negocio ni en su aprovechamiento. Si a todo ello añadimos las presiones de Estados Unidos, la Unión Europea e incluso de empresarios, para romper el predominio comercial ruso en Armenia se entiende que el presidente Serge Sargisián se haya visto empujado a mirar hacia Turquía.

Se habla estos días en la prensa internacional de nuevos acuerdos entre los gobiernos de Turquía y Armenia. ¿Sobre qué puntos? ¿De qué se trata?

El pasado sábado Turquía y Armenia normalizaron sus relaciones diplomáticas por primera vez en la historia. Aunque Turquía fue uno de los primeros estados en reconocer la independencia armenia tras la caída de la URSS en 1991, nunca estableció relaciones plenas debido a la invasión por parte de Armenia de Nagorno-Karabaj y de otras siete provincias pertenecientes a Azerbayán, aliado de Ankara.

Pero lo firmado el sábado, una serie de protocolos que prevén el establecimiento de relaciones, la apertura de la frontera común y la creación de una comisión de expertos que estudie el llamado “genocidio armenio”, aún deberá ser ratificado por los parlamentos de los respectivos países. Y no es más que el inicio de un camino lleno de dificultades que ojalá pueda servir no sólo a los gobiernos sino, sobre todo, para un mayor entendimiento entre ambos pueblos.

¿Qué posiciones defienden los ciudadanos armenios de la diáspora sobre este punto? Creo que también hay una fuerte discusión interna en torno a esos acuerdos turco-armenios.

Tanto en la diáspora como en el interior de Armenia existe una fuerte oposición nacionalista que critica los acuerdos. La diáspora en concreto se ha erigido en un contrapoder y no duda en criticar o tildar de traidor al presidente Sargisián. Pero lo cierto es que estos sectores se empeñan en reescribir y utilizar la historia como herramienta de uso para sus propuestas ultramontanas. Afirmaciones como que Dios eligió Armenia para situar ahí el paraíso terrenal y cuya población desciende de Noé, quien encalló su nave en el monte Ararat tras el diluvio universal, son transmitidas en todas las escuelas primarias armenias en cualquier parte del mundo. Según denuncia el académico Razmik Panossian muchos académicos occidentales de origen armenio que no suscriben las tesis nacionalistas son a menudo tildados como “traidores” por historiadores e intelectuales de Armenia y también de la diáspora.

Hablas del presidente Sargisián y deduzco entonces que sus posiciones, en este ámbito, te parecen razonables. ¿Es el caso?

Entiendo que Sargisián intenta sobre todo alcanzar una posición de viabilidad para su país. Una viabilidad dentro de los parámetros de la economía mundo capitalista. Pero centrándonos en la cuestión del restablecimiento de relaciones con Turquía, el desbloqueo de la cuestión puede y debe servir para tender puentes de encuentro entre dos pueblos que han tenido un largo pasado común, pero que desde hace décadas mantienen un frío distanciamiento cuando no una abierta hostilidad.

Finalmente, para acabar, tú mismo hablabas de camino lleno de dificultades. ¿Cómo crees que se puede alcanzar una situación de armonía, de reparación de injusticias, de superación que no olvido de lo sucedido?

En eso confío más en la capacidad y la inteligencia de los movimientos y organizaciones sociales, que desde luego en los gobiernos. Como ocurre de manera casi general los intereses de estos suelen ir en perjuicio de los beneficios para los primeros. Un primer paso, y no pequeño, sería el de aclarar que la posición del estado turco nada tiene que ver con la de “los turcos”.

En primer lugar porque esté término es un reduccionismo que incluye también a kurdos, circasianos, judíos, ortodoxos, armenios, alevíes, y otros muchos grupos étnicos-culturales que el término “turcos” ignora y sepulta. Y en segundo lugar porque el Estado fue construido como un cuerpo aparte de la esfera social, el cual se ve a sí mismo como una entidad especial y se organiza casi en oposición a sus ciudadanos.

Gracias, Antonio, muchas gracias por tus documentadas respuestas.

Elecciones locales: Victoria del AKP con pérdida de apoyo electoral

Andrés Mourenza. Noticias desde Turquía

Sí, el partido islamista moderado del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, volvió a ganar unos comicios, por cuarta vez consecutiva desde su llegada al poder en el 2002. Pero fue una victoria agridulce, pues el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) no solo no superó la barrera del éxito de las legislativas del 2007 –casi el 47% de los votos–, sino que retrocedió hasta el 39%.

Los turcos estaban llamados ayer a renovar la Administración local y provincial de cabo a rabo. Los votantes se enfrentaban a cinco papeletas para designar a sus alcaldes de barrio, distrito y ciudad, así como las asambleas municipales y provinciales, que se eligen por separado. Y volvieron a otorgar su confianza, mayoritariamente, al AKP. La razón, para el experto en islamismo Rusen Çakir, es clara: “En Turquía no existe una oposición creíble”. El CHP, centroizquierda nacionalista), solo alcanzó el 20%, y el MHP, ultranacionalista), el 16%.

Sin embargo, al AKP le han pasado factura los casos de corrupción que han aireado los medios de comunicación opositores y el CHP, como el desvío de fondos de la organización caritativa Deniz Feneri. También las imágenes de miembros del partido de Erdogan regalando a familias pobres carbón, electrodomésticos e incluso muñecas de juguete a cambio de votos han redundado en el bajón, ya que Turquía es cada vez más un país donde el uso de las nuevas tecnologías está a la orden del día y estos comportamientos clientelares son difíciles de ocultar.

Estambul

Precisamente la lucha contra la corrupción fue el lema del candidato de centroizquierda a la alcaldía metropolitana de Estambul, el mayor ayuntamiento de Turquía, que maneja 5.000 millones de euros al año. Los resultados en la ciudad del Bósforo fueron, finalmente, favorables al AKP por 6 puntos de diferencia, aunque antes de conocerse los datos definitivos  los ordenadores de la comisión electoral sufrieron un inexplicable fallo y la oposición denunció “irregularidades” en el cómputo en varios distritos.

Además, el partido de Erdogan perdió dos importantes ciudades del sur: Antalya y Adana. En la capital, Ankara, mantuvo la alcaldía a pesar de perder casi el 20% de los votos.

Los resultados muestran que la principal sangría de votos del AKP ha sido el nacionalismo: su apoyo ha caído entre los kurdos, que consideran que el Gobierno se ha escorado hacia el nacionalismo turco, y también entre los turcos nacionalistas, que, al contrario, le acusan de haberse acercado demasiado a los kurdos. El llamado voto oculto del AKP, pues, parece no procede tanto de una Turquía religiosa como de esa mayoría social conservadora y nacionalista. De hecho, la pérdida de votos del AKP no benefició tanto a partidos más religiosos, sino a los ultranacionalistas del MHP.

Revés a las listas del primer ministro en la región kurda

El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Erdogan ha fracasado en su intento de ganarse la simpatía de los kurdos. Los comicios en el sureste de Turquía, de mayoría kurda, se habían planteado como un referendo entre dos formas de ver la política: el AKP como partido capaz de dar buenos servicios a esta zona castigada por el olvido y la pobreza, frente a la visión identitaria de los nacionalistas kurdos del Partido de la Sociedad Democrática (DTP).

Los seguidores de Erdogan se las prometían felices tras los buenos resultados de las legislativas de 2007, en las que superaron en votos al DTP. Sin embargo, en los comicios de ayer no solo fueron incapaces de asaltar la alcaldía de Diyarbakir, bastión nacionalista kurdo, sino que perdieron otras ciudades kurdas que gobernaban desde el 2004. Entre las razones para que los kurdos hayan vuelto la espalda a Erdogan destacan, sin duda, sus coqueteos con el nacionalismo turco y la operación militar contra las bases del PKK en el norte de Irak.

Otra consecuencia de los resultados de ayer es que el DTP se ha convertido en “un partido regional”, como apunta la periodista Nuray Mert, no solo porque ha conseguido barrer toda oposición en el sureste kurdo, sino también porque ha perdido el favor de los kurdos que viven en las grandes ciudades del oeste de Turquía, adonde se vieron forzados a emigrar en los años 90.

Intelectuales turcos se disculpan ante los armenios por las matanzas de 1915

Antonio Cuesta. Blog de Turquía

“No puedo aceptar conscientemente la indiferencia hacia el gran desastre sufrido por los armenios otomanos en 1915 y su negación. Rechazo la injusticia y, voluntariamente, comparto los sentimientos y dolores de mis hermanos y hermanas armenios y me disculpo ante ellos”. Este es el texto de la campaña presentado por un grupo de intelectuales turcos entre los que se encuentran el periodista Ali Bayramoglu y los académicos Baskin Oran, Ahmet Insel y Cengiz Aktar.

La campaña, que intentará ampliar más apoyo a través de internet, busca sensibilizar a la sociedad turca para “que sientan la tragedia de sus hermanos armenios en su conciencia”, según explicó Baskin Oran a la Agencia Efe, en referencia a la matanza de cientos de miles de personas en 1915, que Armenia califica como genocidio y es negado por Turquía.

Cengiz Aktar

En declaraciones al diario Vatan, Cengiz Aktar aclaró que “nos disculpamos por no poder discutir, y no hablar abiertamente sobre este asunto durante tanto tiempo, casi cien años”. En Turquía no sabemos qué les sucedió a los armenios -continuó-, fuerzan a la gente a olvidarlo, pues el tema es muy problemático. Los turcos han oído la versión de sus ancianos, sus abuelos. Pero, no es una narración histórica objetiva. Por ello, hoy mucha gente en Turquía, incluso con las mejores intenciones, piensa que a los armenios no les sucedió nada.

Aktar denunció el que la historia oficial haya estado diciendo que este incidente fue secundario, que las masacres fueron poco importantes, e incluso mutuas, y explicando lo ocurrido como algo comprensible en las condiciones bélicas de la primera guerra mundial.

Sin embargo, el académico lamentó el que la realidad fuera muy diferente y, actualmente, sólo kurdos y turcos viven en esta tierra mientras los armenios ya no están.

Por su parte los círculos nacionalistas no tardaron en calificar a los firmantes de la campaña como traidores y “marionetas de los poderes extranjeros”, mientras que otros intelectuales, que se solidarizan con los armenios, critican la iniciativa por otros motivos.

En declaraciones al diario Zaman, Aytekin Yildiz, de la organización de defensa de los derechos civiles “Confrontation Association” dijo que la comunidad armenia ya es consciente del apoyo de muchos turcos. “Es un buen punto de partida, pero no basta” explicó Yildiz, quién planteó qué quieren decir los intelectuales al hablar de “gran desastre”. “Pongámosle nombre, es genocidio”, aseguró, además de insistir en que es el Estado quien debe disculparse.

A esta crítica Oran argumentó que el asunto armenio ha sido un tabú intocable y que una de las cuestiones que hasta el momento bloqueó el debate fue, precisamente, el empleo del término “genocidio”.

La campaña comenzó ayer en internet y en el momento de la redacción de esta nota ya sobrepasaba las 5 mil firmas.

El juicio contra la red golpista Ergenekon divide a la clase política turca

EFE

El macro-juicio contra la red golpista Ergenekon, que divide a la clase política de Turquía y a los medios de comunicación, comenzó hoy en las dependencias de la cárcel de Silivri (Estambul).

Según la Fiscalía, esta organización, formada por mandos militares retirados, periodistas, políticos y académicos, pretendía sembrar el caos con atentados terroristas para provocar un ambiente favorable a un golpe de estado del ejército que derrocase al gobierno islamista moderado de Recep Tayyip Erdogan.

La presencia de los 86 acusados (de los que 46 permanecen en prisión provisional), sus 66 abogados, los casi 300 periodistas y la multitud de curiosos complicó el inicio del proceso.

Tras una serie de pausas, en las que se invitó a los asistentes que no tuvieran parte en el juicio a desalojar la sala, el presidente del tribunal decidió dividir a los acusados en dos grupos (los que permanecen en prisión provisional y los que no) y tomarles declaración por separado para evitar la congestión.

Finalmente, tras identificar a los imputados, el tribunal decidió posponer el juicio hasta el próximo jueves.

Entre los acusados, hoy tomaron la palabra el abogado ultranacionalista Kemal Kerinçsiz y el líder del Partido Obrero (IP, izquierda nacionalista), Dogu Perinçek, que no reconocieron la jurisdicción del tribunal para juzgarles.

“No nos podéis juzgar, estáis violando competencias del Tribunal Constitucional”, se quejó Perinçek.

Los diarios liberales, izquierdistas e islamistas consideraron hoy este juicio como un paso “histórico” para que Turquía arregle las cuentas con la guerra sucia del llamado “estado profundo” -las conexiones entre mafia, ultranacionalismo y fuerzas de seguridad-, mientras que los diarios laicos y nacionalistas lo consideran un juicio político dirigido por el gobierno.

La polarización que suscita el proceso lo plasman las disputas entre el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, quien llegó a decir que se considera “un fiscal contra Ergenekon”, y el líder de la oposición nacionalista-laica, Deniz Baykal, quien respondió que, en ese caso, se siente “un abogado defensor” en el juicio.

“Por primera vez en la historia mundial se ve una comedia de este tipo, nosotros no hemos hecho nada en contra de la Constitución”, dijo el antiguo rector de la Universidad de Estambul Kemal Alemdaroglu.

Este académico ha sido imputado como uno de los dirigentes del ‘brazo civil’ de Ergenekon con la acusación de “incitar a la población a la revuelta armada contra el gobierno de la República de Turquía”.

Mientras Alemdaroglu penetraba en las dependencias de la penitenciaría, varios cientos de ultranacionalistas se habían congregado en los alrededores en señal de apoyo a los acusados y enarbolaban la bandera nacional y pancartas con lemas como “Ni EEUU, ni la UE, Turquía completamente independiente”.

“Esto no es un juicio, esta no es una acusación, es una lucha política”, dijo hoy en su editorial el diario nacionalista-laico ‘Cumhuriyet’ al que pertenecen dos de los acusados de la trama Ergenekon.

El Premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk, que se encontraba entre los objetivos de la red golpista, criticó duramente la semana pasada a aquellos que subestiman el juicio e insistió en que sus miembros tenían planes de matarlo.

Detienen al Patriarca Ortodoxo Turco por sus vínculos con la red terrorista Ergenekon

Antonio Cuesta. Estambul

La reciente desarticulación de la red terrorista Ergenekon rescató del olvido a la Iglesia Ortodoxa Turca, al hallarse entre los detenidos la portavoz del Patriarcado de esta congregación, Sevgi Erenerol. Pero el arresto, ayer miércoles, del Patriarca Pasa Ümit Erenerol (Eftim IV) evidencia que esta iglesia, reconocida únicamente por el estado turco, ha funcionado desde su fundación (en 1922) más como una organización parásita de las cloacas del estado que como una comunidad de fieles.

Poco se sabe sobre la actividad litúrgica de esta institución religiosa, pues sus tareas más conocidas la ligan a organizaciones fascistas, ultranacionalistas y unidades de la inteligencia del estado vinculadas a episodios de guerra sucia y acciones terroristas.

Ahora la fiscalía de Estambul, vincula este Patriarcado a la trama criminal de Ergenekon. En el registro efectuado en su sede, en el barrio de Karaköy, encontraron pruebas de vínculos financieros con la red terrorista y algunas armas. La investigación judicial apunta a que ese lugar era el centro de reunión y organización de la jefatura de Ergenekon.

Con la detención de la portavoz y de su hermano, el patriarca, puede llegar el fin de una iglesia carente de fieles y de cualquier tipo de base espiritual. Su creación durante la guerra de independencia, estuvo firmemente apoyada por el naciente gobierno republicano de Mustafa Kemal ‘Atatürk’.

Ochenta años más tarde su balance muestra que como iglesia nunca junto a más de 300 fieles, y que desde hace años únicamente los aproximadamente 40 miembros de la familia Erenerol forman la comunidad, si puede ser definida de ese modo. El patriarcado ha sido transmitido de padres a hijos, sin ninguna preparación eclesiástica, y sigue siendo dueño de tres iglesias que fueron arrebatas a la comunidad greco-ortodoxa en diversas épocas, con el beneplácito de los gobiernos de turno.

Sin embargo, como organización ultranacionalista siempre ha sabido situarse del lado del poder, y colaborar con él mediante actos de violencia contra cualquiera que cuestionara o criticara sus postulados autoritarios, racistas y reaccionarios.

Medio centenar de detenciones destapan una red terrorista vinculada al Estado
El Estado contra sus cloacas
Ergenekon preparaba un golpe de Estado
La red Ergenekon podría ser sólo la punta de un iceberg

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Los turcos exigen justicia al año del asesinato del periodista Dink

Andrés Mourenza. Estambul (Noticias desde Turquía)

“El Estado es el asesino y pagará por ello” fue el eslogan más coreado por las 10.000 personas que se congregaron en Estambul para exigir justicia en el primer aniversario del homicidio del periodista turco de etnia armenia Hrant Dink. En el mismo lugar donde fue asesinado, el exterior de las oficinas del semanario turco-armenio Agos, los gritos de rabia de los manifestantes se mezclaron con las lágrimas de emoción que arrancó el discurso de la viuda, Rakel Dink.

“Estamos sobre la acera en la que intentaron borrar su sangre con agua y jabón. ¿Pero se puede limpiar de esa manera?”, se preguntó la viuda con voz temblorosa. “Nos han hecho hermanarnos con el dolor. Por desgracia, hoy la convivencia necesita valor. Pero, en realidad, para vivir hace falta coraje, para la esperanza hace falta coraje, para la justicia hace falta coraje”, proclamó.

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¿Cristianofobia o auge del nacionalismo?

Antonio Cuesta. Estambul

Turquía despertó hoy conmocionada por el asesinato de tres personas de una editorial cristiana en la ciudad de Malatya, mientras toda la prensa mundial fija sus ojos en el país tratando de entender lo sucedido.

El crimen, cometido en el este del país, disparó las alarmas sobre lo que Occidente considera un golpe islamista y en el país se interpreta como un resurgir violento de grupos ultranacionalistas.

El Gobierno turco se apresuró a condenar el brutal asesinato, mientras que los periódicos locales no dudaron en relacionarlo con otras muertes como la del sacerdote italiano Andrea Santoro, en febrero de 2006, y más recientemente la del periodista turco de origen armenio Hrant Dink.

La policía detuvo hasta el momento a diez personas que responden al mismo perfil de asesinos: jóvenes manipulados, que son inducidos a cometer esos actos por personas en la sombra.

“Los jóvenes capturados por la Policía sólo eran ‘robots’, lo que implica que hay otras fuerzas detrás del asesinato”, aseguró el diario Vatan.

Todos los medios denunciaron el múltiple asesinato como un crimen político y sólo tangencialmente religioso, y culparon del mismo a los que en Turquía se denominan islamo-nacionalistas.

No son realmente musulmanes, pero adoptan el Islam como un componente de la identidad turca más que como una religión que practicar y odian tanto a las minorías no musulmanas como a las no turcas que sí lo son, como es el caso de los kurdos.

Para este sector lo que dice el Corán y la tradición islámica sobre el cristianismo no debe ser tenido en cuenta, pues su credo nacionalista les dice que estas minorias son infiltrados de Occidente que quieren acabar con Turquía.

Uno de las ramas de este movimiento está representada por el grupo ultraderechista “Lobos Grises”, culpables de miles de asesinatos durante las últimas décadas en el país y refugio de criminales como Ali Agca, el hombre que intentó matar al Papa Juan Pablo II, o quienes asesinaron a Hrant Dink.

“Lo hicimos por la patria” o “nuestro país y nuestra religión estaban amenazados”, aseguraron algunos de los detenidos durante el interrogatorio con la policía en el día de ayer.

“El asesinato en Malatya es el resultado de un odio creciente, de los esfuerzos por silenciar el asesinato de Hrant Dink y de los intentos de acabar con las elecciones presidenciales mediante medios ilegales”, aseguró Cengiz Çandar, del rotativo Referans.

Pero estas actividades violentas, están justificadas e incluso alentadas por las declaraciones de ciertos políticos que incluyen a buena parte del espectro ideológico con representación parlamentaria.

Como recordó Ertugrul Ozkok, editor jefe del periódico Hurriyet, muchos diarios liberales, televisiones locales y políticos socialdemócratas, han criticado violentamente a los cristianos por sus “actividades misioneras” y han acusado al Gobierno de pasividad ante las mismas.

En efecto, los ultranacionalistas mantienen estrechos contactos con un importante sector político que defiende un laicismo a ultranza, se reivindica como “kemalista”, y movilizó a más de 300 mil personas el pasado sábado en Ankara contra las aspiraciones presidenciales del actual primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

Pero incluso desde el propio gobierno también se ataca a esas minorías, como sucedió el mismo miércoles en que Niyazi Guney, miembro del ejecutivo, afirmó que “las actividades misioneras son más peligrosas que el terrorismo”.

Y ayer la denominada “Gran Unión de Abogados” de Turquía denunció en un juzgado de Estambul a tres turcos convertidos al cristianismo también por realizar acciones de proselitismo.

Ahora, además de desentrañar el crimen cometido, las autoridades están investigando si la editorial cristiana cumplía con las leyes nacionales, que impiden a los grupos religiosos hacer proselitismo fuera de sus lugares de culto.

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Diyarbakir desafía la legislación turca al promover el bilingüismo

Antonio Cuesta. Estambul

Diyarbakir, capital oficiosa del Kurdistán turco, comenzó el año desafiando al poder central al aprobar una directiva por la que ofrecerán los servicios municipales tanto en turco como en kurdo.

Aunque formalmente esta decisión fue tomada únicamente por el consejo municipal del distrito sur, el ayuntamiento principal de la ciudad ya venía ofreciendo servicios bilingües a lo largo del pasado año aunque sin haberlo comunicado oficialmente.

La iniciativa vulnera claramente la constitución nacional, según aseguraron varios analistas políticos, sin embargo para el regidor del distrito sur, Abdullah Demirbas, lo cierto es que Turquía no es monolingüe, y sí multilingüe.

Subrayó en rueda de prensa que que la decisión fue tomada por mayoría, y con la consideración de que en la localidad existen múltiples identidades.

El edil consideró que gracias a esta resolución, pionera en Turquía, los servicios al ciudadano serán más sencillos, y que junto al turco y al kurdo también se impartirán cursos de formación para los funcionarios de inglés, armenio y asirio.

También mostró su confianza en la iniciativa sirva de ejemplo para el Parlamento, pues una estructura multilingüe y multicultural favorecería el desarrollo de la democracia y la toma de decisiones en favor de la paz y las libertades.

Demirbas afrontó el año pasado un proceso judicial por defender una propuesta similar para el ámbito municipal en una conferencia internacional en Viena (Austria), y del que salió finalmente absuelto.

Numeroso políticos kurdos, encabezados por el alcalde de Diyarbakir Osman Baydemir, abogan por el aumento de las competencias municipales, algo que figuraba en el programa de gobierno del Partido del Desarrollo y la Justicia (AKP).

Y ha sido precisamente el incumplimiento de esa cuestión, durante los últimos cuatro años, lo que empujó a diferentes líderes locales a tratar de invertir las políticas centralistas y de potenciar los derechos de las administraciones locales.

Según un informe del sociólogo Aslan Ozdemir, el 24% de los residentes del distrito sur de Diyarbakir hablan turco, mientras que el 72% lo hacen en kurdo.


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