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Turquí­a-Armenia: polí­tica y memoria

Antonio Hermosa. El Mercurio Digital

Ante la interesada mirada de los primeros espadas de la diplomacia europea, rusa y estadounidense, el pasado día diez las largas y secretas negociaciones entre Armenia y Turquía, llevadas a cabo bajo la eficaz mediación suiza, se concretaban en un acuerdo en Zurich. Los ministros de asuntos exteriores de ambos países firmaban sendos Protocolos que les comprometían al establecimiento de relaciones diplomáticas y al fomento de los intercambios bilaterales.

A falta de su ratificación por los respectivos parlamentos, la reapertura de las fronteras quizá sea la primera manifestación visible del acuerdo, pero el capital simbólico condensado en la firma es, sin parangón posible, muy superior; una vez concluido el proceso estaremos ante un hecho al que cómodamente se le podrá calificar de histórico, una palabra, se sabe, cuyo uso es casi siempre exagerado y casi nunca inocente cuando se la emplea bien.

El hecho, como no podía ser menos, ha tenido reacciones tanto positivas cuanto negativas, y ello en cada una de las partes. Por otro lado, la virulencia de las reacciones negativas se halla directamente vinculada a su carácter simbólico antes aludido. Entre los agentes de las primeras están sus beneficiarios materiales directos, es decir, la población fronteriza, que ve en el aumento de los intercambios comerciales el maná que revigorice una economía en ruinas. También han dado su sí, especialmente en el lado turco, quienes saben de los beneficios espirituales reportados por el reconocimiento de la verdad en su relación con los hechos históricos y tienen el valor de enarbolarla, declarándose así partidarios suyos: los que abogan por que de una vez por todas Turquía reconozca el genocidio cometido en 1915 contra el pueblo armenio. Una verdad por la que en dicho país aún se condena en los tribunales a sus apóstoles.

Intransigentes a favor del no, en cambio, hacen campaña, del lado armenio, quienes creen que el aire, cuando cruza la frontera en una u otra dirección, va siempre cargado de olvido, y que de tanto ir a esa fuente llegará un día en que el cántaro de la memoria se habrá roto irreparablemente; y del lado turco, quienes temen que la suerte actual de Nagorno-Karabaj, enclave armenio en territorio azerí y del que exigen la retirada al ocupante, merced a los acuerdos estipulados pase a ser su suerte definitiva, rompiendo la ecuación de la alianza histórica entre Azerbaiyán y Turquía, que resumen en su artículo de fe dos Estados para una nación. Un temor al que se une la creencia en la ignominia que mancillaría el honor nacional de Turquía si el acuerdo supusiera, como entrevén, el primer paso hacia el reconocimiento oficial turco del genocidio. En los dos casos se habla de traición y con preferencia son nacionalistas extremos quienes así hablan.

Añadamos que, fuera de Turquía y Armenia, había intereses expectantes que militaban por el a los Protocolos: son los de las grandes potencias, como Estados Unidos y Rusia, que exigen estabilidad en la zona por motivos políticos, y la propia UE, que la requiere además por razones económicas, por cuanto reducir su dependencia en el abastecimiento de gas y petróleo del veleidoso y chantajista capricho ruso la ha llevado a otras fuentes de aprovisionamiento que discurren por el corazón de la Anatolia.

Ahora bien, dejando aparte estas presiones protocolarias externas, mas sin menoscabar en absoluto su importancia en el logro de los acuerdos, conviene recordar las ventajas que las partes esperan recabar con su firma. Para Armenia ha sido sin duda una ocasión de hacerse internacionalmente visible, de ser agente y no mero paciente en el escenario internacional. Para Turquía son una pieza más en el engranaje que la ha llevado al primer plano de dicho escenario. Paso a paso, Turquía ha ido cambiando su estrategia diplomática, a lo que ha contribuido la política de medias tintas llevada a cabo por la UE en relación con ella. La firme oposición a su ingreso por parte de Francia y Alemania, en contra del deseo de otros miembros, como España, o de países aliados, como EEUU, la ha irritado profundamente, y la contraoferta de convertirla en socio preferente ha terminado por acentuar la humillación a un país que parece llevar el orgullo demasiado a flor de piel.

El incremento, por tanto, de la tensión entre la UE y Turquía, se suma a otros factores que han ido haciendo su entrada en la arena internacional en los últimos años, como el fracaso del proceso de Oslo, que se saldaba con la instauración de un Estado palestino; la invasión de Iraq y el consiguiente desprestigio del invasor en la zona; la victoria aplastante del partido de Erdogan en las últimas elecciones internas, que tanta admiración suscitó en el mundo islámico, renovada cuando una resolución del Parlamento con mayoría islámica se opuso a la mentada invasión y a la retórica antimusulmana que le siguió; el cambio de alianzas con países antaño presa de la voracidad del Imperio Otomano, etc. Todo ello no sólo ha generado incluso coqueteos con Irán, rival de oficio de los herederos de dicho Imperio, lo que no ha tardado en despertar los recelos europeos; así mismo, ha llevado a contar con Turquía a Rusia en su obsesión por apaciguar el Cáucaso y a Obama en la suya por estabilizar Oriente Medio, región en la que, con algunos países, oficiará de embajador americano y en otros, como cuando las tropas estadounidenses abandonen Iraq, será él.

Ha conducido igualmente a la mejora de las relaciones con Siria, país hasta aquí especializado en dos monocultivos políticos, invadir Líbano y servir de base logística al terrorismo palestino, al punto de considerarlo ahora, junto a Iraq, entre sus “aliados estratégicos”, sellando su reorientación diplomática con un nuevo discurso emocional que considera como “asuntos de familia” las disputas entre ellos o entre los países de la región, como recientemente puso de relieve Carsten Wieland en su artículo del pasado día seis en openDemocracy [oD] (y que tiene su contrapunto en su cambio de actitud frente a Israel, país con el que tiene firmado un tratado de cooperación militar desde mediados de los noventa del pasado siglo y que esta misma semana sufrió el desaire de ver cómo Turquía suspendía unilateralmente las maniobras conjuntas previstas). En ese contexto precisamente se insertan los acuerdos estipulados con el vecino armenio.

Una potencia media, por tanto, se asoma con cierto aire triunfalista a la escena internacional, y sin necesidad de retractarse de nada, sin tener que pedir perdón por nada, sin que casi nadie le inste a pedirlo y, menos aún, sin urgencia de hacerlo. Turquía aumenta su fuerza y su prestigio en el concierto de las naciones sin requerimiento obligado de ajustar las cuentas con su pasado y sin voluntad de hacerlo. Y sin embargo…

Cuando turcos y armenios se sientan en la misma mesa de negociaciones, un abismo media entre ellos, insondable aunque aquéllos se finjan insensibles al mismo: el del “desarraigo, el exilio y la muerte de la casi totalidad de la población armenia del Imperio Otomano durante la primera Guerra Mundial” (cf. Vicken Cheterian, Armenia-Turkey: genocide, blockade, diplomacy, en oD del trece de octubre). Uno de los grandes “mega-genocidios” (Mark Levene) de la historia y el primero del siglo XX, de una violencia cainita contra el pueblo armenio, por mucho que Caín y sus sucesores aspiren a edulcorarlo como masacre y a disolverlo contándola como una más entre las de la época, como, por ejemplo, aquéllas que los propios armenios infligieron a los turcos.

En este punto, lo que se trata de saber es cómo influirán los Protocolos recién estipulados sobre la visión del pasado de cada uno de los contrayentes, y por ende sobre su política presente y futura. De hecho, aunque a Turquía parezca sonreírle la fortuna, ha aceptado la formación de una comisión que examine “la dimensión histórica” de la relación entre las partes. Seamos claros: lo que Turquía entiende con esto es que en una mesa de negociaciones quepa revisar el pasado, que la política acomode a su interés los hechos históricos objetivamente documentados, o, en suma, que el fuerte imponga al débil su visión de la historia.

¿Es suficiente razón ésa para no firmar tales Protocolos, para no firmar ninguno hasta que la verdad resplandezca, como claman quienes desde parte armenia denuncian el acuerdo? Intentemos responder la cuestión desde otra más genérica y socorrida: ¿en qué medida debe la historia dictar el futuro?

Aunque, insistimos, Turquía no ha reconocido ninguna deuda con Armenia, ni de los resultados derivados de la comisión quepa que lo haga, sin embargo, ¿debía renunciar el gobierno de Sarkissian a los beneficios potenciales de los acuerdos? De otro modo: ¿tienen los armenios actuales derecho a mejorar su situación? ¿Es justo que aspiren a mejoras materiales? Una vez obtenidas les es posible tanto reclamar las otras como, al contrario, olvidarse de ellas, cediendo al chantaje que el bienestar suele hacer a la moralidad. Supongamos el peor de los casos, es decir, que se olviden de reclamar lo que se les debe: ¿tendrían o no derecho al olvido? ¿No sería ése –impensable- olvido ya un juicio sobre su propia historia y una declaración política sobre su futuro? Si son el sujeto de sí mismos, por así decir, sin son autónomos, ¿quién estaría autorizado a exigir el cumplimiento de la obligación de recordar, qué autoridad legítima puede transformar la memoria en deber?

Cuando el nacionalismo armenio radical dicta su prohibición contra los acuerdos no sólo se está auto-erigiendo en representante no autorizado de un pueblo al que no representa; no sólo actúa de voluntad general del mismo diciendo No a lo que la real y mayoritaria voluntad de todos ha dicho ; no sólo niega el derecho a mejorar y la posibilidad de hacerlo a sus súbditos, sino que está haciendo algo más: está extendiendo parte del mal histórico cometido por los turcos a los armenios en 1915 a los de ahora, regalándole nuevas y culpables víctimas, a las que considera nacidas con un pecado original que marca a priori su futuro con el hierro candente de un pasado por redimir. La política, por tanto, sería prioritariamente la gestión de la historia, y el presente carecería de vida propia. ¿A quién extrañará después de todo esto que tras el No de la Federación Revolucionaria Armenia, los radicales nacionalistas que controlan la diáspora armenia, que tras su casto desinterés por preservar el pasado, haya también, o sobre todo, un deseo de mantener el poder que sobre aquélla ejercen?

¿Y los turcos? De Turquía sorprende ante todo su obstinación en no reconocer el hecho. Es como si pretendieran olvidarlo a fuerza de negarlo, con la paradoja de que cada nueva negativa lo saca del mundo de los recuerdos resaltando su actualidad. Ignoro cuál puede ser el mal oscuro que Turquía pretende ocultar con la negación del genocidio armenio, pero lo cierto es que está jugando con fuego y antes o después se quemará. Sus nuevos incondicionales, sus aliados recientes, antes o después reflexionarán sobre la violencia ínsita en una política que cuenta con una gran mentira entre sus supuestos. Y difícilmente tolerarán el déficit democrático de un país al que la violencia de la mentira le es constitutiva: incluso los regímenes tiránicos más débiles se lo pensarán dos veces antes de estrechar lazos. En los ojos de su memoria estará siempre presente aquel fatídico hecho que nos recordaba una editorial de Le Monde el 19 de enero de 2001: “El genocidio de los armenios fue el primero del siglo XX. Trágica ironía de la Historia, algunos miembros de la misión militar alemana en Constantinopla, que en 1915 habían aconsejado al poder turco la deportación de los armenios, volvían a estar presentes veinte años más tarde entre los ejecutores de la solución final contra los judíos. Es urgente no olvidarlo”.

La historia no es ni un tribunal ni una conciencia, sino, como mucho, y en sus momentos más felices, el oráculo de la verdad, por parafrasear a Alexander Hamilton. No juzga, no declara inocentes o culpables, y menos condena o absuelve a perpetuidad; no responsabiliza a las futuras generaciones de hechos cometidos por sus predecesoras cargándolas con sus culpas. Pero en ocasiones registra fidedignamente hechos cuya negación, menosprecio o reinterpretación delata violencia y señala al culpable. La historia, por tanto, no ha condenado a Turquía a los infiernos para siempre, pero sí nos enseña a desconfiar de los Estados que adulteran a voluntad los hechos que condenan una parte de su pasado, es decir, de los gobiernos que lo hacen, porque en ese caso se legitima al mentiroso, a quienes envalentona; porque se hace creíble la posibilidad de reincidir en el crimen contra la humanidad y, porque de ese modo, las generaciones a las que el tiempo absuelve naturalmente de los crímenes de ayer son transformadas en cómplices de quienes los perpetraron.

La negación del genocidio, en suma, es una declaración contra la impotencia asumida por la actual democracia turca, de que hay un tope no reconocido a sus progresos cuando sólo dos días antes de firmar los acuerdos con Armenia el tribunal constitucional turco dicta una sentencia que declara perseguible al Nobel de literatura O. Pamuk por haberlo afirmado, en plena coherencia con otras instancias de la sociedad turca cuando se dedican a verter infundios contra los historiadores que han certificado su existencia, como es el caso de Taner Akçam, según él mismo revelara el pasado agosto. Dicha negación habla en pro de la creación en la Turquía actual de un partido liberal que, por un lado, rebase el límite nacionalista de los laicos y, por otro, el límite democrático de los musulmanes: de una democracia en la que la mentira no hipoteque su destino.

Antonio Hermosa Andújar es Profesor de Filosofía de la Facultad de Sevilla y director de Araucaria, Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades.

Fuente: http://elmercuriodigital.es/content/view/22386/91/?TB_iframe=true&height=500&width=940

Comunicado de la Unión Cultural Armenia de Argentina

A LA OPINIÓN PÚBLICA

ermturDesde la presentación pública de los Protocolos preparados por los Gobiernos de Armenia y Turquía para restablecer las relaciones entre ambos países, un profundo y necesario debate es sostenido tanto en la sociedad de la República de Armenia, como así también en cada una de las colectividades armenias diseminadas por el mundo.

Si bien el tema de las relaciones armenio-turcas siempre ha permanecido entre los que más preocuparon a los armenios y sus descendientes, durante los últimos años adquirió otra dimensión, concretamente desde que el año pasado por primera vez un Presidente turco pisara suelo del Estado armenio. La puesta en práctica de ciertas medidas como la participación de oficiales turcos en los ejercicios militares de la OTAN realizados en Armenia, la presencia de autoridades armenias en varios encuentros regionales realizados en Turquía, la confirmación del mantenimiento de reuniones diplomáticas secretas desde hace años, los encuentros deportivos, el intercambio de delegaciones artísticas-culturales-estudiantiles, los informes preparados por periodistas turcos sobre Armenia, la implementación de los viajes aéreos entre ambos países, han sido algunos de los varios indicios que se han sucedido a lo largo de estos años y que, en su momento, no merecieron más que el silencio (en algunos casos, hasta el acompañamiento) de la mayoría de quienes hoy alzan sus voces de protesta.

La Unión Cultural Armenia de la Argentina, creada a principios de 1920 por sobrevivientes del Genocidio de Armenios e integrada -con el paso de las generaciones- por hombres y mujeres con identidad de fuertes rasgos latinoamericanistas-argentinos-armenios, conciente de la trascendencia de la cuestión y de la necesidad de expresar nuestro punto de vista sobre este tema tan importante para los armenios y sus descendientes, declaramos:

-Fuimos, somos y seremos partidarios y militantes de la paz y la amistad entre pueblos y sus organizaciones jurídico-políticas, esto es, los Estados;

-Somos solidarios con todos quienes luchan para terminar con la explotación del hombre por el hombre y para construir sociedades donde la justicia, la igualdad de oportunidades y el bienestar sean patrimonio de todos.

-Combatiremos y enfrentaremos las consignas nacionalistas de corte chauvinistas y discriminatorias –semejantes al fascismo y al sionismo- que azuzan la enemistad entre los pueblos y pregonan la superioridad de ciertas naciones sobre otras. Nos consideramos integrantes de la Humanidad.

-Reafirmamos la veracidad del Genocidio planificado y perpetrado por las autoridades del Imperio Otomano contra nuestros antepasados, siendo nosotros mismos –y nuestros padres y abuelos- testimonio vivo de ese crimen de lesa humanidad, que no necesita de reconocimiento internacional ni de la de ningún mandatario para legitimarse ante la conciencia y los ojos de la opinión pública internacional.

-Nos reconocemos descendientes directos de las víctimas del genocidio (ya sea de quienes fueron masacrados, o de aquellos otros que lo sobrevivieron y sufrieron el destierro, la usurpación de sus territorios y sus bienes, la destrucción de su patrimonio histórico y cultural) y reafirmamos pertenencia recíproca con las tierras de nuestros antepasados;

-Saludamos fervientemente el inicio del juicio por el Derecho a la Verdad y al Duelo que las familias Hairabedian-Margossian llevan adelante en los Tribunales argentinos contra el Estado turco. Y nos hemos sumado al mismo como co-demandantes seguros de estar dando batalla no sólo a los herederos del Estado genocida de nuestros antepasados, sino a todos aquellos quienes no han dudado en repetir dicho crimen de lesa humanidad contra otros pueblos y a quienes aún sigan considerando esa metodología como su práctica política predilecta para la solución de conflictos, amparados en la impunidad que otorga la falta de castigo de hechos similares.

-No apoyamos ninguna relación impuesta, ya sea desde el interior de cada país –por sus gobiernos o clases dominantes- o desde las potencias imperiales, a quienes lo único que les interesa es la superexplotación de los pueblos y el saqueo de las riquezas naturales de los países periféricos, presentando sus intereses como si fueran los de toda la humanidad.

-Denunciamos, una vez más, el bloqueo al que está siendo sometido Armenia, desde hace casi dos décadas, por parte de Turquía y Azerbeidján y exigimos su inmediato levantamiento, sin condicionamientos de ninguna índole.

-El establecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados y de sinceros lazos de amistad entre los pueblos debe ser sobre la base del respeto mutuo, la verdad, la tolerancia a la diversidad y la mancomunión de intereses y objetivos.

-Reivindicamos una vez más los 70 años de la República Socialista Soviética de Armenia y su extraordinario crecimiento en el seno de aquel Estado multinacional, que además de afianzar las estructuras estatales y de posibilitar un avance inédito en todas las facetas que hacen a la identidad nacional, también aseguró su existencia en la arena internacional y garantizó la vida y el normal desarrollo de sus ciudadanos. Resaltamos que a lo largo de esas siete décadas se publicaron allí numerosos documentos y libros sobre investigaciones –traducidos a decenas de idiomas extranjeros- que han servido como pruebas decisivas a la hora de lograr el reconocimiento del genocidio de armenios por parte de varios Estados. También fue durante ese período cuando se construyó el Monumento de Dzidzernagapert, que inmortalizó la memoria de las víctimas del genocidio.

-Denunciamos la continuidad existente a lo largo de estos casi 20 años entre los gobiernos post-soviéticos que se sucedieron en la Madre Patria, que con sus mínimas diferencias, han conducido al país hasta la crítica situación actual. Durante estas dos décadas Armenia y su pueblo han sufrido el saqueo de sus bienes; el desguace de toda la infraestructura estatal y el apropiamiento de la misma por parte de un grupo de elite oligárquico; el fusilamiento en el recinto de sesiones de la Asamblea Nacional de las principales autoridades del país; la emigración de varios centenares de miles de ciudadanos; la destrucción de los sistemas públicos y gratuitos de educación y salud; la privatización de sus principales empresas; el cierre de centenares de centros culturales, bibliotecas, escuelas, jardines de infantes, fábricas y espacios públicos, que han contribuido –en conjunto- a la pauperización del nivel de vida de la mayoría de la población y a la inseguridad nacional.

-Convocamos a nuestra colectividad, a las distintas comunidades diasporeanas y al pueblo de la República de Armenia, a no desaprovechar esta oportunidad, profundizando el intercambio de ideas y el debate franco y honesto entre las distintas corrientes de opinión, que nos permita discutir sobre todas las cuestiones, sin que existan “verdades intocables” ni “cuestiones intratables”.

-Reafirmamos nuestra inquebrantable convicción de que, tal como sucedió hace 89 años, será nuevamente la construcción de la sociedad socialista en Armenia la única garantía real para la existencia física de su pueblo y para el desarrollo libre e independiente del país, en paz y fraternidad con todos los pueblos.

Buenos Aires, 25 de Septiembre de 2009
Comisión Central
Unión Cultural Armenia de la República Argentina

“Creo que el genocidio fue resultado de dos equivocaciones colosales cometidas por nacionalistas fanáticos y tontos de ambos bandos”

El valor de un intelectual armenio

Antonio Cuesta. Blog de Turquía

De Ara Baliozian, he de reconocerlo, no sabía nada hasta ayer. Ahora leo que es uno de los escritores armenios actuales más destacados, y sin embargo la mayor parte de sus congéneres no conocen su obra. Que nació en Grecia, pero vive en Canadá. Y que, pese a su extensa obra y la excelente valoración internacional, no es del agrado de los líderes y dirigentes armenios por su forma de pensar y su visión crítica. Importantes medios de prensa armenios solían publicar sus artículos o reseñas, pero igualmente han decidido marginarle. Tras leer su entrevista ahora entiendo el porqué.

Baliozian no sólo preconiza el acercamiento entre armenios y ciudadanos de Turquía (“considero que podemos conseguir más de ellos como amigos que como enemigos”) sino que critica a los líderes de la diáspora por anteponer sus prioridades a las necesidades de Armenia, en una maniobra que sólo siembra división. Y lanza una propuesta que pondrá los pelos de punta a los nacionalistas de uno y otro bando: “si nos movemos en dirección hacia algún tipo de Unión o libre circulación en el marco de unos Estados Unidos de Oriente Medio o del Cáucaso, las fronteras de la Armenia histórica y Azerbaijan pueden convertirse en algo irrelevante”.

El autor lamenta los insultos de lectores “lavados de cerebro” y de no pocos autores, por no hacer uso de la “propaganda chauvinista” que defiende “cosas como la Batalla de Avarair (la cual muchos de nuestros propios historiadores niegan su existencia), la primera nación en convertirse al cristianismo (cuando la pregunta sería ¿hemos sido acaso buenos cristianos?), la primera nación víctima de un genocidio (¿por qué jactarse de eso?)”.

Recientemente Baliozian había escrito en su blog: “Creo que el genocidio fue resultado de dos equivocaciones colosales cometidas por nacionalistas fanáticos y tontos de ambos bandos. Es evidente que masacrar a civiles inocentes es un crimen más serio que la estupidez o la ignorancia. La ignorancia puede ser la más inocente de todas las infracciones pero en la vida es la más severamente castigada. Si hay leyes inquebrantables, seguramente ésta debe ser una de ellas. Y hablando de leyes inexorables, aquí va otra: si rechazas aprender de tus errores, estás condenado a repetirlos. ¿Qué hemos aprendido de nuestro genocidio? ¿Puedo decir además que estamos a merced de condiciones históricas inevitables o que escapan a nuestro control? El mismo error, la misma propaganda, la misma Gran Mentira fabricada y reutilizada por hombres que son demasiado perezosos o estúpidos para pensar por sí mismos”. En la entrevista matizó algunas de estas afirmaciones, aclarando que “nuestro gran error -o mejor dicho el error de nuestros revolucionarios- fue confiar en los acuerdos verbales con las grandes potencias. La idea de que su apoyo nos hacía invulnerables. En la diplomacia internacional los pactos verbales, incluso los tratados, no tienen valor si se carece de la capacidad para ponerlos en práctica. Nuestro segundo gran error es atribuir nuestras desgracias (éxodo de la patria y asimilación de la diáspora -también conocido como genocidio blanco-) a las condiciones sociales, políticas y culturales que escapan de nuestro control… es decir adoptar una postura pasiva, en lugar de asumir un rol activo para organizar e impulsar nuestra solidaridad, poniendo fin a los conflictos y las divisiones fratricidas”.

¿Por qué es tan difícil que los armenios mantengan un entendimiento al margen de juicios, enfrentamientos o sectarismos? Baliozian lo tiene claro: “Los que tienen lavado el cerebro tienden a ser dogmáticos, es decir, intolerantes. Y el intolerante no puede participar en un diálogo; prefiere los sermones y las peroratas”.

Parece que la “rotunda” oposición de la diáspora armenia a la firma de los protocolos Armenia-Turquía (Ver artículo de Baliozian) no es tan clara ni mucho menos tan razonable.

“Como denunció Hrant Dink el discurso de la diáspora sobre el genocidio armenio es una ‘cuestión nacional’ usado para aumentar su influencia política en los estados de acogida”

Nuevo giro en las relaciones Armenia-Turquía. Entrevista con el periodista Antonio Cuesta

Salvador López Arnal. Rebelión

“El discurso de la diáspora no sólo bloquea el diálogo entre Turquía y Armenia, sino que además perjudica la integración de la minoría armenia en la sociedad turca”.

El pasado sábado Turquía y Armenia dieron un paso histórico dirigido a resolver su enfrentamiento de décadas al suscribir acuerdos que permitirán el establecimiento de relaciones diplomáticas, la apertura de la frontera común y el estudio del denominado “genocidio armenio”. Antonio Cuesta es corresponsal de Prensa Latina en Turquía y persona altamente interesada en temas de historia y periodismo. Lleva colaborando con Rebelión.org desde hace casi una década y con Prensa Latina desde 2004, primero en Túnez y luego desde Estambul. Es, por otra parte, autor de los libros “Negociación política en Euskal Herria: El camino hacia la paz” (Hiru) y Guatemala, la utopía de la justicia” (Libros Libres, Rebelión).

Se habla en ocasiones de lo sucedido en Turquía a principios de siglo contra la minoría cristiana armenia como del primer genocidio del siglo XX. ¿Puedes explicar sucintamente qué pasó?

Lo ocurrido en Turquía, sobre todo a partir de abril de 1915, fue un vasto programa de limpieza étnica dirigido principalmente contra la minoría cristiana armenia, organizado y ejecutado por miembros del Comité de Unión y Progreso (CUP), que era el partido gobernante, y utilizando para ello unidades irregulares y grupos paramilitares. Como consecuencia, y pese a que las cifras nunca podrán ser conocidas con exactitud, entre 700 y 900 mil personas murieron a causa de las matanzas, y también debido a las durísimas condiciones en que fueron deportadas al desierto de Siria, las enfermedades y el hambre.

Hablas del partido gobernante en el Imperio otomano, ¿no? ¿Quiénes formaban el CUP? ¿Qué ideología tenía esa organización?

El CUP como organización política procedía del movimiento denominado los “Jóvenes Turcos”, y se nutrió de numerosos oficiales del ejército. Esta corriente fue la más influyente en el Imperio otomano en los inicios del siglo XX y se basaba fundamentalmente en el pensamiento positivista de Comte. Su ideología pretendía al tiempo la modernización de las estructuras del Estado y el mantenimiento de la figura del Sultán así como de ciertas tradiciones musulmanas propiamente turcas. Y todo ello bajo el título de monarquía constitucional, en un intento de imitar el modelo de democracia liberal-burguesa pujante en esos años en Europa. Fueron los creadores del nacionalismo turco, que hasta ese momento no existía.

¿Y quiénes formaron parte de esos grupos paramilitares de los que hablabas?

Al inicio de la 1ª Guerra Mundial, en el verano de 1914, se creó la denominada Organización Especial, integrada por unidades de paramilitares. Este cuerpo de voluntarios pasó a depender del Comité Central del CUP y estaba integrado fundamentalmente por tribus kurdas, prisioneros convictos, e inmigrantes del Cáucaso y los Balcanes. Los responsables provinciales del CUP también formaron en diferentes regiones del país nuevos escuadrones.

¿Cuáles fueron las causas de aquella matanza, de aquella “limpieza étnica”?

El CUP ya llevaba tiempo alentando la hostilidad hacia las minorías no musulmanas como plan de homogeneización social. Pensaban que deshaciéndose de ellas frenarían el deterioro y la descomposición de un Imperio en decadencia. Lo que ocurrió fue que en medio de una brutal ofensiva de las tropas aliadas tanto por el oeste, en los Dardanelos, como por el este, en el frente ruso, algunos dirigentes del CUP vieron la oportunidad de llevar adelante la “solución final” contra la población armenia.

Pero también hay que tener en cuenta que los armenios eran una minoría poderosa e influyente, y que en muchos casos los perpetradores del genocidio aprovecharon la ocasión para expoliar y hacerse con un patrimonio económico de valor incalculable. James Petras nos recuerda que “la desintegración de los imperios provoca holocaustos”, y el caso armenio es un ejemplo cierto en donde al tratar de acabar con un grupo importante en lo económico se llevaron a cabo masacres a gran escala.

¿Y por qué, según parece, el Estado turco no acaba de reconocer lo sucedido?

Bueno, eso no es del todo cierto. En un primer momento, tras la derrota y la firma del armisticio de Mudros (30 de octubre de 1918), el nuevo gobierno otomano estableció una comisión de investigación e inició una serie de juicios contra los responsables del genocidio. También el gobierno nacionalista (rebelde) de Ankara, dirigido por Mustafa Kemal, mostró su disposición de castigar a los criminales. Ambas administraciones admitieron que se habían cometido “crímenes contra la humanidad”, y criticaron las masacres llevadas a cabo durante la 1ª Guerra Mundial. Incluso entendieron que los juicios eran política y socialmente necesarios.

Ahora bien, las potencias aliadas decidieron -a través del Tratado de Sèvres- que el castigo contra “los turcos” sería la desmembración del espacio otomano y la balcanización del territorio mediante unidades étnicamente homogéneas. Existen numerosos documentos y testimonios de los vencedores en los que se califica al “pueblo turco” como culpable de los asesinatos. Los aliados nunca quisieron juzgar a los responsables, de hecho muchos de ellos fueron retenidos en la entonces británica isla de Malta y, posteriormente, permitidos que escaparan pese a que en tres ocasiones los gobiernos de Estambul y Ankara pidieron formalmente su extradición.

La victoria de las tropas nacionalistas de Mustafa Kemal “Atatürk” en la guerra de liberación puso punto y final a cualquier tipo de arreglo con justicia para las víctimas. Desde ese momento, desde la fundación de la moderna República de Turquía, se extendió un manto de olvido y se promovió la ignorancia entre los ciudadanos. El ejército ha sido desde entonces la columna vertebral de la República, configurando un Estado al margen de la sociedad, incluso en abierta oposición a ella, y estableciendo una serie de dogmas que incluyen medidas legales para quien los desafíe. El ejército, garante de la estructura de poder, ya ha llevado a cabo numerosos golpes de estado para suprimir cuantas revueltas puedan cuestionar o modificar los dogmas sobre los que se sustenta la República. El manto de la ignorancia continúa extendido, y cada vez es más urgente que la sociedad llegué a conocer qué ocurrió en aquellos años de guerra.

Señalas que la victoria de las tropas nacionalistas de Mustafa Kemal “Atatürk” en la guerra de liberación puso punto y final a cualquier arreglo con justicia para las víctimas y que desde la fundación de la moderna República de Turquía se extendió un manto de olvido y se promovió la ignorancia entre los ciudadanos. Pero, ¿por qué? ¿Atatürk no lideró una guerra de liberación? ¿Por qué extendió ese hilo de ignorancia que denuncias?

En realidad Atatürk pretendió crear un nuevo Estado, rompiendo para ello con cualquier vestigio del pasado. Este borrón y cuenta nueva afectó a todos los aspectos de la vida, desde la indumentaria, el calendario o el idioma, pasando por supuesto por el modelo político y económico. Ello significó deshacerse de cualquier recuerdo o rémora de épocas pasadas incluidas, claro está, las páginas negras del anterior régimen. Lo cierto es que eso ha funcionado hasta nuestros días. Los ciudadanos de Turquía no sólo ven el periodo otomano como una cosa lejana en el tiempo, incluso la perciben como una realidad ajena a ellos, como si hubiera tenido lugar a miles de kilómetros, como si se hubieran liberado e independizado de una dominación externa. El académico turco Taner Akçam define a la sociedad de Turquía como ignorante, apática y silenciosa, matizando que ello se debe a la profunda ignorancia e indiferencia sobre su pasado. No se basa en el olvido, para olvidar primero es preciso conocer.

Si no ando errado, en general, la izquierda ha hablado poco de lo sucedido. ¿Por qué?

La verdadera izquierda en Turquía es valiente y comprometida. Recordemos al periodista tristemente asesinado Hrant Dink, de origen armenio. Este intelectual de izquierdas incomodaba tanto a los nacionalistas de un bando como del otro, y por eso fue asesinado. Creía en la reconciliación de los turcos y los armenios tanto como en la necesidad de acabar con las injusticias sociales en ambos países. Dink recriminaba a la diáspora y al gobierno armenio sus constantes críticas a Turquía, mientras se pasara por alto el principal problema de los armenios que no era otro que la pobreza. Dink estaba en contra de las presiones del lobby armenio para conseguir el reconocimiento del genocidio por parte de los gobiernos (una veintena en la actualidad), o la promulgación de leyes como la francesa de 2006, en la que se tipificaba como delito la negación del genocidio armenio. Incluso llegó a mostrar su intención de viajar al país europeo, cuando la ley entrara en vigor, para quebrantarla. Pero no tuvo la oportunidad.

Y más recientemente un grupo de intelectuales, académicos y periodistas turcos iniciaron una campaña en la que pedían disculpas “a sus hermanos armenios”, al tiempo que rechazaban la injusticia que suponía la indiferencia y la negación del gran desastre que sufrieron los armenios otomanos en 1915. En apenas unas horas la campaña recogió miles de firmas a través de internet.

Pero, perdona que insista, un periodista de izquierda como Dink, con las posiciones que defendía, apenas es conocido en las izquierda europea occidental.

Bueno, eso pasa no sólo con la posición de la izquierda turca. De manera general, Turquía es una gran desconocida en Europa occidental.

Hablabas hace un momento del lobby armenio. ¿Quiénes lo componen? ¿Dónde actúan con más fuerza?

La diáspora armenia está liderada por poderosos grupos de presión económica y en algunos casos, como en Líbano, por dirigentes religiosos. Allí donde han conseguido tener una mayor influencia -Francia, Argentina, Brasil, Líbano- sus postulados se oyen con más fuerza y pretenden erigirse en “la voz del pueblo armenio”, aunque desde luego las condiciones sociales y económicas, y me atrevería a decir que incluso las culturales, poco tienen que ver con las que se viven en Armenia. Piensa que la mayoría de cuantos integran la diáspora nunca han vivido en Armenia ni en Turquía.

La ciudadanía armenia que consiguió emigrar, ¿se ha mantenido políticamente activa a lo largo de los años?

Desde hace siglos, la comunidad armenia ha mantenido por todo el mundo importantes centros comerciales y de pensamiento. De la India a Europa occidental, pasando por Persia, la diáspora armenia -al igual que la dirigencia de su iglesia- siempre adoptó el papel de garantes de los valores de la comunidad. En el último siglo y medio la corriente migratoria se dirigió hacia Estados Unidos y Sudamérica, así como una importante ola de refugiados a Rusia y Líbano después de 1915. En los últimos años la actividad política de la diáspora ha estado centrada en desarrollar un poderoso lobby. Según denunció Hrant Dink en relación al discurso sobre el genocidio, éste no se utiliza en términos históricos y está blindado por la diáspora con una doble intención: por una parte es una “cuestión nacional” que impide su asimilación en los países donde se encuentran; y en segundo lugar sirve para incrementar su influencia política en los estados de acogida. Con el agravante de que tal discurso no sólo bloquea el diálogo entre Turquía y Armenia, sino que además perjudica la integración de la minoría armenia en la sociedad turca.

Entonces, en tu opinión, ¿cuál debería ser el discurso sensato, razonable, las finalidades justas, de la diáspora armenia?

No querría ser yo quien tuviera que definirlo. Pero no estaría mal para comenzar una labor de deconstrucción de todos los mitos y falsedades sobre los que se asienta el imaginario del pueblo armenio. El discurso de Hrant Dink era ejemplar en eso, y también el de una serie de intelectuales armenios honestos que tratan de ofrecer otra visión de la historia.

Armenia formó parte de la Unión de República Soviética Socialistas. ¿Cómo se produjo su incorporación? ¿Cuál fue su situación durante la existencia de la Unión Soviética?

La actual Armenia surgió tras la disolución de la Confederación de Transcaucasia en 1918, sobre territorios del antiguo Imperio ruso. De ahí surgieron tres repúblicas que declararon su independencia: Georgia, Armenia y Azerbayán. En 1920 Armenia fue asimilada por la Unión Soviética, y permaneció como república federal hasta la disolución de la URSS, en que declaró su independencia. Durante todos esos años Armenia se convirtió en una de las más prósperas regiones de la Unión gracias, en gran medida, a que allí se establecieron importantes empresas de alta tecnología.

Tras la desintegración de la URSS en 1991, ¿cómo se produjo la separación de Armenia?

La separación no fue problemática desde el momento que la población local mostró su deseo de constituirse en país independiente y la URSS, muy poco tiempo después, fue disuelta. Los mayores problemas vendrían al pretender anexionarse el enclave de Nagorno-Karabaj en territorio de Azerbayán. Tres años de guerra que provocaron el hundimiento de la economía armenia y el cierre de sus fronteras con sus vecinos turcos y azeríes.

¿Y cuál es la situación política de Armenia actualmente?

Armenia vive una situación económica muy complicada. Han tenido que sortear su aislamiento con una mayor, casi total, dependencia de las empresas rusas. Su única vía de aprovisionamiento de productos rusos pasa por Georgia, pero tras la guerra del pasado año las cosas se han puesto aún más difíciles. Además ha visto como importantes proyectos energéticos de la región -los oleoductos Nabucco y BTC- e incluso el trazado de una línea de ferrocarril sortean su territorio dejándoles sin parte en el negocio ni en su aprovechamiento. Si a todo ello añadimos las presiones de Estados Unidos, la Unión Europea e incluso de empresarios, para romper el predominio comercial ruso en Armenia se entiende que el presidente Serge Sargisián se haya visto empujado a mirar hacia Turquía.

Se habla estos días en la prensa internacional de nuevos acuerdos entre los gobiernos de Turquía y Armenia. ¿Sobre qué puntos? ¿De qué se trata?

El pasado sábado Turquía y Armenia normalizaron sus relaciones diplomáticas por primera vez en la historia. Aunque Turquía fue uno de los primeros estados en reconocer la independencia armenia tras la caída de la URSS en 1991, nunca estableció relaciones plenas debido a la invasión por parte de Armenia de Nagorno-Karabaj y de otras siete provincias pertenecientes a Azerbayán, aliado de Ankara.

Pero lo firmado el sábado, una serie de protocolos que prevén el establecimiento de relaciones, la apertura de la frontera común y la creación de una comisión de expertos que estudie el llamado “genocidio armenio”, aún deberá ser ratificado por los parlamentos de los respectivos países. Y no es más que el inicio de un camino lleno de dificultades que ojalá pueda servir no sólo a los gobiernos sino, sobre todo, para un mayor entendimiento entre ambos pueblos.

¿Qué posiciones defienden los ciudadanos armenios de la diáspora sobre este punto? Creo que también hay una fuerte discusión interna en torno a esos acuerdos turco-armenios.

Tanto en la diáspora como en el interior de Armenia existe una fuerte oposición nacionalista que critica los acuerdos. La diáspora en concreto se ha erigido en un contrapoder y no duda en criticar o tildar de traidor al presidente Sargisián. Pero lo cierto es que estos sectores se empeñan en reescribir y utilizar la historia como herramienta de uso para sus propuestas ultramontanas. Afirmaciones como que Dios eligió Armenia para situar ahí el paraíso terrenal y cuya población desciende de Noé, quien encalló su nave en el monte Ararat tras el diluvio universal, son transmitidas en todas las escuelas primarias armenias en cualquier parte del mundo. Según denuncia el académico Razmik Panossian muchos académicos occidentales de origen armenio que no suscriben las tesis nacionalistas son a menudo tildados como “traidores” por historiadores e intelectuales de Armenia y también de la diáspora.

Hablas del presidente Sargisián y deduzco entonces que sus posiciones, en este ámbito, te parecen razonables. ¿Es el caso?

Entiendo que Sargisián intenta sobre todo alcanzar una posición de viabilidad para su país. Una viabilidad dentro de los parámetros de la economía mundo capitalista. Pero centrándonos en la cuestión del restablecimiento de relaciones con Turquía, el desbloqueo de la cuestión puede y debe servir para tender puentes de encuentro entre dos pueblos que han tenido un largo pasado común, pero que desde hace décadas mantienen un frío distanciamiento cuando no una abierta hostilidad.

Finalmente, para acabar, tú mismo hablabas de camino lleno de dificultades. ¿Cómo crees que se puede alcanzar una situación de armonía, de reparación de injusticias, de superación que no olvido de lo sucedido?

En eso confío más en la capacidad y la inteligencia de los movimientos y organizaciones sociales, que desde luego en los gobiernos. Como ocurre de manera casi general los intereses de estos suelen ir en perjuicio de los beneficios para los primeros. Un primer paso, y no pequeño, sería el de aclarar que la posición del estado turco nada tiene que ver con la de “los turcos”.

En primer lugar porque esté término es un reduccionismo que incluye también a kurdos, circasianos, judíos, ortodoxos, armenios, alevíes, y otros muchos grupos étnicos-culturales que el término “turcos” ignora y sepulta. Y en segundo lugar porque el Estado fue construido como un cuerpo aparte de la esfera social, el cual se ve a sí mismo como una entidad especial y se organiza casi en oposición a sus ciudadanos.

Gracias, Antonio, muchas gracias por tus documentadas respuestas.

Turquía y Armenia ponen fin a un siglo de odio y sellan la paz

Los dos estados firman protocolos para abrir la frontera y establecer relaciones. Nacionalistas de ambos países protestan en la calle contra el pacto

Andrés Mourenza. El Periódico de Catalunya

Por primera vez en la historia, Turquía y Armenia aprobaron ayer normalizar sus relaciones diplomáticas. El ministro de Asuntos Exteriores turco, Ahmet Davutoglu, apenas pudo pegar ojo la noche anterior: «Es un día histórico», comentó a la prensa poco antes de partir hacia Zurich (Suiza) donde el político turco y su homólogo armenio, Edvard Nalbandian, firmaron una serie de protocolos que prevén el establecimiento de relaciones, la apertura de la frontera común y el establecimiento de una comisión de expertos que estudie el llamado «genocidio armenio».

Aunque Turquía fue uno de los primeros estados en reconocer la independencia armenia tras la caída de la URSS en 1991, nunca establecieron relaciones diplomáticas plenas debido a la invasión por parte de Armenia de Nagorno-Karabaj y otras siete provincias pertenecientes a Azerbaiyán, aliado de Ankara.

Destacados políticos

La presencia en Suiza de destacados políticos internacionales –la secretaria de Estado de EEUU, Hillary Clinton, el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, y el Alto Representante de Política Exterior de la UE, Javier Solana, entre otros– indica la importancia que otorgan los grandes poderes a la pacificación de esta zona del Cáucaso Sur, imprescindible para el tránsito energético desde Asia Central a Occidente.

En los últimos años se han producido acontecimientos claves en la región, como el acercamiento a Rusia de Turquía y Azerbaiyán –aliados de EEUU– o la guerra ruso-georgiana del 2008, que minó la credibilidad de Tbilisi como socio de Bruselas y Washington. Así se ha impulsado el acercamiento de Turquía y Armenia, tradicionalmente fiel a Moscú.

El primer gesto de distensión se produjo el pasado año gracias a la llamada «diplomacia del fútbol» ya que el presidente turco, Abdulá Gül, visitó Armenia por primera vez con ocasión del partido entre las selecciones de Turquía y Armenia. Ahora se espera que su homólogo armenio, Serj Sarkisian, viaje el miércoles a Turquía para el partido de vuelta.

Ratificar los acuerdos

A pesar del importante paso dado ayer, el camino aún no está libre de obstáculos, ya que ahora los parlamentos de los respectivos países deben ratificar los acuerdos. Además, el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, ha dejado claro que no se abrirá la frontera con el país caucásico hasta que Armenia solucione sus problemas con Azerbaiyán.

El viernes, armenios y azerís se reunieron en la ciudad de Chisinau (Moldavia) para intentar avanzar en la solución del conflicto, pero la reunión no produjo demasiados resultados. Ankara exige a Ereván que, como signo de buena voluntad, retire sus tropas al menos de las siete provincias azeríes que rodean Nagorno-Karabaj y que también fueron ocupadas por los armenios.

Además, tanto en Turquía como en Armenia existe una fuerte oposición nacionalista que critica los acuerdos. El viernes, 10.000 personas se manifestaron en la capital armenia con pancartas en las que se leían ninguna concesión a los turcos y no se puede negociar el genocidio y en las visitas de Sarkisian a diversos países donde habita la diáspora armenia se le recibió con protestas y gritos de «traidor». Por eso la presencia del cantante franco-armenio Charles Aznavour en la ceremonia de la ciudad suiza fue interpretada como un mensaje para que el resto de la diáspora dé su brazo a torcer y acepte el acuerdo con Turquía.

La muestra más palpable de los roces entre los dos países, tuvo lugar poco antes de la firma del acuerdo, que se retrasó tres horas a causa de las reticencias de ambas delegaciones respecto al redactado de los acuerdos y que sólo pudieron ser superadas gracias a la presión de Hillary Clinton.

Hayk Demoyan: “Armenios y turcos somos vecinos y debemos hablar”

Andrés Mourenza. El Periódico

Entrevista al director del Museo del Genocidio Armenio en Ereván

Hayk Demoyan
Edad: 33 años
Lugar de nacimiento: Gyumri (Armenia)
Formación: Investigador e historiador

Al inicio de la primera guerra mundial, el ministro del Interior del Imperio otomano, Talat Pasha, decidió deportar a 900.000 armenios a los desiertos de Siria bajo la acusación de colaborar con la enemiga Rusia. Cientos de miles de personas murieron de hambre y asesinadas por soldados turcos en lo que se conoce como el Genocidio Armenio, algo que niega Turquía. Casi un siglo después, los hechos siguen despertando polémica.

–¿Por qué exigen que Turquía reconozca las matanzas de 1915 como un genocidio?
–Porque es parte de nuestra memoria y nuestro sufrimiento común, y todo aquel que olvida la memoria está condenado a repetir su historia. En el siglo XXI, los seres humanos aún nos matamos unos a otros porque un grupo es diferente de nosotros. Lo que perseguimos aquí es la prevención de futuros genocidios.

–¿Qué piden a Turquía?
–Yo no quiero nada de Turquía. Solo que las nuevas generaciones de turcos respeten su propia historia. Que la conozcan al completo y sin distorsiones. Los turcos también son víctimas de algún modo, víctimas de la negación de su historia.

–La versión turca de los hechos de 1915 es que fue una acción contra los armenios que ayudaban al Imperio ruso y que también ellos mataron a cientos de miles de turcos.
–¿Cómo podría una población a la que se le negó el derecho a poseer armas matar a una comunidad dominante? Algunos turcos fueron asesinados, sí, pero por armenios que perdieron a sus familiares y que se alistaron en el Ejército ruso por venganza. No digo que sea defendible, pero sí que se puede entender.

–Ustedes dicen que murieron 1.500.000 armenios, y los turcos, que fueron 300.000. Los historiadores independientes sitúan la cifra entre 600.000 y 800.000 muertos.
–No puede saberse el número exacto de víctimas en las guerras. Pero hay que preguntarse por qué no quedan armenios en el este de Anatolia.

–Al final de la guerra, el Gobierno turco republicano y el del sultán se ofrecieron a juzgar a los responsables de las matanzas. Pero las potencias se opusieron. ¿Qué pasó?
–Hubo un intento de juicio en una corte otomana, pero los grandes poderes, que temían la influencia de la Rusia bolchevique en el nuevo Gobierno republicano de Atatürk, dejaron de interesarse por estos juicios y organizaron la escapada de los detenidos. Aunque las sentencias de muerte que se pedían nunca llegaron a aplicarse, hubo grupos especiales de armenios que capturaron a los responsables y autores del genocidio en diferentes sitios y los mataron.

–¿Cuál fue el papel de Atatürk?
–No estaba directamente implicado en el genocidio porque era dirigía al Ejército de los Balcanes (y Siria), pero era uno de los líderes del partido de los Jóvenes Turcos al que pertenecían los organizadores de las deportaciones. Según documentos que estoy traduciendo, Atatürk salvó a toda una caravana armenia de ser deportada al desierto de Siria y les envió de vuelta a casa. Probablemente, gracias a esta orden cientos de armenios se salvaron de la muerte. Pero este es un hecho de la historia que los turcos desconocen.

–Hace unos años Turquía propuso que una comisión mixta investigase este tema, pero el Gobierno armenio se negó. ¿Por qué?
–No la rechazamos, pero queremos que se enmarque en un esfuerzo superior por mantener un diálogo más amplio con Turquía. Somos vecinos y tenemos que hablar de nuestros problemas. Por eso creo que la visita del presidente turco, Abdulá Gül, a Armenia ha sido un paso positivo. Estoy a favor de sentarme con nuestros colegas historiadores turcos y tomarme un café turco con ellos si hace falta.


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